En España, más de dos millones de personas toman ansiolíticos con regularidad. Es decir, ya hay más personas que los consumen que población diagnosticada por ansiedad y depresión. Los psicofármacos, prescritos de forma masiva en nuestro sistema sanitario, se están convirtiendo en una bomba de relojería con costes millonarios. ¿Trivializamos su consumo? ¿Y cuáles son las consecuencias? Por Priscila Guilayn / Ilustración: Mekakushi

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«Los ansiolíticos son las drogas de las madres, de las mujeres. En mi oficina, por ejemplo, somos tres y las tres los tomamos», cuenta María, una socióloga de 44 años. Su afirmación, intuitiva, está, sin embargo, avalada por la estadística: entre los 35 y los 64 años, una de cada diez mujeres los consume a diario. Así lo revela un informe del Ministerio de Sanidad, que confirma que el consumo de ansiolíticos en España ha crecido hasta llegar a los 55 DHD (dosis diaria por cada 1000 habitantes), lo que supone que un 5,5 por ciento de los españoles -más de dos millones- los toma a diario.

Hablamos de drogas legales cuyo consumo se inicia muchas veces por prescripción de un médico en atención primaria y acaban tomándose de forma descontrolada, sin receta y sin supervisión médica.

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Se usan para tranquilizarse, dormir o afrontar problemas de la vida que «no se encaran mejor con anestesia», en palabras del psicólogo Antonio Cano Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS). Y te las puede recomendar y proporcionar tu madre, tu hermana, tu vecina o tu amiga que siempre las lleva en el bolso o las guarda en el botiquín. «Los ansiolíticos no caducan -dice María-. O te los tomas o los regalas, porque siempre te los piden».

Solo el 19 por ciento de los ansiolíticos son recetados por psiquiatras. El 81 por ciento lo prescriben médicos de familia en sus consultas sobresaturadas

Es lo que hace Laura, administrativa de una empresa de transporte que, a sus 43 años, lleva una década consumiendo Lorazepan de noche y Lexatin de día. «Mi marido y mi suegro me las piden para dormir», admite. Los hombres, por supuesto, también los toman, aunque son más reacios a ir al médico. De hecho, aunque consuman la mitad que ellas, se automedican más con este tipo de fármacos, como revela la Encuesta nacional de salud, sobre todo entre los 25 y los 44 años. También los mezclan más con el alcohol y drogas ilegales. El 15 por ciento reconoce, además, echar mano de las benzodiacepinas para ‘colocarse’ o «acentuar o reducir los efectos de otras drogas».

Un mercado en alza

Accesibles, baratos y de acción rápida, lo cierto es que el consumo de este tipo de fármacos no para de crecer. En España ya hay más personas que consumen psicofármacos que población diagnosticada con ansiedad o depresión. Y la tendencia es preocupante, ya que entre 2007 y 2017 se duplicó el número de quienes admiten haber tomado ‘benzos’, como las llaman los médicos. No es, en todo caso, un asunto del que la gente hable abiertamente. «No lo cuentas porque eso es admitir que no estás bien», dice María.

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El psicólogo Cano Vindel, que lideró un ensayo (PsicAP) para incorporar el tratamiento psicológico en atención primaria, profundiza en esa idea. «Yo te garantizo que más del 20 por ciento de la plantilla de cualquier empresa toma benzodiacepinas sin diagnóstico que lo justifique. Y entre los españoles de 60 o 70 años el consumo puede ser del 38 por ciento, ya que aumenta en un 5 por ciento con cada década».

“Es muy preocupante porque el consumo continuado de ‘benzos’ está muy relacionado con el deterioro cognitivo e incluso con el alzheimer”, advierte una neuropsiquiatra

Rafaela Santos, neuropsiquiatra y presidenta del Instituto Español de Resiliencia, atiende a pacientes de todas las edades, pero subraya que le llegan «muchos de más de 60 años que llevan tomando pastillas desde los 40».

Y advierte: «Es muy preocupante, porque el consumo continuado de ‘benzos’ está muy relacionado con el deterioro cognitivo e incluso el alzhéimer. La relajación muscular que produce implica, además, riesgo de atragantamiento». Las mujeres mayores conforman, de hecho, un grupo importante de consumidoras. «Hay algunas especialmente peligrosas para esas personas -dice el doctor Juan Antonio López, de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria-. Tardan más en hacer efecto, pero permanecen hasta día y medio en la sangre. Y al despertarse de noche para hacer pis se caen y se parten la cadera».

Ansiedad no es debilidad

Muchos médicos de cabecera justifican la prescripción masiva de ansiolíticos -factor clave para que haya tantos en circulación- por la saturación de la sanidad pública. Según Julio Bobes, expresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, solo el 19 por ciento son recetados por psiquiatras. «El 81 por ciento lo prescriben, sobre todo, médicos de familia». Los facultativos argumentan que los seis minutos de consulta son insuficientes para atender a pacientes con este tipo de problemas a los cuales, además, es difícil derivar a la consulta de psicología (también saturada) o a la de psiquiatría (para problemas graves). Es lo que los expertos, en uno de los países europeos con menos psicólogos y psiquiatras por habitante, llaman ‘presión asistencial para el médico de atención primaria’, que acaba recurriendo, como única solución, a recetar pastillas a diestro y siniestro.

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Juan Antonio López atiende en un ambulatorio del barrio madrileño de Oporto y critica a quienes justifican esta prescripción indiscriminada por el reducido tiempo de consulta. Defiende que, si bien con diez minutos se podría hablar más sobre la higiene del sueño y la superación de momentos difíciles, se puede adaptar la agenda para pasar más tiempo con determinados pacientes. «No hay que dar soluciones médicas a problemas del día a día que no son médicos -afirma-. Debemos ser conscientes del riesgo de las benzodiacepinas porque a veces se nos olvida».

La ansiedad es, en realidad, una reacción emocional muy útil. Nos activa ante los problemas. «Estar nervioso no es debilidad. Eso es una mala interpretación de las emociones -dice Cano Vindel-. Un 16 por ciento de la población española consume a diario el equivalente a una dosis de tratamiento para un trastorno de ansiedad, depresión, trastorno de somatizaciones o por insomnio, pero medicarse para afrontar momentos en los que es normal tener ansiedad no es bueno; y tratar de reducirla con fármacos tampoco».

Cuando el remedio causa la enfermedad

Ni siquiera con un diagnóstico de trastorno de ansiedad generalizado (TAG) se justifica el uso de psicofármacos, asegura Cano Vindel. Aunque por unas horas lo pueda parecer, la dificultad para concentrarse y conciliar el sueño o la irritabilidad no se esfuman por obra y gracia de una pastilla.

Además, si se consumen ‘benzos’ sin un trastorno de por medio, es el propio ansiolítico el que acaba creándolo. Es decir, el remedio puede acabar siendo, en estos casos, la enfermedad. «Quien toma demasiadas pastillas acaba tarde o temprano en el psiquiatra con ataques de pánico, fuertes crisis de ansiedad o depresión», advierte la neuropsiquiatra Rafaela Santos.

Los expertos cuestionan, de hecho, la eficacia de los psicofármacos, «de tres a cuatro veces menos eficaces que entrenarse para manejar las emociones y el estrés, aprendiendo a reinterpretar tus problemas y a relajarte», sugiere el presidente de SEAS. Es decir, si no producen efectos positivos ni mejoras en la calidad de vida, argumenta Cano Vindel, «su utilidad, aunque sean baratos, es cero y usarlos es un despilfarro».

Lo ideal es que la prescripción de tranquilizantes no exceda, en principio, las tres semanas. En la práctica, los tratamientos se extienden muchas veces durante años

Su afirmación es relevante, ya que el sistema sanitario español gastó, solo en tranquilizantes, 100,4 millones de euros en 2017. «Y eso no es nada -prosigue Cano Vindel- comparado con los casi 23.000 millones de euros que nos cuestan los problemas de ansiedad, depresión y somatizaciones cuando se suman todos los costes asociados a ellos». Una suma en la que el presidente de SEAS incluye costes sanitarios como las visitas a atención primaria y especializada para atender problemas físicos asociados a emociones -digestivos, cardiovasculares, exceso de tensión muscular…-, las visitas a urgencias de personas que, por ejemplo, confunden un ataque de pánico con un infarto, o los gastos sanitarios que comporta no tener un diagnóstico correcto y pasar de especialista en especialista haciendo pruebas.

«Todo esto sería casi la mitad de esos 23.000 millones -matiza Cano Vindel-, a los que se añaden los costes indirectos por improductividad, ya que crece el número de bajas durante periodos prolongados». De hecho, según el Instituto Nacional de Seguridad Social, este tipo de ausencias duran tres o cuatro veces más de lo que deberían. Si para una depresión la baja debe ser de unos 30 días, la media alcanza los 180. «Y eso es un gran coste que paga toda la sociedad».

Cronificar la angustia

La cuestión de fondo es que consumir ‘benzos’, incluso bajo prescripción psiquiátrica, no garantiza la solución del problema y conlleva un alto riesgo de que la ansiedad se cronifique. Lo ideal, de hecho, es que la prescripción de tranquilizantes no exceda, en principio, las tres semanas. En la práctica, los tratamientos se extienden muchas veces durante años.

Es el caso de Teresa, una coach de salud de 44 años que pasó cuatro tomando Trankimazin acompañada por un psiquiatra. El tranquilizante debía ayudarla a sobrellevar la crisis de los 40, la frustración por no poder quedarse embarazada o el malestar creado por la constante autocomparación con los demás. En su lugar, engordó 40 kilos y desarrolló miedos que no tenía antes. «El psiquiatra me dio el Trankimazin solo para rescate; cuando sintiera que iba a darme un ataque de pánico. Lo tomaba cuando mi corazón estaba a punto de estallar, pero empecé a no dormir, a comer de más y los ataques se hicieron cotidianos, tomando pastillas cada día». Hace unos meses recurrió a la Fundación Humanae y hoy sigue un tratamiento de desintoxicación.

Situación a la que en España podrían verse abocadas miles de personas, ya que a las consultas apenas acude una cuarta parte de quienes sufren problemas derivados del consumo descontrolado de ansiolíticos. Una auténtica bomba de relojería, advierten los expertos.

Aire en lugar de pastillas

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Una alternativa a los ansiolíticos son las técnicas de relajación, como la respiración diafragmática lenta y profunda. Con una mano en el pecho, otra en el abdomen y el meñique en el ombligo, inspiras notando el aire entrar por la nariz, sintiendo que el abdomen se eleva y el pecho apenas se mueve. Cuando llegas al máximo de tu capacidad, aguantas un par de segundos, espiras por la boca, con la atención puesta en la exhalación y en el abdomen, que se desinfla, y lo repites varias veces. «Puedes hacer lo mismo, pero contando muy despacio hasta ocho -explica la psiquiatra Rafaela Santos-. El cerebro no puede retener la atención en dos focos: o cuenta o piensa en problemas».

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