Un médico danés tuvo en 1952 un par de ideas geniales que han sido definitivas en la salvación de miles de vidas, entre ellas las de pacientes de la actual pandemia del COVID-19. Bjorn Ibsen inventó un respirador artificial con intubación y es uno de los padres de las UCI. Por Fátima Uribarri

Viri Ebert, de 12 años, ya tenía los brazos y las piernas paralizados por la poliomielitis. La enfermedad avanzaba inmisericorde y acosaba sus pulmones cubiertos por una película de moco. Viri respiraba con mucha dificultad. Al diafragma, el músculo que ayuda a dar potencia a los pulmones, también lo ataca la polio. La niña estaba en peligro de muerte.

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Foto: Museo de Medicina de Copenhague

La poliomielitis estaba haciendo estragos en Dinamarca en 1952 y llegó a tener una tasa de mortalidad aterradora (de un 87 por ciento) la mayoría de las víctimas, además, eran niños. El 27 de agosto de 1952 el joven anestesista danés Bjorn Ibsen se empeñó en salvar a Viri y decidió probar con ella su nueva idea en el hospital Blegdam de Copenhague. Realizó una incisión en el cuello de la niña, bajo su laringe, e introdujo un tubo por su tráquea. Ese tubo iba conectado a una bolsa que Ibsen presionaba y al inflarse y desinflarse propulsaba una mezcla de oxígeno y nitrógeno que viajaba a través del tubo directamente a los bronquios de Viri. Así nació un respirador que ha salvado miles de vidas. Es uno de los embriones de los modernos respiradores que han significado la vida para miles de enfermos de la COVID-19.

Se sentaban al lado de los enfermos y apretaban los ventiladores durante seis horas seguidas. La mortalidad descendió al 22 por ciento

El respirador de Ibsen tenía algunas pegas. Una de las más importantes es que era manual. Alguien tenía que estar apretando la bolsa constantemente. Así se hizo con Viri: médicos y enfermeras se sentaron al lado de su cama en turnos ininterrumpidos para presionar la bolsa. Y así se hizo con otros enfermos. Hasta 75 enfermos a la vez llegaron a estar tratados de esta manera. Para manejar sus ventiladores se reclutó a un ejército de salvadores. Acudieron enfermeras, médicos y odontólogos de otras clínicas y hospitales y acudieron también 1500 estudiantes de medicina y odontología de Dinamarca. Se sentaban al lado de los enfermos y apretaban los ventiladores durante seis horas seguidas. Así se hizo días enteros, durante semanas y durante meses. El esfuerzo fue colosal. Estos héroes lograron su propósito. La mortalidad descendió al 22 por ciento.

Los estudiantes de Medicina y Odontología de Copenhague salvaron así al menos a 120 personas. El respirador de Ibsen fue una tremenda osadía: el joven anestesista se atrevió a meter un tubo directo al pulmón y a propiciar el impulso de los pulmones mediante presión positiva. Eso era inaudito. Ya existían respiradores artificiales, los pulmones de acero, que trabajaban con presión negativa. Eran enormes mamotretos en los que se introducía a los pacientes, algo similar a las cámaras tubulares en las que se realizan los escáneres ahora. Allí dentro los pacientes experimentaban un cambio de presión, se creaba un vacío alrededor del tórax que obligaba a las costillas, y por tanto a los pulmones, a expandirse. Pero los pulmones de acero no eran eficaces al cien por cien, algunos pacientes morían por broncoaspiración (paso de contenido gástrico al pulmón).

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Durante la década de los 50, la poliomielitis se extendió por los Estados Unidos, y estos grandes pulmones artificiales de hierro se convirtieron en un poderoso símbolo de una enfermedad muy temida. Foto: Cordon

Bjorn Ibsen apostó por entrar directo al pulmón y por ventilar con presión positiva: insuflar oxígeno a los pulmones para expandirse, y luego permitir relajarse al pulmón y exhalar pasivamente. El concepto de ventilación con presión positiva ya hacía años que existía, pero nunca se había empleado fuera del quirófano.

Ibsen también decidió agrupar a los pacientes con problemas respiratorios en una zona determinada del hospital: el germen de las UCI

Otro ventaja de este método es que la traqueotomía impedía que algo tragado por los pacientes, –o su propia saliva– se desviara y llegara a los pulmones. No fue la única idea brillante de Bjorn Ibsen. También decidió agrupar a los pacientes con problemas respiratorios en una zona determinada del hospital. El reunirlos facilitaba que los atendieran los profesionales de diferentes disciplinas (anestesistas, epidemiólogos, fisioterapeutas… ) en vez de tener que ir por el hospital localizándolos. Esta agrupación de enfermos en un departamento es el germen de las UCI.

Bjorn Ibsen estuvo acertado y sus ideas han contribuido a la salvación de miles de vidas, incluyendo a Viri Ebert, quien a pesar de su precario estado de salud, sobrevivió largo tiempo gracias al experimento de Ibsen. Murió a los 31 años, de neumonía.

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