Patricia caza pederastas, pedófilos y productores de pornografía infantil. Para ello, pasa horas y horas analizando imágenes desgarradoras, despreciables… «La maldad absoluta», describe. A sus 28 años, ella es la única mujer -y la más joven- del equipo de la Guardia Civil entregado a esta tarea. Así es su día a día. Por Fernando Goitia/ Fotos Carlos Carrión

Patricia tenía 25 años, apenas uno en el Cuerpo, cuando se convirtió en la cazadora de pederastas y pedófilos más joven de la Guardia Civil. Desde entonces, hace ya dos años y medio, sus ojos han visto las escenas más despreciables que pueda usted imaginar: niños que…, bebés a los que… «Es mejor no dar detalles», se contiene.

“Cuando le digo a alguien a qué me dedico, la gente siempre pregunta: ‘¿Pero estas cosas pasan en España?’. Sí, sí que pasan. Y no imaginas cuánto”

Granadina, hija de un guardia civil, ingeniera técnica informática y agente de la Unidad de Delitos Telemáticos (UDT), Patricia -«nada de apellidos, por favor»- persigue en Internet a distribuidores, consumidores y, sobre todo, a productores de lo que el Código Penal define como ‘pornografía infantil‘. No lo hace sola, claro. En su sección de la UDT trabajan otros cinco efectivos; la mayoría, como ella, sin hijos, acostumbrados ya a exponer sus ojos, sus sentidos a perversiones y actos tan viles que a mucha gente le cuesta creer que sean posibles. «Cuando digo a qué me dedico -cuenta la agente-, la gente siempre pregunta. ‘ Pero estas cosas pasan en España?’. Sí, sí que pasan. Y no imaginas cuánto».

Patricia analiza chats, fotos y vídeos donde, por ejemplo, la ternura de bañar a un recién nacido se transforma en una película de terror. Ella observa el material de forma minuciosa, detiene la imagen, la amplia, rebobina, la pasa en cámara lenta y parece no inmutarse. Es su trabajo. Hace dos años y medio, sin embargo, no lo veía tan claro.

Al principio, tapaba las fotos

«Nunca olvidaré mi primer día -rememora-. Ya llevaba dos meses en la unidad, había pasado por las secciones de Hacking, Fraudes y Propiedad Intelectual, hasta que me asignaron a la de Personas, que trata todo lo de menores. Recuerdo que me dieron una pila de material y me dijeron. ‘Esto es lo que hemos hecho hasta hoy’. Eran páginas y páginas de… Tapaba las fotos, no conseguía mirar. Sobre todo, las brutalidades con bebés. ¡Madre mía! ¡Tan pequeños!».

Caza contra los pederastas

Patricia, como los otros agentes, monitoriza los foros de pederastas en la Internet profunda a la caza de material pedófilo de nueva producción. Allí acechan a los delincuentes para localizarlos, detenerlos y liberar a los niños a los que someten a abusos.

Aquellas imágenes la persiguieron un tiempo. «Veía a mi sobrina desnuda en la bañera y me venían a la cabeza esas cosas que había visto -revela-. Mis compañeros me decían: ‘Tranquila, es solo al principio. Con el tiempo te inmunizas’». Y así fue. «Mi subconsciente ha creado una especie de escudo y ya no se me queda todo rondando la cabeza. Al final es trabajo, evidencias que revisas para presentar ante el juez. las analizas, buscas detalles relevantes y haces informes».

Por mucho hierro que le quite al asunto, hay aspectos de su trabajo que requieren nervios de acero y estómago acorazado. «A un grupo de pederastas les requisamos más de 2000 vídeos -rememora-. Buscaban a niños de barrios pobres en España y países como Tailandia, Kenia o Marruecos, les pagaban por desnudarse, dejarse ‘tocar’, felaciones…, los grababan y vendían los vídeos. Me tiré meses, ocho horas al día, viendo vídeos y vídeos. Sin parar. Pero mereció la pena. Sumando todos los delitos: producción, abusos a más de 20 víctimas, uso de menores con fines sexuales…, pueden ser condenados como a mil años. Aquel material, además, nos aportó otros hilos de los que tirar para nuevas investigaciones».

Aquel megáfono en Venezuela

Un hilo del que tirar, una pista, puede ser un tatuaje, una cicatriz, un lunar, las manos del violador de niños -¿dicen algo de él?, ¿de su trabajo?-; pero también un objeto, un mueble, un sonido… «Recuerdo un caso que mandamos a Venezuela -cuenta el teniente José Luis Caramé, jefe de la Sección de Personas de la UDT, sumándose al relato de Patricia-. Se oía de fondo, desde la calle, el anuncio por megafonía de una distribución de comida en cierta localidad. Mandamos la información y ese elemento del sonido fue determinante para establecer el lugar y la fecha aproximada del abuso».

Los investigadores reciben este tipo de detalles como agua de mayo. Saben que encontrar a estos niños y a las personas que los someten es como buscar una aguja en el inabarcable pajar de Internet, donde el 99 por ciento de los contenidos pedófilos son antiguos, producto de casos ya cerrados o abandonados. «La Red está llena de archivos de pornografía infantil que llevan dando vueltas desde el principio de los tiempos -explica el teniente Caramé-. Nuestra prioridad, sin embargo, es cazar a los productores, las personas que están sometiendo a menores a abusos en estos momentos, grabándolos y distribuyendo ese material, para poner a salvo a las víctimas. El problema es que ese material nuevo, que implica que hay una situación de explotación en curso, es el más difícil de localizar».

Para hacerse una idea de la dificultad, basta con cruzar dos cifras. La primera, de un informe de la Universidad de Ratisbona, en Alemania, revela que solo el uno por ciento de las agresiones sexuales que se cometen contra niños y adolescentes llega a conocimiento de los investigadores. La segunda, consensuada en numerosos estudios, denuncia que una de cada cinco personas en el mundo sufre abusos sexuales durante su infancia.

“Mi subconsciente ha creado una especie de escudo en mi cabeza”

«Nosotros no recibimos denuncias de víctimas -subraya Patricia-, ya que un menor que sufre abusos no es consciente de lo que le pasa. Puede incluso que aún no sepa hablar. Y muchas veces el agresor es su padre, su tío, su profesor…, que utiliza su influencia sobre el niño para evitar que este cuente lo que pasa. Los educan en eso, crecen pensando que si se lo hace esa persona no es algo malo. ¡Es horrible! Y ves muchos casos así». La mayoría de los menores sometidos a abusos sexuales los sufre, de hecho, en su entorno familiar y de confianza, denuncia Save the Children en su informe Ojos que no quieren ver. Esta ONG lleva años exigiendo en España una ley que incluya la educación afectivo-sexual en los colegios -para enseñar a los menores qué comportamientos de adultos son inaceptables- o la creación de una fiscalía y juzgados especiales que aceleren los procesos y eviten que los niños declaren ante sus agresores hasta tres o cuatro veces.

La razón de dedicarme a esto

Patricia lleva dos años y medio rastreando a este tipo de sujetos y ha participado en unas diez operaciones culminadas con detenidos, la mayoría por tenencia y/o distribución. Ahora bien, en tres de ellas los agentes pusieron fin a situaciones de explotación sexual. Son momentos memorables para la sección. «Cuando detienes a pederastas que producen material, pones fin a una situación en que un menor o varios llevan tiempo sufriendo abusos -explica la agente-. Es la mayor recompensa por nuestro trabajo, la razón por la que hacemos lo que hacemos».

caza contra los pederastas

En los vídeos, los agentes buscan pistas. Tatuajes, lunares, objetos, un sonido… Cualquier detalle puede ser determinante para rastrear a pederastas.

Patricia sintió esa satisfacción nada más aterrizar en la Unidad de Delitos Telemáticos, en una de sus primeras operaciones. «Un hombre, por chat y videollamadas desde España, había conseguido controlar a un niño de unos diez años en Colombia. Lo grabó, entre otras escenas, abusando de su hermana bebé. Con penetraciones… -la pausa se antoja inevitable; aún parece trastornarla el recuerdo-. A ese lo pillamos», remata rabiosa, vehemente, complacida.

Tras el relato de la agente surge de inmediato una reflexión: ¿cómo es posible que un niño de esa edad maneje redes sociales tanto tiempo sin supervisión? «Ahí ya no llegamos -contesta-. Nosotros detuvimos al criminal y avisamos a la Policía colombiana sobre los niños, pero ignoro si vivían en un hogar desestructurado, si sus padres trabajaban fuera todo el día… Solo sé que para obtener ese nivel de control sobre un niño debes pasar muchas horas conectado con él».

El caso es ejemplo paradigmático, y brutal, de una práctica llamada grooming, uno de los numerosos peligros que acechan a los niños en Internet. Lugares como Facebook, Skype o WhatsApp, con sus chats y videollamadas cuya privacidad no se puede violar sin autorización judicial, son terreno fértil para delincuentes sin escrúpulos, advierte Patricia, aunque esto no forme parte de sus atribuciones. Lo suyo es detener delincuentes. Fiscalizar, por ejemplo, foros de pedófilos en la deep web, la Internet profunda, ese inmenso ciberespacio fuera del alcance de los buscadores -supone, en realidad, el 96 por ciento de la Red-, y asistir a conversaciones capaces de trastornar al mismísimo diablo.

El lado más oscuro de internet

«Los usuarios de estos foros comentan por escrito lo que ofrece cada uno, dan detalles, cuentan lo que le harían a ese niño, niña o bebé… En fin, échale imaginación -resopla la agente-. Dicen que quieren a los niños y que esa es su forma de amarlos; igual que se ama a un adulto. Dicen que los niños no sufren, que disfrutan…». En algunos foros llegan a defenderse postulados como este: «Nuestra orientación sexual es tan normal como cualquiera y ahora está siendo perseguida como en su día lo estuvo también la homosexualidad».

“Infiltrarse en los foros de pederastas es difícil. Debes parecer uno más, pero si te piden material pedófilo y se lo das cometes un delito”

En la deep web, donde se parapetan muchos pederastas, además de traficantes de drogas, armas y otros delincuentes, la navegación es anónima gracias a herramientas como TOR -el Google del inframundo digital- y los investigadores no tienen cómo saber quiénes son los usuarios, protegidos por intrincadas capas de cifrado y servidores de paradero desconocido. Un escenario complejo en el que los agentes de la Sección de Personas tienen algunos límites bien definidos. «Infiltrarse al estilo cinematográfico en un grupo de estos es difícil -explica Patricia-. Eso puede implicar que, para mostrar que eres uno más y ganarte su confianza, te pidan compartir material. Pero si compartes, tú cometes un delito; y si se lo pides, los incitas a ellos al delito. Esto dificulta labores de infiltración, pero es la ley».

La Sección de Personas apenas lleva dos años y medio activa y con el teniente Caramé al frente. «En este tiempo ha mejorado mucho la calidad y velocidad de las investigaciones, así como la cooperación internacional con Interpol, Europol, el FBI y otros países, pero se podría hacer muchísimo más -dice el jefe de la sección-. Llevamos tantos casos como podemos, pero si mañana me dan cien agentes, le garantizo que estarían ocupados. Infelizmente, aquí hay trabajo para mucha más gente».

No lo llamen ‘pornografía’

El Código Penal español habla de ‘pornografía infantil’, pero los investigadores, con Interpol a la cabeza, llevan años solicitando un cambio de denominación. «Preferimos hablar de ‘material de explotación sexual de menores’, para que nadie piense que esto es como el porno con adultos -argumenta el teniente José Luis Caramé-. Aquí no hay actores ni escenarios ni guion ni luces; los vídeos son caseros, como de cámara oculta. Los niños no actúan, sino que sufren abusos y violaciones. Muchas veces durante años. Aquí siempre hay un criminal detrás». Interpol maneja una guía terminológica (luxembourgguidelines.org) que matiza varios términos más. «Las palabras ayudan a definir mejor las cosas y a concienciar a la gente», sentencia Caramé, que lidera la lucha contra esta lacra en la Unidad de Delitos Telemáticos de la Guardia Civil.

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