Estos tres hermanos fueron separados al nacer como parte de un experimento. Adoptados por familias diferentes, ninguno supo de la existencia de los otros dos hasta que tuvieron 20 años. Uno de ellos se suicidó después. Los otros dos hablan ahora sobre las secuelas de convertirse en cobayas involuntarias. Un documental nominado al Oscar cuenta su increíble historia. Por Will Pavia 

Es su primer día en la universidad y Bobby Schafran no entiende por qué las chicas lo besan, los chicos lo abrazan y todos lo llaman Eddy. De pronto se cruza con un alumno de segundo, Michael Domitz, que se queda blanco al verlo. Es un amigo del tal Eddy, quien dejó el campus el curso anterior. «Yo sabía que no iba a volver -dice Domitz-, pero aquel chico tenía la misma sonrisa, el pelo, las expresiones… Era su doble». «¿Eres hijo adoptivo?», le preguntó. «¿Cumples el 12 de julio?», añadió.

“Yo iba al psicólogo y acabé en un colegio para niños con problemas. Sentía que me faltaba algo en la vida. Los investigadores lo sabían todo, pero no intervinieron”

En el documental Three identical strangers, Bobby responde que sí a ambas preguntas y, entonces, Domitz le suelta: «Tienes un hermano gemelo». Corren a una cabina y llaman a Long Island. Al otro lado de la línea, Bobby escucha su propia voz. Cuelgan, suben a su Volvo y, al caer la tarde, aparcan frente a la casa de Eddy. «Iba a llamar a la puerta, pero esta se abrió y me encontré ante el espejo -rememora Bobby-. Sus ojos eran mis ojos; mis ojos, los suyos».

Han pasado 38 años desde aquel día, pero Bobby aún se emociona al relatar su vida en el salón de su piso, en Brooklyn. Fue, describe, como un enamoramiento. «Sentí, de pronto, que todo era posible, todo estaba al alcance de mi mano».

Poco después, un alborozado universitario llamó al Long Island Newsday y le contó al redactor jefe, Howard Schneider, la historia de los gemelos. «No terminé de creérmelo -dice Schneider-. Por aquel entonces, los estudiantes se divertían enviando cartas con historias falsas». Para cerciorarse, envió a un periodista. El reportero no tardó en telefonear: «La historia es verídica». La noticia apareció en el Newsday y, después, en el New York Post. Un joven llamado David Kellman la leyó incrédulo. Eddy y Bobby habían nacido el 12 de julio de 1961, como él. Ambos fueron entregados en adopción, como él, por Louise Wise Services, una agencia de Nueva York dirigida a judíos. Observó las fotos: eran iguales a él.

Los trillizos nacieron el 12 de julio de 1961 y fueron adoptados por separado. Su madre biológica se quedó embarazada siendo adolescente y los entregó en adopción

Leyó que Eddy había crecido en Long Island y Bobby, en Scarsdale, zona noble de Nueva York, como hijo «del prestigioso médico local». David pensó que, seguramente, fueron separados al nacer. «Lo siguiente que pensé era que al tal Bobby le tocó la familia con pasta. ¡El muy cabronazo seguro que conduce un Mercedes último modelo!».

¡Niños iguales por todas partes!

Hoy, David recuerda sus recelos. «Los miraba y me decía: ‘¡No puede ser!’. Yo miraba una foto medio borrosa en un periódico. Era imposible de creer…». Sus amigos le decían que se fijara en las manos «como guantes de béisbol», como las suyas. En la guía encontró el número de Eddy. «Se puso su madre -cuenta-. Le dije que creía ser el tercero». La mujer casi se desmaya. «¡Por Dios! ¡Están apareciendo por todas partes!», exclamó.

Días después, David fue a casa de Eddy. Bobby estaba allí. Fue como ver dos reflejos en el espejo. «Sentí una plenitud total -dice David-. Todo pasó a segundo plano. Solo importaba ¿quién soy yo? ¿Qué tengo ahora?».

Los padres de los tres adolescentes también se hicieron unas cuantas preguntas. En busca de respuestas se fueron a la agencia de adopción. Unos trillizos suponían una carga excesiva para una sola familia y por eso los habían separado, se justificó el director. «¡Nos hubiéramos quedado con los tres!», gritó el padre de David. Ya en la calle, el de Bobby advirtió que se había dejado el paraguas y regresó. Sorprendió a los directivos brindando con champán por haberse librado del marrón. «Nunca olvidaré esa imagen», rememora.

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Bobby y David en el estreno de Three identical strangers, en el último Festival de Sundance

Ansiosos por recuperar el tiempo perdido, los trillizos se matricularon en la misma facultad y empezaron a salir en la tele cruzando las piernas como clones, fumando cigarrillos de la misma marca o revelando que todos habían practicado boxeo en el instituto y que compartían sus gustos en la comida. «Nos saltábamos las clases para subir a un avión y salir en la tele -recuerda David-. ‘Profe, tenemos que irnos, la limusina nos espera en la calle’, decíamos».

El reclamo de ser ‘los trillizos’

Tras rechazar numerosas ofertas, renuentes a mudarse a Hollywood, terminaron por abrir una parrilla, Triplets Roumanian Steakhouse, en el Soho neoyorquino. Se llenaba cada noche, el vodka corría a raudales y todos los comensales acababan en la pista de baile. Según David, el primer año ganaron un millón de dólares.

El psiquiatra que diseñó el estudio también puso a tres hermanas mayores en los hogares de adopción. Quería ver crecer a los trillizos en entornos comparables

Pero de pronto, todo se torció. Por un lado, falleció el padre de David, un hombre con una personalidad cálida y apabullante que trataba a los tres hermanos como si fueran sus propios hijos. «Siempre encauzaba nuestras diferencias -dice Bobby-. Nosotros no sabíamos arreglar las cosas por nuestra cuenta». Por eso, dice Bobby, sucedió lo inevitable. En 1993 dejó el restaurante. «Después de una bronca que nos dejó marcados a los tres», rememora. El más afectado fue Eddy. Brenda, su esposa, cuenta que tras la ruptura se hundió en la depresión.

Eddy se suicidó en 1995. Poco después, el periodista Lawrence Wright contactó con sus hermanos. Había investigado los estudios sobre gemelos de un psiquiatra neoyorquino llamado Peter Neubauer, asesor, entre otras cosas, de Louise Wise Services. La agencia de adopción había cerrado, legando las notas de ciertos experimentos al Jewish Board of Family and Children’s Services.

Neubauer creía que a mellizos y gemelos les iba mejor si crecían por separado, según escribió Wright en The New Yorker. «La separación ofrecería a Neubauer una oportunidad de investigación excepcional», asegura hoy Wright. Las revelaciones del periodista, por cierto, revelaron también el origen de los trillizos. Su madre biológica era una mujer que, de adolescente, se quedó embarazada en el baile del instituto. La conocieron y mantuvieron contacto con ella hasta su muerte, en 2009.

De lo innato y lo adquirido

En 1875, sir Francis Galton -fundador de la genética conductual- defendió que estudiar a los hermanos idénticos era el mejor método para investigar los efectos ejercidos por lo innato y lo adquirido. Desde el punto científico, nada era más atractivo que situar a gemelos en hogares distintos y estudiarlos a medida que crecían. Una investigación planteada en esos términos sería revolucionaria.

En una entrevista antes de morir, Neubauer no mostró el menor atisbo de remordimiento por lo que había hecho. Sin embargo, nunca publicó su trabajo

Neubauer diseñó un plan ambicioso. A través de la agencia pondría a dos gemelos en adopción en distintas familias que no serían informadas de que su hijo tenía un hermano. Les explicaría que el pequeño formaba parte de una investigación sobre el desarrollo infantil y que lo mejor era seguir con el experimento. Los investigadores visitarían el hogar con regularidad para seguir su crecimiento.

David recuerda bien aquellas visitas. «Venía un hombre con una chica. Me hacían rellenar cuestionarios y pruebas y me filmaban en bici o pegando botes. Ese día, yo era el centro de atención. Que una chica joven y guapa formara parte del público era un atractivo añadido».

No fue esto, sin embargo, lo más retorcido del asunto. Dos años antes de la llegada de los trillizos, Neubauer había situado a una niña en cada uno de los hogares de adopción. «Los tres tuvimos hermanas un par de años mayores. Formaban parte del grupo de control, por así decirlo», ironiza David. Otra evidencia más de que, para el psiquiatra, los trillizos no eran personas, eran meras cobayas.

No le importó, por ejemplo, que Bobby perdiera la visión de un ojo por sufrir ambliopía, dolencia que también afectó a David. «El padre de Bobby lo llevó a un médico, este le dijo que no se podía hacer nada y se dio por vencido». Pero la madre de David insistió. Visitaron más de diez especialistas hasta encontrar uno capaz de curarlo. «Los investigadores anotaron que yo había recuperado la vista, pero dejaron que Bobby continuara sufriendo; y pasada cierta edad el problema es incurable».

Alrededor de los 11 años, David empezó a cansarse de ‘las visitas’ -«a esa edad, quieres estar en la calle con tus amigos»- y la gente de Neubauer dejó de ir a su casa. No pararon, sin embargo, de observarlo.

La adolescencia no le resultó fácil. «Tenía la constante sensación de que me faltaba algo en la vida», cuenta. Sus padres lo mandaron a varios psicólogos y al final ingresó en un colegio para alumnos con problemas. Neubauer siempre estuvo al tanto. «Lo sabían todo, pero nunca tomaron cartas en el asunto para explicar que había factores que quizá ayudarían a entender mis problemas», dice.

David no conoció a Neubauer, fallecido en 2008, pero sabe que emigró a Nueva York desde Austria huyendo de los nazis. Su estudio «debió de iniciarse a finales de los cincuenta porque tuvo que arreglarlo todo con las familias -sostiene David-. Hablamos de algo que pasó un decenio después de los juicios de Núremberg, cuando se conocían los estudios sobre gemelos de Josef Mengele».

Josef Mengele

El psiquiatra austriaco Peter Neubauer diseñó el estudio de los trillizos. Antes que él, los gemelos fueron el objeto favorito de los experimentos de Josef Mengele (en la imagen), el Ángel de la Muerte, en Auschwitz

El psiquiatra fue entrevistado por la doctora Nancy Segal, profesora de psicología y autora del libro Twin mythconceptions (‘Mitos y creencias erróneas sobre gemelos’). «El hombre no mostró el menor atisbo de remordimiento por lo que había hecho», revela Segal.

El periodista Lawrence Wright aventura una hipótesis que explicaría por qué Neubauer nunca publicó su trabajo y lo guardó en un cajón. Quizá sus descubrimientos lo llevaron a concluir que la psiquiatría y la psicología son una patraña colosal, que la genética lo explica todo, que no hay nada que puedas hacer por las personas.

La vida hubiera sido distinta

Al pensar en su propio caso, David pone en duda estas posibles conclusiones. «Tengo claro -considera- que todo es el producto de una combinación de factores. Yo desarrollé determinados mecanismos de defensa gracias al apoyo brindado por mi familia. Eso lo tengo clarísimo».

De niño, Bobby también tenía la sensación de que en su vida faltaba algo. Durante un tiempo sufrió unos dolores en las piernas que los médicos no acertaban a explicar. «Más tarde supe que David había llevado unas férulas metálicas en las piernas durante esa época», recuerda.

David deja claro que se siente rabioso por lo que fue de sus vidas. «No sé hasta qué punto le afectó a Eddy la separación ni hasta qué punto fui responsable de su suicidio -reflexiona-. Pero, si hubiéramos crecido juntos, la vida de David o de Eddy seguramente habría sido distinta». Ahora, tras participar en el documental Three identical strangers, Bobby y David se han reconciliado y juegan juntos al golf. «Estamos más unidos de lo que estuvimos en mucho tiempo», asegura Bobby, 58 años después de haber sido separado de sus hermanos.

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