Este cincuentón sostuvo su precaria carrera de actor con asiduas visitas a bancos de esperma cuando era joven. Veinte años después, sus hijos biológicos lo están localizando gracias a Internet. ¡Puede tener más de 50! Esta es la historia de Peter Ellenstein. Por Rene Chun

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Se trata de una mentira piadosa para que no nos sintamos incómodos: el donante de semen. Sabemos la verdad. Los hombres no donan su esperma. Lo venden. Como a la mayoría de los donantes, a nuestro hombre tan solo le interesaba una cosa: el dinero.

Pero el 6 de octubre de 2017, a las 10:55 de la mañana, en el iPhone de Peter Ellenstein apareció un mensaje por Facebook. «Hola, Peter -decía-. Nací en 1994 por fertilización in vitro. Te escribo porque creo posible que tú fueras el donante (…). Si prefieres no entrar en contacto, lo entenderé. Sencillamente quería darte las gracias».

El mensaje se lo había enviado una música de 24 años, Rachel White, hija de una madre soltera de Malibú. Al principio, Peter no respondió. Se dijo que la tal Rachel podía estar equivocada. Pero empezó a sentirse angustiado.

Peter, chófer de Uber, fue donante de semen durante siete años. Hacía cinco donaciones a la semana. Su producción era tremenda

Por la época en que Rachel nació, él había sido un donante de esperma más que ‘generoso’. En los años ochenta hacía de todo para ganarse la vida mientras trataba de consolidar su carrera de actor. Y, a diferencia de otros trabajillos, la donación de esperma estaba bien pagada y requería un esfuerzo mínimo.

Vendió sus gametos a dos bancos de semen de Los Ángeles entre 1987 y 1994. Siete años es mucho tiempo. El donante promedio no suele durar más de un año. Pero Peter no solo estuvo ‘activo’ durante un tiempo larguísimo, sino que su producción era impresionante. En vez de las tres donaciones a la semana que suele realizar un donante ambicioso, él hacía cinco. Corrían los años ochenta y se sacaba 900 dólares al mes, lo suficiente para el alquiler y los plazos del coche.

Su identidad como donante no era pública. En la base de datos figuraba con los números 305 y 217. Pero su producción era tremenda: cerca de dos mil viales; cada uno de ellos capaz de crear un embrión. Peter tenía claro que su poderosa simiente había generado algunos niños. Pero para él eran una abstracción: números, y no personas.

Hasta que apareció Rachel. La joven se las había arreglado para encontrarlo en la Red. Rachel colgó sus propios datos personales en el Donor Sibling Registry (Registro de Hermanos por Donación o DSR), un portal de Internet sin ánimo de lucro para que las personas concebidas a través de donantes puedan localizar a sus hermanastros y a las personas cuyos ovarios y esperma habían hecho posible su existencia.

Mientras Rachel esperaba que su padre biológico le respondiera, Peter se debatía lleno de dudas. Ocho horas y veinticinco minutos después tecleó una respuesta en el móvil. Estaba dispuesto a hablar con ella. Convinieron en verse al día siguiente. «Algo se abrió en mi mente -dice al describir esa primera cita-. De repente, me sentí en deuda con ella». ¿Que qué le debía? «No sé… lo mejor de mí». El encuentro se inició con un abrazo. Cada uno estudió el rostro del otro. No había duda. Rachel había heredado los ojos saltones de su padre.

Lluvia de hijos

Tres semanas después, Rachel le soltó otra bomba: «Hay más». Peter ya se olía la noticia. Con una sonrisa en los labios, echó mano del móvil y anotó los nombres que Rachel le iba dictando: 12 personas en total.

El listado fue ampliándose hasta 19. Pero sin duda había más. Decenas quizá. La proyección es asombrosa: tres visitas al banco de esperma por semana, con una donación de dos viales por visita… Respire hondo, señor Ellenstein: estamos hablando de 364 posibles nacimientos.

Peter Ellenstein respira hondo. Tiene 57 años, es chófer de Uber y en un buen día se saca algo más de 200 dólares por semana. No tiene aspecto de dios de la fertilidad ni, como se autodenomina en broma, de ‘Sperminator’. Parece más un macho alfa exhausto, reventado.

“Liberé algo en el universo y ahora ha vuelto a mí”. La mayoría de sus retoños le han hecho un hueco en sus vidas y está encantado

Lo lógico sería que un hombre a su edad y con problemas de dinero se sintiera angustiado por la situación. «Estoy en la ruina. No tengo un trabajo de verdad. Estoy a punto de divorciarme. Y tengo 19 hijos que no sabía que tenía», dice. Pero, a pesar de los contratiempos, nunca se había sentido tan feliz. «No he hecho nada para merecerme todo esto», comenta sobre su repentina paternidad multitudinaria. «Soy el tío con más suerte del mundo».

Rachel White siempre supo que era hija de un donante. Su búsqueda de la paternidad empezó a los nueve años. «Siempre quise tener hermanos. Y conocer mi llegada al mundo, quiénes fueron mis abuelos, cómo es que he venido a parar al planeta Tierra…».

Para los artificialmente concebidos, cumplir los dieciocho años es decisivo. Es la edad en la que pueden entrar en contacto con los bancos de semen y solicitar los datos necesarios para encontrar a su progenitor. La privacidad de los donantes anónimos estuvo garantizada durante años… hasta que llegó Internet.

Muchas veces, hoy lo único que hace falta para dar con un donante anónimo es un ordenador y el número de donante, que los bancos de semen facilitan a todos los usuarios. Rachel White también entró en el portal para encontrar otras vinculaciones en el ADN. Y así dio con Alana Shannon, una estudiante de Los Ángeles de 23 años. El Donor Sibling Registry confirmó la conexión. Tenían un perfil genético idéntico al 25 por ciento, lo habitual entre medio hermanos.

Alana también quiso conocer al donante de semen. «Al abrazarnos, tuve claro que no era una mala persona -recuerda-. El contacto humano lo dice todo. Me sentí a gusto a su lado».

Rachel, Alana y no eran las únicas. Cada vez aparecían más medio hermanos. Dexter Elliott, que estudiaba Astrofísica; Natalie Jones, de 19 años, estudiante de Psicología Infantil. Y también Tyee Williams, que estudiaba Ciencias del Medioambiente; y Jeremy, un humorista de 29 años. El número total se incrementó de golpe con la aparición de los trillizos Krone: Brittany, estudiante de Ciencias Medioambientales; Michael, un militar; Courtney, estudiante de Zoología.

«Y luego todo siguió igual durante un año», dice Shannon. Pero, en los últimos tiempos, cada mes aparece un nuevo miembro.

De joven, Peter se decía que no estaba preparado para ser padre. Sin embargo, hoy quiere convertirse en un padrazo. «Liberé algo en el universo y ahora ha vuelto a mí». Además, encuentra extraordinario que la mayoría de sus retoños quieran hacerle un lugar con ellos. «Esto era lo que me faltaba en la vida».

Peter organizó un encuentro con muchos de sus hijos naturales. En la cita se mencionaba de pasada la «grabación de entrevistas en vídeo». Peter ha firmado un contrato con dos productores de televisión que están tratando de vender su historia en Hollywood con la idea de grabar una serie documental. «Seguramente se trate de mi única oportunidad para ganar dinero de verdad -reconoció Peter a su amigo en un mensaje de texto- y no quiero dejarla pasar».

¿Un número de circo?

Siempre habrá cínicos que dirán que todo es un montaje, que el actor fracasado está vendiendo su nutrida paternidad al mejor postor. Pero en el primer encuentro con parte de su progenie, pese a la presencia de las cámaras, la emoción es genuina. Sperminator abraza con fuerza a todos y cada uno de ellos. Al separarse, tiene los ojos enrojecidos.

Al igual que su padre natural, muchos de los hermanastros se sienten cómodos delante de las cámaras. A la hora de redactar los contratos, una cosa resulta innegociable: todos los participantes cobrarán lo mismo. Lo que viene a ser entre dos mil y tres mil dólares para cada uno por episodio. Bastante menos de los que se saca una Kardashian, pero más de lo que ganas conduciendo para Uber.

‘Sperminator’ ha firmado un contrato para hacer un documental y un ‘reality’. “Es mi única oportunidad de ganar dinero de verdad”

No a todos les parece una buena idea. El hermano de Peter Ellenstein, David, no está contento: «No me gusta ese tufillo a número de circo; parece que a mi hermano y los demás solo les importa hacerse de oro». David ha hablado con cinco de los hermanastros y reconoce que Peter «los quiere», pero sigue intranquilo. «Unos cuantos de estos chicos han crecido en entornos difíciles y podrían tener problemas psicológicos. ¿Qué pasaría si alguno se decidiera a denunciar a Peter?».

Es verdad que un par de ellos sufren problemas mentales, pero ninguno de sus familiares se ha quejado hasta la fecha. David sigue sin tenerlas todas consigo. «En la familia de mis padres había unos cuantos locos», explica, y la ansiedad en su voz resulta palpable. «Locos diagnosticados».

Unas semanas después, en el grupo de chat vinculado a Peter corre la última noticia. Ha aparecido un nuevo integrante de la familia: se llama Sidney y es el más joven de todos. Lo han encontrado a través de 23andMe. Tras enterarse, Peter cuelga en el chat: «¡Mi hijo número 20!». Está en éxtasis. No solo se trata de su vigésimo vástago. Sidney nació en 2000, es decir, seis años después de que Peter efectuara su última donación. Por tanto, las compañías siguieron vendiendo su esperma después de que él abandonara esas actividades. «Ahora tengo claro que hay muchos otros chicos -dice Peter-. ¡El número real puede llegar a la cincuentena!».

Al poco tiempo aparece otra hermanita: Melanie, de 27 años, abogada. «Ya tenemos una abogada, lo que nunca viene mal -escribe Peter en un mensaje de texto-. Ahora necesitamos un médico, un banquero, un electricista…». Pero la siguiente persona que aparece es una publicista, una mujer de 26 años llamada Laine Hammer.

Estamos hablando de 22 o 23 hermanastros, en función del recuento. De los cuatro restantes que han sido identificados, uno se niega a entrar en contacto, otro se muestra indeciso, otro aún no lo sabe y el último está en paradero desconocido. A todo esto, Peter ha presentado a sus nuevos hijos a su madre. Cuando le pregunto a la anciana si piensa en ellos como en unos nietecitos, a Lois Ellenstein, de 91 años, se le ilumina la expresión: «¿Y cómo no?».

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