Los seres humanos somos animales domesticados. Y ese proceso que nos llevó a la civilización arrancó con algo tan violento como el tiranicidio. Eso afirma este antropólogo que explica por qué el ‘Homo sapiens’ es una de las especies más crueles y al mismo tiempo más pacíficas del reino animal. Por Johann Grolle / Fotos: Johann Grolle (Getty Images), AGE y Getty Images

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La idea le vino de repente. Mientras miraba la chimenea en la oscuridad de su cuarto de estar. ¿Cuándo fue la primera vez que el ser humano se paró a contemplar el baile de las llamas? El antropólogo esbozó en aquel instante, hace ya dos décadas, su primera teoría: el Homo primero domesticó el fuego y luego se domesticó a sí mismo. Solo cuando el ser humano aprendió a controlar sus comportamientos agresivos se le abrió el camino que lo llevaría a convertirse en un ser cultural.

Richard Wrangham, de 70 años, tiene ahora una nueva hipótesis, que explica en su libro The goodness paradox (‘La paradoja de la bondad’). En él cuenta por qué la pena de muerte ayudó al ser humano a vencer su agresividad. Y por qué de ahí surgió la moral. Sabe que esta teoría va a encontrar resistencia. Pero a Wrangham le gusta la polémica.

XLSemanal. Usted investiga la agresividad de los chimpancés.

Richard Wrangham. Comparados con los humanos, su comportamiento es monstruosamente agresivo.

XL. ¿Qué quiere decir?

R.W. En el umbral de la edad adulta, los machos golpean a las hembras hasta que muestran sumisión. Solo cuando un chimpancé ha conseguido una dominancia física sobre todas y cada una de las hembras puede acceder a la jerarquía masculina y competir por el rango más alto.

XL. ¿Los machos tienen éxito en función de su brutalidad?

R.W. Así es. De adultos, los machos siguen atacando a las hembras. Y generalmente el chimpancé que más golpea a una hembra es el que acaba siendo el padre de sus hijos.

XL. ¿Qué siente al ver este tipo de cosas?

R.W. Me indignan. Me fascinan los chimpancés, pero ver a un macho golpeando a una hembra es terrible; igual de terrible que presenciar cómo estos animales le arrancan las entrañas a un monito mientras todavía está vivo. Por este tipo de cosas no como carne desde hace 40 años.

XL. ¿Un investigador puede hablar de ‘maldad’?

R.W. Me parece atroz negar que algunos comportamientos de los chimpancés son profundamente desagradables. ¿Que si la conducta agresiva es ‘mala’? Sí, cuando desemboca en violencia, en infligir dolor. Impedir la violencia debería ser uno de los puntos centrales de toda aspiración humana.

XL. En este sentido, los humanos somos algo mejor que los chimpancés..

R.W. Sí. Si cogiera a 300 chimpancés que no se conocen y los encerrara ocho horas en un avión, muchos no llegarían vivos al destino. En cambio, los humanos conviven pacíficamente en un vuelo de larga distancia.

XL. Pero nuestra historia es una sucesión de guerras y genocidios. ¿Por qué entonces habla usted de lo pacífica que es la naturaleza humana?

R.W. Tiene razón. Pero hablamos de dos formas diferentes de agresión: la violencia en la guerra suele ser algo premeditado, a sangre fría. Por el contrario, la conducta agresiva de los chimpancés es espontánea, fruto de un arrebato colérico. Esto nos plantea uno de los mayores enigmas de la naturaleza humana: ¿por qué somos tan pacíficos en nuestro día a día y al mismo tiempo capaces de ejercer intencionadamente semejante nivel de crueldad?

“El ser humano muestra una enorme cantidad de rasgos típicos de los animales domésticos”

XL. ¿Esa forma intencionada de agresión es algo propio del ser humano?

R.W. En absoluto. También se da entre los chimpancés. Formé parte del equipo de Jane Goodall que descubrió que los chimpancés atacan de forma intencionada a grupos vecinos para matarlos. La observación de conflictos similares a una guerra entre chimpancés fue una de las mayores sorpresas de nuestra investigación.

XL. ¿Hemos heredado de los primates el lado belicoso y es el carácter pacífico lo que nos diferencia de ellos?

R.W. Sí, se podría decir así.

XL. En su libro afirma que el ser humano le debe ese carácter pacífico a su propia ‘domesticación’. ¿A qué se refiere?

R.W. El ser humano muestra una cantidad sorprendente de rasgos biológicos típicos de los animales domésticos. Al propio Charles Darwin le fascinó este fenómeno. Le chocó que los animales criados en cautividad tuvieran características parecidas.

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Wranham es un reconocido investigador de los chimpancés que muestran una gran agresividad; de ahí parte su interés por cómo nos civilizamos.

XL. ¿Cuáles, por ejemplo?

R.W. Muchos animales domésticos tienen manchas blancas en el pelaje, orejas caídas o una cola curva. Estas propiedades rara vez se ven en los salvajes. Y lo interesante es que el ser humano no ha favorecido estos rasgos de forma premeditada en la cría de sus animales domésticos.

XL. ¿Y eso cómo lo sabe? ¿Quizá a los granjeros de la Edad de Piedra les gustaban los cerdos con orejas caídas.

R.W. Lo sabemos gracias al genetista ruso Dmitri Beliáyev. Crio zorros plateados favoreciendo una única característica: de cada generación, solo eligió a los individuos más dóciles y pacíficos. Y vio que las características típicas de los animales domésticos acababan apareciendo por sí mismas.

XL. Pero los humanos, que usted dice domesticados, no tenemos manchas blancas ni la colita enroscada…

R.W. Tiene usted razón. Pero si se fija en nuestro esqueleto, verá características propias de los animales domésticos.

“Los pueblos primitivos se liberan del sujeto violento matándolo: con el tiranicidio”

XL. ¿Cuáles?

R.W. En comparación con nuestros antepasados, tenemos un rostro más aplanado, dientes más pequeños, unas diferencias por sexos menos pronunciadas -que se manifiestan en una feminización de los rasgos masculinos- y un cerebro más pequeño. Este último fenómeno es fascinante. La evolución del ser humano está marcada por un continuo aumento del tamaño del cerebro. Pero la tendencia se ha invertido en los últimos 30.000 años.

XL. Si no son fruto de una selección predeterminada, ¿cómo se ha podido generar este conjunto de características?

R.W. Todavía no lo sabemos, pero resulta llamativo que muchos de los rasgos de domesticación sean típicos de animales jóvenes y crías…

XL. ¿Quiere decir que somos como hombres prehistóricos que nunca terminan de llegar a la edad adulta?

R.W. Exactamente. Por lo general, los animales jóvenes se caracterizan por un nivel bajo de agresividad. Por eso, una de las formas con las que la naturaleza puede reducir los comportamientos agresivos es haciendo que los individuos envejezcan, pero sin que dejen de ser emocionalmente jóvenes.

“Si un bonobo macho ataca a una hembra, esta grita y otras hembras ponen al macho en su sitio”

XL. Dice que el cerebro lleva reduciendo su tamaño desde hace 30.000 años. ¿Eso determinó nuestra domesticación?

R.W. No. Los fósiles nos dicen que el proceso de domesticación comenzó hace 300.000 años, pero el cerebro solo empezó a encoger en la fase final.

XL. En el caso del perro, el caballo y el gato está claro quién los domesticó. Pero ¿quién domesticó al ser humano?

R.W. La palabra ‘domesticación’ genera confusión. Lleva implícita una acción. Pero los experimentos de Beliáyev nos muestran que la domesticación solo se debe a la selección de conductas no agresivas. Y esta selección puede producirse en cautiverio o en libertad.

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XL. ¿Qué animales domesticados hay en libertad?

R.W. Por ejemplo, los bonobos. Exteriormente son parecidos a los chimpancés, pero su cráneo tiene todos los rasgos de la domesticación: rostro más plano, dientes más pequeños, cerebro más reducido y menores diferencias entre sexos.

XL. ¿Son más pacíficos que los chimpancés?

R.W. Absolutamente. Si a un bonobo macho se le ocurre atacar a una hembra, la hembra empieza a gritar y al poco tiempo el macho se encuentra ante una alianza de hembras que lo ponen en su sitio.

XL. En el caso de los bonobos, ¿las hembras domesticaron a los machos?

R.W. Sí, probablemente. Los bonobos viven en un hábitat que permite a las hembras estar juntas durante la búsqueda de comida. Esa favorece la formación de alianzas entre ellas.

XL. ¿Y en el caso de los humanos? ¿Las mujeres civilizaron a los hombres?

R.W. Me parece improbable. En ningún lugar del mundo hay nada parecido a un matriarcado, y tampoco indicios de que alguna vez lo haya habido.

XL. ¿Y quién domó a los hombres?

R.W. Aquí entramos en el terreno de la especulación. Los fósiles no nos dicen lo que pasó. Pero sí podemos fijarnos en cómo actúan hoy los pueblos primitivos con los individuos agresivos. Y es sorprendente: en estos pueblos, que llevan unas vidas realmente pacíficas, siempre surgen individuos que intentan imponerse a los demás mediante la violencia, como lo hacen los machos alfa entre los chimpancés. ¿Qué es lo que hace entonces una comunidad que no cuenta con prisiones ni policía? Solo hay una forma de librarse del violento: matándolo. La decisión de ejecutarlo la toman juntos los demás hombres del grupo.

XL. ¿Y así se fue eliminando genéticamente la violencia de la humanidad?

R.W. Digamos que se redujo, pero no se eliminó. Es decir, nuestra bondad se la debemos a algo tan violento como el asesinato. Pero no me entienda mal, no defiendo las ejecuciones en el mundo actual. La Justicia no es infalible y la pena de muerte lleva indefectiblemente a que se ejecute a inocentes; además, no hay ningún indicio de que tenga un efecto disuasorio real.

“Si el proceso de domesticación continúa, cada vez tendremos un aspecto más parecido al de los niños”

XL. ¿Y cómo empezó este proceso? ¿Por qué un buen día los hombres acordaron recurrir al tiranicidio?

R.W. Rebelarse contra el macho alfa siempre es peligroso. El que tira la primera piedra se juega la vida. Pero los humanos podían reunirse a escondidas y susurrar: «Quedamos todos junto a la roca grande, saltamos sobre él y lo matamos».

XL. El lenguaje hizo posible la rebelión de los machos?

R.W. Sí, porque la única forma de salir bien parados era poniéndose todos de acuerdo en matar al tirano.

XL. En su libro afirma que la conducta moral del ser humano también es consecuencia de la rebelión de los hombres beta contra los alfa, ¿no es así?

R.W. Correcto. En un momento dado, la comunidad de hombres se conjuró contra el poderoso. Eso les hizo descubrir que tenían el poder de matar a cualquiera del grupo. Así que establecieron normas de convivencia y todo aquel que las vulnerase se enfrentaba a una condena de muerte. De esta manera, la evolución favoreció a aquellos que se atenían a las reglas.

XL. En definitiva, que el sometimiento fue lo que nos hizo humanos.

R.W. Lo formula usted de manera muy radical, pero es así como sucedió: la moral surgió del deseo de no convertirse en blanco de la justicia de la comunidad.

XL. Y así, paso a paso, la docilidad se fue inscribiendo en nuestros genes…

R.W. Sí. Y los hallazgos fósiles apuntan a que ese proceso de domesticación incluso se ha acelerado.

XL. ¿Cómo serán entonces los seres humanos dentro de 10.000 generaciones?

R.W. Solo se puede especular. Pero si el proceso de domesticación continúa, cada vez tendremos un aspecto más parecido al de los niños: nuestra frente se hará más alta, los ojos más grandes, la barbilla más pequeña…

XL. El remedio antiedad definitivo.

R.W. Se puede ver así.

Victoria de la docilidad

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Rasgos de la reducción de la agresividad en el humano moderno comparado con el neandertal, según Richard Wrangham:

  • Rostro más plano.
  • Cerebro ligeramente menor (pasó de 1500 cm3 a 1350 cm3).
  • Menores diferencias entre sexos: el rostro masculino parece más femenino.
  • Constitución corporal más grácil.

PARA SABER MÁS

The goodness paradox. De Richard Wrangham (editorial Profile Books).

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