Con la llegada del hogar inteligente, cada vez más dispositivos de nuestras casas estarán conectados a Internet y permitirán el control remoto. Cómodo, sí. Pero también una herramienta peligrosa -una más- en casos de maltrato doméstico. Le contamos cómo funciona el llamado ‘smart abuse’ y cómo defenderse. Por Daniel Méndez

• Qué hacer en caso de ‘smart abuse’

La expresión “hacer luz de gas” se refiere a una forma de abuso psicológico. En ella, el maltratador manipula a su víctima hasta que esta duda de su propia cordura, de su percepción de la realidad. El término –gaslighting, en inglés- proviene de una obra de teatro que después fue adaptada a la gran pantalla por George Cukor en 1944: el marido esconde objetos de su casa y, cuando ella menciona los cambios, asegura que él no ha tocado nada. «Has sido tú, y no lo recuerdas». O atenúa la luz de las lámparas de gas negando cualquier cambio cuando ella lo advierte. En España se bautizó como Luz que agoniza, pero en Latinoamérica se estrenó como Luz de gas. Hoy, el marido podría haber recurrido a herramientas más sofisticadas: en lugar de lámparas de gas, podría encender o apagar las luces a su antojo a través de una app de su teléfono móvil. O podría subir de golpe la calefacción en una calurosa jornada de verano, aunque se encontrase a kilómetros de distancia. Podría también impedir la entrada al domicilio cambiando la contraseña de acceso, incluso dejar encerrada a la víctima en casa sin necesidad de poner pie en ella.

Las denuncias van desde el exmarido que enciende la música a medianoche a volumen atronador al que cambia el código que abre la puerta de casa o el que espía a través de un aparato inteligente en la cocina.

Lamentablemente estos ejemplos no son fruto de la imaginación. Todas estas formas de acoso se están dando ya, gracias a los avances tecnológicos que han hecho -o harán- de nuestras casas hogares inteligentes.

El llamado ‘Internet de las cosas’ (abreviado IoT por las siglas inglesas de Internet of things) se refiere a la conexión a la red digital de objetos cotidianos. Una nevera que nos avisa de los productos que empiezan a escasear o están a punto de caducar; cámaras de vigilancia que nos permiten visualizar lo que ocurre en nuestras casas a través de un ordenador; lámparas, calderas o persianas conectadas a la red para ser manipuladas a distancia. Objetos diseñados para hacer nuestra vida más cómoda que, sin embargo, pueden convertirse en armas de doble filo cuando caen en manos de la persona equivocada.

UNA TECNOLOGÍA QUE SE SUSTENTA EN LA CONFIANZA

En España, la implantación de estos dispositivos es todavía escasa: en torno a un 10 por ciento de los hogares cuenta con ellos, muy por detrás de países como Noruega, Estonia, Inglaterra o Estados Unidos, que rondan el 30 por ciento. Son mediciones del portal de estadísticas para datos de mercado Statista, según el cual el 22,6 por ciento de las casas españolas contarán con sistemas de smart home en 2023. Cabe imaginar que conforme vaya extendiéndose el uso de esta tecnología comiencen a aparecer noticias en la prensa que la relacionan con la violencia doméstica. Es algo que ya ha ocurrido en países anglosajones, donde se ha acuñado ya un término para referirse al fenómeno: smart abuse, o ‘abuso inteligente’. En Canadá una mujer era despertada repetidamente de noche cuando su expareja encendía la música a un volumen atronador, al tiempo que las luces se encendían y apagaban sin sentido. En 2018, un británico fue condenado por espiar a su mujer a través del centro de control de su sistema de smart home instalado en la cocina. Una mujer en San Francisco contó al New York Times que el código que abría la puerta de su casa cambiaba cada día sin que ella supiese -inicialmente- el motivo. Son solo algunos de los casos recogidos en la prensa.

Hay un factor de riesgo añadido en casos de violencia doméstica: a menudo es el hombre quien se encarga de la configuración de los sistemas tecnológicos que se usan en el hogar.

«Los sistemas de IoT carecen en la actualidad de ajustes apropiados de seguridad y privacidad y están diseñados bajo la asunción de que todos los usuarios en un hogar pueden confiar en los otros», afirma un artículo escrito por investigadores del proyecto Género e Internet de las cosas del University College London, entre los cuales se encuentra la española Isabel López-Neira. «En situaciones de violencia en la pareja, esta asunción plantea un problema», concluye el estudio. Hay, además, un factor añadido. y es que a menudo es el hombre quien se encarga de la configuración de los sistemas tecnológicos que se usan en el hogar. Un riesgo añadido cuando se dan situaciones de acoso o violencia doméstica.

EN BUSCA DE LOS PROTOCOLOS ADECUADOS

La investigadora Isabel López-Neira -especializada en género e Internet de las cosas en el Departamento de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Política Pública del University College London- apunta algunas de las barreras que tiene que sortear el personal especializado en apoyo a las víctimas de violencia de género cuando se encuentran con casos que tienen a la tecnología como protagonista. «Son herramientas muy novedosas y que, además, cambian con gran rapidez. Esto hace difícil aconsejar una configuración determinada para evitar abusos. Asimismo, quienes trabajan con las víctimas -sea la Policía, personal de refugios para mujeres, miembros de ONG o trabajadores sociales.- no tienen por qué ser expertos en tecnología. Es útil que hagan ciertos cursos, sí, pero no pueden estar a la última. Nosotros proponemos una línea de atención telefónica especializada». Un número al que llamar en caso de duda o para buscar apoyo. «En países como Australia ya existe algo similar», subraya.

MÁS QUE ESPIONAJE EN LOS MÓVILES

Las cuentas hackeadas de Facebook, Tuenti o Instagram por parte de una pareja o expareja, así como malware de espionaje como el llamado ‘spouseware’, que se instala en teléfonos móviles para controlar movimientos y conversaciones de la pareja, permitieron hablar del ‘abuso 2.0’. Con la llegada del hogar inteligente podríamos hablar de un ‘abuso 3.0’. Por supuesto, la tecnología no es el problema. Es la presencia de un maltratador la que supone un riesgo. Pero, del mismo modo que las redes sociales y herramientas de chateo como WhatsApp han dado lugar a la aparición de nuevas formas de extorsión y abuso, el hogar inteligente abre la puerta a nuevos mecanismos de acoso y coerción. Por otro lado, los expertos denuncian que ni los fabricantes ni las autoridades ni los propios centros de atención a víctimas están de momento preparados para frenar esta previsible lacra.

En Canadá, Inglaterra o Estados Unidos, trabajadores sociales y psicólogos especializados en violencia de género hace tiempo que reclaman que se tomen medidas. Y centros académicos como el mencionado en el University College London reclaman que se incrementen las investigaciones en torno al tema. La tecnología avanza a gran velocidad. Trae grandes ventajas, pero también incrementa ciertos riesgos. Conviene anticiparse, dicen expertos, víctimas y aquellos que se dedican a la atención de estas últimas.

PARA SABER MÁS

Web del grupo de investigación sobre Género e Internet de las cosas de la University College London

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