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No ahorres para tu jubilación, invierte en ella

Cuando pensamos en la jubilación, normalmente nos asalta la necesidad de ahorrar para poder vivir cómodamente cuando termine nuestra vida laboral. Es una reacción lógica. Pero, cuando el horizonte se mide en décadas, guardar dinero es sólo el primer paso; hacerlo crecer a través de la inversión puede marcar la diferencia.

Arancha Bustillo

Grano a grano se hace granero, pero sólo el grano sembrado da cosecha. Guardar dinero es la base para tener una buena salud financiera, porque permite afrontar imprevistos y no depender del crédito. Pero cuando el objetivo es la jubilación, limitarse a acumular grano puede no ser suficiente.

Bien lo sabe Fiona, una profesora de escuela infantil de 50 años, que desde hace poco más de un lustro alimenta una cartera de inversión bien diversificada en función de sus necesidades a largo plazo y su aversión al riesgo. Empezó tarde a invertir, porque era de las que pensaban que con ahorrar un poco todos los meses era suficiente para construir un buen colchón de cara al futuro. Nunca tuvo en cuenta el efecto erosivo del tiempo y de la inflación en sus ahorros, hasta que dio con su asesor financiero que le explicó los principales errores de dejar el dinero inmovilizado y le diseñó una estrategia de inversión acorde a su perfil y sus intereses.  

De carácter prudente en cuestiones económicas, Fiona optó por una planificación acorde con ese talante: una combinación de activos conservadores con una moderada exposición a renta variable, suficiente para preservar el poder adquisitivo sin asumir sobresaltos innecesarios. Una fórmula que le ha confirmado la importancia de “sembrar” parte de sus recursos, de ponerlos a trabajar con inteligencia para construir patrimonio.

Para la jubilación, ahorrar es imprescindible; pero invertir es lo que convierte ese esfuerzo en calidad de vida. 

Y es que, cuando llega la jubilación, los ingresos suelen reducirse de media entre un 20% y un 30%, en función del historial de cotización y del nivel salarial. Una merma significativa que se deja sentir en el día a día y obliga a replantear el nivel de gasto. De ahí la conveniencia de anticiparse y empezar a invertir con tiempo, que puede suponer la mejor manera de seguir viviendo con tranquilidad cuando se alcanza el final de la vida laboral.

La edad, el factor que determina tu elección

Si lo que buscas es que tu esfuerzo mensual dé frutos, la inversión es el único camino. Un camino que puede ser más o menos largo en función de la edad a la que decidas empezar. 

El tiempo es uno de los factores clave de cualquier estrategia. Quien empieza a invertir en torno a los 30 años puede permitirse asumir más volatilidad y buscar crecimiento a largo plazo, apoyándose en soluciones con mayor peso en renta variable, como los planes de pensiones de perfil dinámico o los fondos de ciclo de vida que gestiona Mapfre, diseñados para horizontes amplios. A los 50, el enfoque cambia. El horizonte es más corto y la prioridad suele ser proteger el capital acumulado sin renunciar del todo a algo de rentabilidad. Aquí encajan mejor otras opciones más conservadoras, como planes de pensiones o soluciones de inversión con más foco en renta fija. 

La renta, tu punto de partida

A la hora de planificar la jubilación, la renta disponible, es decir, los ingresos netos una vez cubiertos los gastos esenciales, y la capacidad de ahorro constituyen, sin duda, el punto de partida. Cuando los ingresos son ajustados, el primer objetivo debe ser construir un colchón de seguridad, un fondo de emergencia equivalente a entre tres y seis meses de gastos, apoyándose en instrumentos líquidos y de bajo riesgo.

Solo cuando esa base está cubierta y la capacidad de ahorro se consolida resulta aconsejable destinar parte de esos recursos a la inversión. No se trata de una frontera rígida, sino de un proceso gradual. Incluso pequeñas cantidades, invertidas con constancia y disciplina, pueden marcar una diferencia significativa a largo plazo.

La tolerancia al riesgo, el termómetro de tu inversión

Cuando uno se decide a invertir, además de la edad y de la capacidad de aportación, es importante evaluar su aversión al riesgo. Así, un perfil conservador prioriza la estabilidad y suele sentirse más cómodo con productos con mayor peso en renta fija o estrategias defensivas pensadas para preservar el capital; mientras que un perfil más arriesgado tolera mejor la volatilidad y puede optar por vehículos con mayor exposición a renta variable, asumiendo altibajos a corto plazo a cambio de un mayor potencial de crecimiento a largo plazo. Para determinar qué tipo de inversor eres, nunca está de más acudir a un asesor que dibuje tu estrategia y diseñe una cartera acorde a tus necesidades y preferencias. Entidades como Mapfre disponen de un servicio de asesoramiento profesional y personalizado que te permite definir tu perfil y trazar la estrategia de inversión más inteligente.  

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Este contenido ha sido desarrollado por Content Factory, la unidad de contenidos de marca de Vocento, con Mapfre. En su elaboración no ha intervenido la redacción de este medio.