Es uno de los grandes genios de la imagen, y su rompedor trabajo desde los años cuarenta a los ochenta del siglo pasado marcó la fotografía para siempre. Por Jesús Cano

“Tan divertido”. Esas dos sencillas palabras le sirvieron a Anna Wintour para describir al fotógrafo Horst P. Horst (1906-1999), conocido simplemente por su nombre propio: Horst. Pero la directora de Vogue no se quedó ahí. “Tener un retrato hecho por Horst, -aseguró- significaba algo realmente”.

Este maestro de la fotografía que hizo carrera creando bellas imágenes donde las sombras eran parte fundamental. Imágenes a ratos surrealistas, en ocasiones llenas de referencias clásicas y algunas de ellas clasificables como las mejores instantáneas del art déco, y cuya influencia está presente en los desnudos clásicos de Bruce Weber, Herb Ritts o Robert Mapplethorpe.

Sus imágenes, tanto en color como en blanco y negro, eran muy singulares y potentes, como este vestido de Hattie Carnegie en 1939. Al llegar a los Estados Unidos, sus imágenes se hicieron algo más alegres y frescas que las de sus trabajos anteriores.

Maestro del claroscuro, Horst planificaba cada escena con precisión milimétrica, obsesivamente. Podía pasar dos días estudiando la iluminación de una fotografía. La clave de sus retratos estaba en los cuatro focos que empleaba algo inusual en la época, uno de ellos colocado en el techo y dirigido hacia el suelo.

Retratar a Marlene Dietrich fue su primer gran encargo y todo un desafío. Pero la actriz alemana quedó tan satisfecha con el resultado que catapultó al fotógrafo a la fama.

En 1942 le encargan retratar a la femme fatale Marlene Dietrich. La sesión empieza fatal. A la diva no le convence la toma. El fotógrafo quiere saltarse sus normas de cómo iluminar su rostro y Horst tiene que emplearse a fondo para convencerla de que pose ante aquella maraña de luces y sombras. Tras muchos clics y una sesión de revelado exprés, le presentan la copia a la diva. Le gusta. La usará para su propia publicidad.

Su primer trabajo como fotógrafo lo había realizado una década antes, en 1931. Fue para Vogue Paris. Tenía 24 años, apenas llevaba uno en la ciudad y ya había abandonado su idea inicial de trabajar como aprendiz del arquitecto Le Corbusier tras haber estudiado diseño y carpintería en la Escuela de Artes de Hamburgo.

Horst llega a París cuando la fotografía estaba empezando a eclipsar a la ilustración como embajadora de la alta costura. Reinaban y se tiraban de los pelos -y esto es literal- Coco Chanel y Elsa Schiaparelli. De ambas será amigo. Es uno de los pocos que lograron no tener que tomar partido por una de ellas.

Lograba crear imágenes únicas combinando tanto los colores como las formas, como muestra esta foto de la modelo Muriel Maxwell, de 1939. Horst quiso ser arquitecto.

En sus primeros meses en la Ciudad de la Luz conoce al ruso Hoyningen-Huene -fotógrafo jefe de la edición francesa de Vogue-, quien lo introduce en el ambiente bohemio, le desvela los secretos de la fotografía y lo convierte en su amante y, ocasionalmente, en su modelo. En 1935, tras la abrupta salida de este para trabajar en la competencia, Horst lo sustituye.

Horst tuvo una vida social intensa y organizaba interesantes veladas en su casa de Long Island. En la imagen, con la modelo Carmen Dell’Orefice en una fiesta en Nueva York en 1992. El fotógrafo falleció en 1999.

En el parís de los años treinta retrata a Cole Porter, Noël Coward y Bette Davis. Su círculo incluía a Jean Cocteau, Salvador Dalí, Jean-Michel Frank y Bébé Bérard. Realiza su primera exposición en 1932 en la Galería La Plume d’Or de París. La mítica corresponsal Janet Flanner lo consagra con una crítica elogiosa en The New Yorker. Se suceden los amantes, entre ellos un jovencísimo Luchino Visconti, hasta que en 1938 conoce a Valentine Lawford, un diplomático británico con quien Horst compartiría el resto de su vida y adoptaría un hijo.

Antes de huir a Nueva York, en septiembre de 1939, se despide de París con una de sus obras más famosas: el corsé Mainbocher. “Mientras tomaba la fotografía, pensaba en todas las cosas que estaba dejando detrás”, confesó.

Esta imagen la realizó antes de partir de París a los Estados Unidos al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Cincuenta años después, Madonna se la apropió para su tema Vogue. Horst estuvo a punto de demandarla.

En los años cuarenta realiza algunas de sus legendarias portadas para el Vogue americano. Y en 1943 adopta la nacionalidad estadounidense, pero para lograrlo este hijo de un ferretero alemán decide abandonar su apellido, Bormann -el mismo del secretario de Hitler-, y desde ese momento es para la historia simplemente Horst P. Horst.

Después de la guerra, Horst adquiere una propiedad en Long Island que paga con la venta de un original de Picasso. Un terruño por el que corretean zorros, venados y pavos. Está a 60 kilómetros de Manhattan. Allí construye una casa y, junto con Valentine, se convierten en los anfitriones perfectos. Greta Garbo es una asidua de la casa, un sencillo edificio de estuco blanco que era una reminiscencia de las fotografiadas en sus viajes por Túnez. Se embarca en la elaboración de reportajes de viajes, exposiciones de desnudos masculinos… y deja a un lado el mundo de las pasarelas y las modelos.

En la década de 1960, la nueva directora de Vogue Diana Vreeland lo rescata del olvido. Y encarga a la pareja Horst-Lawford -uno como fotógrafo y el otro como escritor- un ‘retrato’ de las casas y los gustos de Cy Twombly, Andy Warhol, Jackie Onassis o los duques de Windsor.

“Una de las razones por las que Horst tuvo una carrera de 60 años era que fue capaz de variar su estilo”, dice el escritor, comisario y exeditor de Vogue Robin Muir. Horst dejó de trabajar a los 86 años, cuando la vista le fallaba. Cuando ya no podía dominar la luz. O mejor, las sombras.