Adicciones, infidelidades, sobredosis, abandonos… De generación en generación, el apellido Douglas parece marcado por los escándalos. El último capítulo de la tragedia lo ha protagonizado el heredero del clan, el joven Cameron, condenado por narcotráfico a cinco años de prisión. Por Carlos Manuel Sánchez

«Te presento a tu nuevo amigo». El niño miró con curiosidad. «¿Qué es, mamá, un gato?». «Es un ocelote, mi vida. Como un leopardo en miniatura. Vivirá con nosotros. Tienes que quererlo mucho». La escena sucedió en un lujoso apartamento de Nueva York hace unos años.

Diandra, la madre, rica heredera de una familia de diplomáticos, tenía una extraña noción de la ecología. Estaba empecinada en convertir a los animales salvajes en mascotas. El niño, Cameron Douglas, vástago de una saga de actores oscarizados. Hijo de Michael Douglas (Wall Street, Instinto básico), nieto de Kirk (Espartaco, El loco del pelo rojo). Heredero de un legado genético inconfundible. Cara: hoyuelo en el mentón. Cruz: propensión a las adicciones.

Aquel felino impuso un régimen de terror. Cameron, acobardado, se atrincheraba en su cuarto. Michael se desentendía de las rarezas de su esposa; estaba siempre viajando, de rodaje en rodaje, de borrachera en borrachera y de falda en falda. Un día, el ocelote atacó al niño. Cameron acabó en urgencias y el animal, en una jaula trasladado a la reserva de la que procedía.

Kirk, Michael y Cameron, la maldición de la familia Douglas 2

Padre e hijo

En otra jaula, Cameron, que tiene 31 años, dispone ahora de tiempo de sobra para recordar este episodio y otros de su vida. Le han caído cinco años en la penitenciaría de Lewisburg (Pensilvania): «¿Cómo he acabado en este agujero?».

Esa misma pregunta sobrevoló el juicio por narcotráfico de este privilegiado. ¿Cómo un joven que tiene de todo menos preocupaciones acaba inyectándose heroína seis veces al día? ¿Por qué alguien destinado a triunfar sin apenas esforzarse se convierte en un camello? De un modo simbólico era la familia Douglas la que estaba siendo juzgada. Todo salió a flote en el juicio: un padre famoso, pero ausente; una madre que recorre medio mundo embarcada en cruzadas admirables, pero que deja a su hijo al cuidado de niñeras; un matrimonio torpedeado por infidelidades compulsivas; una infancia solitaria… ¿Sólo era una estrategia de la defensa para inspirar lástima? Si es así, tuvo éxito. A Cameron le han caído cinco años, una multa y unos cientos de horas de servicios a la comunidad por trapichear con varios kilos de metanfetaminas y cocaína. Pero ha salido bien parado, le pudo caer la perpetua.

Ya el patriarca del clan, el bisabuelo de Cameron, abandonó a los suyos, dejándolos en la miseria. Kirk sobrevivió vendiendo periódicos por las calles

Da la sensación, una vez dictada sentencia, de que las desdichas de Cameron Douglas son algo más que una astucia legal. Repasemos el guión de una vida poco ejemplar, a la sombra de gigantes con pies de barro. Habría que empezar con un flashback. Palma de Mallorca, día en el exterior. Mansión de los Douglas en Sestaca. Verano, años noventa. En palabras de su madrina, Cameron es un adolescente «tímido y muy dulce» que está de vacaciones del internado donde estudia. Bronceado como un apache, acaba de subir de la playa. La cocinera ha hecho paella… para uno. Come solo. No tiene hermanos. Su padre está de “promo”. Le han dado un Globo de Oro por su papel de presidente de Estados Unidos, oportunamente viudo, que vive un romance con una defensora del medio ambiente. Su madre asiste a una conferencia por el desarme nuclear. A la hora de la siesta, Cameron se encierra en su cuarto y se lía un porro detrás de otro. Consume marihuana desde los 13 años y cocaína desde los 15. No se ha duchado y nota la camisa áspera de la sal del mar. Se la quita. Todavía conserva algunos moratones, recuerdo del equipo de fútbol americano en el que ha jugado ese semestre. Quiere que lo traten como a un chaval normal y corriente, pero los rivales van a por él. Catapum. Chúpate ésa, niño rico.

Cameron no terminó la secundaria. Aspira, vagamente, a emular a su padre y a su abuelo y convertirse en actor, pero le falta talento y capacidad de sacrificio. Es un veinteañero que va dando tumbos, de fiesta en fiesta, metiéndose de todo. Un precursor de la generación ni-ni. Hace sus pinitos como pinchadiscos en Tunnel, un club de moda en Nueva York. Mientras tanto, sus padres se divorcian. Michael, repentinamente preocupado por la espiral autodestructiva de Cameron, le paga caras estancias en clínicas. Él ha superado su alcoholismo (se publicó falsamente que en realidad era adicto al sexo) y comienza una nueva vida con la actriz Catherine Zeta-Jones, empeñado en ser mejor esposo y un padre modélico para sus nuevos hijos: Dylan, que ahora tiene nueve años, y Carys, de seis. Pero los periodos de rehabilitación y las recaídas se suceden en la vida de Cameron. Uno de sus tíos muere de una sobredosis. Hace propósito de enmienda, pero el susto le dura poco tiempo. En el año 2004 se engancha a la heroína. Cuesta abajo y sin frenos desde entonces, otros heroinómanos se convierten en “su nueva familia”. Su novia, Kelly Scott, no era adicta, pero tiene una mentalidad parasitaria. «Su compromiso y su empatía hacia Cameron hacen que se enganche a las drogas. Su razonamiento es que, si comparten adicción, su lazo emocional será más fuerte», detalla uno de los informes psiquiátricos incluidos en el sumario judicial.

Michael Douglas decide que ya está bien

Se acabaron las zanahorias, a ver si la táctica del palo funciona… Deja de darle dinero. Cameron, sin oficio, que se ha mudado al lujoso hotel Gansevoort y que siempre pagaba sus drogas y las de sus amigos, opta por la salida fácil: se hace camello. Trafica desde 2006 hasta que lo trincan cuando intenta colocarle medio kilo de cristal a un informante de los federales. Cae con todo el equipo el verano pasado. Su padre le contrata excelentes abogados y Cameron declara lo arrepentido que está. Ablanda al magistrado, que ordenó un arresto domiciliario hasta el juicio, pero su novia es sorprendida cuando intenta pasarle nueve gramos de heroína escondidos en un cepillo de dientes eléctrico y se acaban los paños calientes. Todo el peso de la ley está a punto de caer sobre él.

La familia Douglas cierra filas entonces. Todos a una piden clemencia para el hijo pródigo. Es una reacción conmovedora y patéticamente tardía. Una respuesta solidaria en un grupo que nunca brilló por su espíritu gregario desde que Herschel Danielovich, el patriarca del clan y bisabuelo de Cameron, un emigrante judío de origen ruso que emigró a Nueva York, abandonó a los suyos, dejándolos en la miseria. Kirk sobrevivió vendiendo periódicos en la calle y bocadillos a los trabajadores de las fábricas. Se alistó en la Marina y luchó en la Segunda Guerra Mundial. Se casó con una actriz, Diana Dill. El matrimonio duró ocho años, hasta que Diana se hartó de los adulterios de su marido, que no se escondía. Al contrario, presumía de virilidad y nunca sintió la necesidad de pedir perdón. Era otra época…

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Las tres generaciones Douglas en la película ‘It Runs in the Family’ (Herencia de familia)

Kirk se marchó a Hollywood y durante largos años no se preocupó en absoluto por sus hijos. Michael tuvo siempre la necesidad de demostrarle a su padre que él también existía. Ganó un Oscar con 31 años, la misma edad a la que su hijo ha acabado en la cárcel, sólo para darse el gustazo de restregárselo a su progenitor. Acabaron haciendo las paces a finales de los años noventa. Y las tres generaciones Douglas protagonizaron incluso una película, It runs in the family (2003). La aparente armonía fue efímera.

“Quiero a mi hijo y no soy ciego a sus actos. Los genes son una influencia poderosa. No soy un ángel, soy un mal padre”, aseguró Michael Douglas ante el juez

El sentimiento de culpa atraviesa las cartas al tribunal y las declaraciones de los Douglas intercediendo por Cameron. Michael escribió: «Estimado juez Berman: no quiero aburrirlo con una letanía en favor de mi hijo y de su historial de rehabilitaciones desde que era adolescente. Ahora es un adulto y responsable de su propia vida. Quiero a mi hijo, pero no soy ciego ante sus actos. Sin embargo, los genes y la presión del entorno son influencias poderosas en un adicto. Yo mismo tengo alguna idea de lo difícil que es encontrar tu propia identidad cuando tienes un padre famoso. ¿Hubiera sido mejor haber estado más con Cameron? Sin lugar a dudas. Estuve ausente muchas veces. No soy ningún ángel. Asumo la culpa de ser un mal padre si eso significa trabajar como un esclavo para sostener tu carrera. Cuando mi hijo Cameron nació, yo llevaba poco tiempo como actor y tenía que viajar por todo el mundo para hacerme un nombre. Me gustaría tener otra oportunidad. No la desaprovecharía. Mis prioridades han cambiado y ahora mi familia está antes que mi profesión».

Por su parte, Kirk declaró: “amo a mi nieto”

Estoy convencido de que puede convertirse en un gran actor y espero llegar a verlo antes de morir. Su mayor pena es el daño que ha causado a otras personas. Tengo 93 años y va a ser una paliza desplazarme desde Los Ángeles a la cárcel para visitarlo, pero lo haré». Diandra, la madre, fue más cáustica: «Ser hijo de Michael y nieto de Kirk Douglas ha sido una cruz increíble para Cameron, que se sintió derrotado antes de tiempo». Incluso su madrastra, Catherine Zeta-Jones, elogió «lo buena persona que puede llegar a ser cuando está limpio». Al final, ser hijo y nieto de famosos resultó un atenuante a la hora de dictar sentencia.

¿Y Cameron? ¿Qué tiene que decir él? ¿Qué piensa cuando su padre le pide «que aguante, que sea duro» y le desea que «ojalá la cárcel le sirva para reconstruirse y empezar de nuevo»? De momento, sólo han hablado sus abogados. Se declaró culpable y está dispuesto a intentar desintoxicarse de una vez por todas. Hasta la fecha, siempre ha fracasado. Pasar el mono entre rejas es una experiencia que te endurece o te aniquila. Pero lo peor son las noches. Cerrar los ojos y acordarse de que, cuando era pequeño, su madre lo dejaba en compañía de un guardaespaldas y que su profesor de primaria, compinchado con el chófer, lo “secuestraba” todos los días un ratito para que pudiese jugar con otros niños y disfrutase así de unas migajas de la vida familiar que tanto añoraba. Michael asegura que lo mejor que le pasó a su padre fue la trombosis que estuvo a punto de matarlo hace unos años. A Kirk le cambió el carácter. Comenzó a estudiar la Torá, pensando que la enfermedad era un aviso de Dios, que intentaba castigarlo por sus culpas pasadas. Ahora se ha reconciliado con los suyos. Incluso ha abierto un blog… Cuando salga de la cárcel, Cameron tendrá 36 años; Michael, 70. Quizá no sea demasiado tarde, después de todo, para que se comporten, por primera vez, como un hijo y un padre. Y rubricar un final feliz para la maldición de los Douglas.

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