Un asesino en serie buscado por el FBI apretó el gatillo el 15 de julio de 1997 delante de testigos. Sin embargo, muchas preguntas quedaron una nueva serie de televisión ha ‘reabierto’ el caso. Por Judy Clarke

En julio de 1997, Gianni Versace era uno de los diseñadores más famosos del planeta. El italiano tenía 50 años y había revolucionado la moda. Su marca iba a salir a Bolsa y se rumoreaba que el valor de la compañía podía rondar los 1400 millones de dólares.

Ese mismo verano, Andrew Cunanan, de 27 años, estaba a punto de convertirse en la presa de una de las cacerías más sonadas del FBI. Nueve días después de asesinar a Versace, el cadáver de Cunanan apareció en una vivienda flotante en Miami Beach. Se había pegado un tiro en la boca.

Un chico con carisma

Antes de que su nombre apareciera en las portadas de medio mundo, Cunanan había recorrido todas las regiones del universo gay, desde la sordidez del inframundo y las drogas hasta los rutilantes salones de los millonarios nunca salidos del ‘armario’.

De niño era un chico guapo con un alto cociente intelectual. Sus padres -una fanática católica y un materialista también fanático-, malavenidos, contaban con que su hijo menor compensara sus frustraciones. Cunanan tenía talento. Se movía como pez en el agua en cualquier ambiente. Era el alma de todas las fiestas, pero también un narcisista mentiroso patológico. Bajo su carisma se estaba desarrollando una siniestra psicosis. Maureen Orth, autora de Vulgar favors: The assassination of Gianni Versace, la exhaustiva crónica del crimen en la que se basa ahora la miniserie de American crime story, describe a través de testimonios cómo Cunanan fue alimentando una envidia enfermiza hacia el famoso diseñador italiano que se había convertido en icono de la comunidad gay.

Asesino en serie

El 11 de mayo de 1997, Cunanan llegó a Miami después de un periplo siniestro tras el que había dejado cuatro asesinados. El primero, el 25 de abril en Minneapolis: mató a martillazos a Jeffrey Trail, uno de sus clientes sexuales. Cuatro días después mató a David Manson, un famoso arquitecto del que había sido amante. Luego, ya en Chicago, mató al empresario Lee Miglin, de 72 años, y el 9 de mayo disparó a William Reese, un vigilante a quien le robó la furgoneta con la que apareció en Miami. Para entonces, Cunanan ya figuraba en la lista de los diez fugitivos más buscados y estaba decidido a cerrar su expediente criminal con un homicidio más que le asegurara un lugar en la historia: el de Gianni Versace.

Cuando llegó a Miami, Andrew Cunanan ya había asesinado a cuatro hombres. Con tres de ellos había mantenido relaciones sexuales

En Miami, Cunanan se instaló en el Normandy Plaza Hotel, un hotel de cuarta. Al día siguiente de su llegada leyó varios artículos en la prensa que le interesaron… y mucho. Time y Newsweek hablaban de él como del sospechoso de cuatro asesinatos. Vanity Fair, por su parte, publicaba un reportaje extenso sobre Donatella Versace, la hermana de Gianni, con abundante información sobre Casa Casuarina, la espectacular villa que los hermanos tenían en South Beach, una rutilante mansión de 1800 metros y un verdadero himno al exceso pagano.

Escondido en el cuartucho del Normandy, Cunanan tan solo se aventuraba al exterior al caer la noche. «Era un buscavidas. Lo supe nada más verlo. Un chapero. Le puse en contacto con algunos hombres entrados en años, viejos con pasta. Se lo montaban en mi propio cuarto. Me saqué un dinerito con esa movida», cuenta Ronnie Holston, residente del mismo hotel en aquellos días.También le puso en contacto con un camello que le proporcionaba crack. Ronnie Holston añade: «Mucha gente no termina de entender cómo funciona el mundo gay. Es raro que alguien se vaya de la lengua o le busque problemas a otros. Aquel chaval estaba escondiéndose, cierto. Pero yo no sabía que era un asesino», le contó a la periodista Maureen Orth en 1999.

Los fallos policiales

Los hubo pese a que Cunanan no paraba de dejar pistas. El 7 de julio acudió a una casa de empeños para vender una moneda de oro que había robado a una de sus víctimas. Presentó su pasaporte auténtico, dio su dirección y firmó con su nombre. La encargada, tal y como obliga la ley, envió la documentación a la Policía de Miami, pero ningún agente reparó en aquellos papeles.

Pocos días más tarde, el camarero de un restaurante de comida rápida reconoció a Cunanan. Había visto un rostro muy parecido a él en el programa Los criminales más buscados del país. Aunque no estaba del todo seguro, llamó a comisaría. «Ya. ¿Y dónde está ese hombre en este momento?», preguntó el agente, escéptico. «Acaba de salir del local». Los efectivos tardaron mucho tiempo en llegar al restaurante. Había otras emergencias. Cunanan a esas alturas ya había desaparecido, aunque nunca salió de Miami.

El camarero no fue el único en reconocerlo. Días después, Cunanan estaba en Twist, un conocido club de Miami. Esa noche estuvo bailando con un peluquero a quien se presentó como Andy, de California. Cuando le preguntó a qué se dedicaba, Cunanan respondió con descaro: «Soy un asesino en serie». Al momento se echó a reír y dijo que en realidad trabajaba en la banca de inversión.

Carlos Vidal, un cliente habitual del Twist, también estaba allí aquella noche. Vidal había seguido el caso Cunanan en la prensa y hasta había visto su fotografía. Sin embargo, sentado a su lado, no lo reconoció. Tan solo recuerda esa sensación de que «el chico me resultaba familiar». Hablaron durante un par de minutos. Y Vidal se quedó con la mosca tras la oreja. Tanto que le comentó a otro colega de la barra: «No me extrañaría que ese tipo fuera el asesino en serie que andan buscando». Se lo repetiría antes de irse al dueño del local. Vidal agrega: «Había visto su cara en los informativos, pero, en aquel momento, la posibilidad de que fuera él me parecía increíble».

El día de autos

El martes por la mañana, Cunanan se despertó temprano. Lo mismo hizo Versace. El modisto dio un corto paseo para tomar café y comprar revistas. Emprendió el camino de regreso a su villa en torno a las 8:40. Cunanan se encontraba al otro lado de la calle, en pantalón corto, con gorra de béisbol y una pequeña mochila en el hombro. Cruzó la calzada, pasando junto a una mujer que acababa de dejar a su hija en la escuela. Haciendo caso omiso de ella, subió con rapidez por la escalera de entrada a la mansión de Versace. El diseñador estaba con la cabeza gacha, abriendo la puerta de hierro forjado. La mujer, que venía por la acera, se giró para mirar a Versace. En este momento, Mersiha Colakovic -ese es su nombre- se convirtió en testigo del asesinato.

Versace perdió la consciencia al instante. Falleció de muerte cerebral, por mucho que su corazón siguiera latiendo en la ambulancia que trasladó su cuerpo. Cunanan le había abordado por detrás, armado con una pistola semiautomática robada a la primera de sus víctimas, Jeff Trail. Apuntó al cuello de Versace. La primera bala le atravesó la base del cráneo. El segundo balazo penetró por el lado derecho del rostro y se alojó en la cabeza. Le disparó tan cerca que el cañón quedó tatuado en la piel del diseñador.

Un camarero reconoció a Cunanan por haberlo visto en la lista de los más buscados y llamó a la policía, pero no reaccionaron

La primera bala salió por el otro lado del cuello y fue a chocar contra el enrejado de la entrada. La bala estalló en pedazos y una de las partículas fue a alojarse en el ojo de una paloma. El ave murió al instante y su cuerpo fue encontrado bocarriba frente a la entrada de la mansión.

Paralizada por el horror, Colakovic lo contempló todo a menos de diez metros de distancia. Con sangre fría, Cunanan echó a andar por Ocean Drive sin prisa. Casi de inmediato, la puerta de la Casa Casuarina se abrió de golpe. Su pareja, Antonio D’Amico, fue el primero en llegar junto a Gianni. «¡No! ¡No!», gritó.

¿CASO CERRADO?

La persecución policial de Cunanan se prolongó durante una semana. Se suicidó ocho días después en una casa flotante, rodeado por la Policía, que sitió el lugar durante cuatro horas. Después de meses de pesquisas, un informe de 700 páginas, 13 vídeos, 17 cintas de audio y docenas de fotografías, ningún móvil pudo llegar a confirmarse.

Asuntos de familia
Gianni Versace, en el centro, en su casa del lago Como. A su izquierda, Donatella y su entonces marido, el modelo americano Paul Beck. A su derecha, su hermano Santo.

EL ASESINO

El atractivo de un psicópata

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Andrew Cunanan nació en una pequeña ciudad de San Diego, llamada National City. Fue el más joven de los cuatro hijos de un corredor de bolsa de origen filipino y una ama de casa de ascendencia italiana. Cuando Cunanan tenía 19 años, su padre fue acusado de malversación de fondos y huyó a Filipinas.

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Poco después, su madre descubrió que Andrew, inteligente y carismático, era gay y lo echó de casa. Cunanan se fue a San Francisco, donde se prostituyó con hombres mayores y ricos, lo que le permitió llevar un alto nivel de vida durante un tiempo.

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En abril de 1997 cometió su primer asesinato, un examante, y en julio, el último, el de Versace (arriba).

EL AMOR DE SU VIDA

Desterrado del clan… Y calladito

Antonio D’Amico fue la pareja de Versace durante 15 años y el primero en abrazar su cuerpo tras recibir los disparos. Después, los hermanos del diseñador lo obligaron a abandonar la empresa familiar. «Me trataron de borrar de todos los modos posibles. Todo lo que vino después fue una sorpresa amarga», confesó entonces.

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Ahora ha vuelto a hablar para expresar su disconformidad con la serie, en la que su papel es interpretado por Ricky Martin. Discreto, cuando se le pregunta por los rumores de una posible vinculación del crimen con la mafia (se habló, sin probarse, de unos supuestos documentos que revelarían cómo Versace utilizaba sus tiendas para blanquear dinero del crimen organizado), D’Amico nunca ha querido hacer comentarios. Pero de forma enigmática dice: «He tenido siempre mi teoría, pero, como no hay pruebas, no puedo decir lo que realmente pienso».

LA HERMANA

La verdadera heredera es su sobrina

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Antes del asesinato de Gianni Versace, sus hermanos Donatella y Santo tenían trabajos secundarios en su empresa. Después se hicieron con el control. Donatella es la cara pública y diseñadora y Santo lleva las finanzas. Con todo, la accionista mayoritaria de Versace es Allegra, la hija mayor (ahora, de 32 años) de Donatella y su exmarido, el modelo Paul Beck, con quien tiene otro hijo. Gianni dejó la mayor parte de su herencia a su sobrina, entonces una niña, para sorpresa de todos.

Allegra, que pronto tuvo problemas de anemia y depresión, se apartó hace años del ojo público; no aparece en las redes sociales y apenas en eventos. Estudió Historia, trabajó con algún discreto diseñador y sus únicos comentarios han sido para expresar su deseo de vivir en el anonimato.

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La serie lo ha respetado y no aparecerá en la ficción. Sí lo hace su madre, a quien interpreta Penélope Cruz. Los Versace han expresado su radical oposición a la serie.

Donatella Versace: 'He vivido un infierno'

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