Los paniaguados de la hechicería

Se ha escrito mucho sobre Inside job, el documental de Charles Ferguson que desenmascara el conciliábulo político-financiero que propició la crisis económica. Inside job es, desde luego, demoledora en su exposición de la hechicería económica que nos hizo creer que el dinero se reproducía por generación espontánea; y también en la catalogación de los tipejos que obraron el falso prodigio, una panda de puteros sin escrúpulos que inflaron la burbuja del dinero imaginario, ante la pasividad cómplice de los gobiernos, mientras se llenaban los bolsillos vampirizando la economía real. El colofón de la película, en la que se nos desvela que esta gentuza sigue ocupando los puestos más encumbrados en la Administración Obama, resulta desolador, pues nos permite comprender que las sucesivas ´operaciones de salvamento´ de la economía mundial que hasta ahora se han intentado (y lo que te rondaré, morena) no han sido sino aspavientos que tratan de apuntalar -a la desesperada- el tinglado de la farsa, utilizando para ello el mismo procedimiento que antes habían empleado para levantarlo sobre cimientos de humo; esto es, detrayendo recursos de la economía real con los que se rellena el agujero negrísimo y sin fondo de la economía financiera.

La impresión que uno se lleva, después de ver la película, es que los que perpetraron el desaguisado son los mismos que ahora se disponen a remediarlo, haciendo sangrar todavía más la herida que abrieron; con la única diferencia de que, si para abrir la herida contaron con la remolonería culposa de los Estados, ahora cuentan con su contribución dolosa, pues los Estados -que inflaron su deuda hasta extremos cetáceos, en volandas de la burbuja financiera- necesitan ahora, para evitar su quiebra, convertirse en expoliadores implacables al servicio de la plutocracia internacional. Los expoliados, por supuesto, somos los pringadillos que todavía nos desenvolvemos en la economía real (asalariados, autónomos, pequeños empresarios, jubilatas, parados y demás ralea), a quienes nos despiden como quien se rasca las pulgas (a esto lo llaman ´flexibilidad laboral´), nos fríen a impuestos (a esto lo llaman ´ajuste fiscal`), nos saquean los ahorros, nos adelgazan los sueldos, nos ´congelan` las pensiones y en breve nos obligarán al ´co-pago` sanitario y educativo (que en realidad debería llamarse ´bi-pago`, pues se trata de que paguemos dos veces por la prestación del mismo servicio, la primera por vía impositiva y la segunda mediante factura ejecutable). Aquí podría decirse que ´en el pecado llevamos la penitencia`, pues en honor a la verdad también los pringadillos de la economía real nos dejamos en su día subyugar por las hechicerías de la plutocracia; solo que se trata de una penitencia desmesurada, en la que no nos limitamos a purgar nuestra parte alícuota (y diminuta) de culpa, sino que nos toca apechugar con la culpa mastodóntica de quienes perpetraron el desaguisado, que -si Dios no lo remedia- saldrán de esta crisis más reforzados y pujantes. Porque lo que venga después de esta era que ahora naufraga será otra era aún más abominable e inhumana, en que la plutocracia (bancos, empresas transnacionales, grandes corporaciones) acabará por engullirse los jirones de la economía real todavía supervivientes, formando una amalgama de poder inexpugnable.

Entretanto, y mientras se completa el advenimiento de esta nueva era, ¿qué hacen los ´expertos` en economía? Toda hechicería requiere, para que el tinglado de la farsa se mantenga en pie, de una casta de medioletrados (disfrazados con la toga y el birrete de los auténticos letrados) que garanticen el trampantojo, apoyados en una jerga rimbombante que obnubila el sentido común de la multitud esclavizada. Uno de los pasajes más sobrecogedores de Inside job es, precisamente, el dedicado a estos medioletrados fantoches, ´analistas` y profesores de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, en realidad una patulea de paniaguados al servicio de la hechicería, alimentados con las migajas de su banquete, que convertidos en lo que hoy llamamos ´gurús` de la ciencia económica, mienten a sabiendas para mantener en pie el tinglado de la farsa, que escriben en periódicos y pontifican en tribunas mediáticas, dispuestos a seguir defendiendo la hechicería con uñas y dientes, como impávidos lacayos, mientras los pringadillos nos quedamos mondos y lirondos. Saben bien que mantener en pie la hechicería es un suicidio colectivo; pero saben también que, si la hechicería se derrumbase, ellos serían los primeros que morirían aplastados entre sus escombros.