Atrapados sin salida

De vez en cuando trepan a los titulares de prensa noticias como nubarrones de zozobra que son la expresión del dilema irresoluble en que se hallan las sociedades occidentales, empujadas hacia un callejón sin salida. Son noticias que avizoran catástrofes sin cuento, fruto del desarrollo tecnológico o del crecimiento económico que antes nos auparon; y ante las cuales nos quedamos petrificados, incapaces de reacción, o conscientes de que cualquier reacción es inútil ya, porque el veneno que nos mata es al mismo tiempo la medicina que garantiza nuestra supervivencia, porque dar marcha atrás resulta ya imposible, o tan arduo que ni siquiera podemos concebir (mucho menos afrontar) las consecuencias insoportables de la renuncia. Sabemos que estamos atrapados y sin salida; y que todo esfuerzo de rectificación demandaría de nosotros sacrificios ímprobos, impronunciables, sobrehumanos. Somos rehenes del mal que hemos creado, pensando que redundaría en nuestro beneficio; y descubrirlo nos paraliza, o en el mejor de los casos nos incita a un pataleo estéril, consciente de su inutilidad. Entonces la noticia que había trepado a los titulares de prensa hace mutis por el foro, cabizbaja y de puntillas, dejándonos con una suerte de zozobra o impresión de acabamiento; pero nada hacemos -nada podemos hacer- por exorcizarla.

De vez en cuando, aflora el debate sobre las ventajas e inconvenientes de la energía nuclear. Pero la triste realidad es que ya no podemos sobrevivir sin ella. nuestra forma de vida demanda una producción energética creciente; y retornar a un estadio de privaciones en el que la energía nuclear resulte superflua o prescindible se nos antoja intolerable. Al mismo tiempo, sabemos que tampoco podremos sobrevivir con ella. tarde o temprano, por mucho que nos afanemos en construir centrales nucleares con sistemas de seguridad a prueba de terremotos como el de Japón, sobrevendrá un terremoto que deje chiquito el de Japón; y, aun suponiendo que llegáramos a construir centrales nucleares capaces de resistir cualquier catástrofe natural, nunca podríamos impedir que un gobernante o un terrorista desquiciados la empleasen con fines destructivos. Somos rehenes de la energía nuclear; y aunque decidamos no construir centrales nucleares, o desmantelar las que tenemos, sabemos que será a costa de importar la energía nuclear que se genere en los arrabales del atlas (donde las medidas de seguridad sean tal vez menores que las nuestras), aumentando nuestra debilidad. Todo intento de resolver este dilema irresoluble es un pataleo estéril. porque el veneno que nos mata es al mismo tiempo la medicina que garantiza nuestra supervivencia. O siquiera la supervivencia de una forma de vida que, íntimamente, sabemos injusta y depredadora; pero a la que ya no estamos dispuestos a renunciar aunque, por no sacrificarla, ella acabe sacrificándonos a nosotros.

Hace unas semanas, trepaba a los titulares de prensa otra de esas noticias que nos plantean un dilema irresoluble. el uso de teléfonos móviles podría ser cancerígeno. No es la primera vez que se formula esta hipótesis científica, todavía no demostrada plenamente pero cada vez más plausible; y a nadie se le escapa que el cáncer se está convirtiendo en una plaga creciente, cuya progresión devastadora está vinculada con nuestra forma de vida. Pero quienes hemos adoptado esa forma de vida ya no podríamos prescindir de nuestros teléfonos móviles; y quienes nos han incitado a adoptarla no estarían dispuestos a dejar de fabricarlos. De modo que la noticia hace mutis por el foro, antes de que el dilema irresoluble nos conduzca a pasadizos de angustia; lo mismo ha ocurrido con otra noticia que trepaba a los titulares de prensa hace apenas unos días. Bill Gross, el mayor gestor de fondos del mundo, afirmaba que Estados Unidos se halla en peor situación financiera que Grecia, que es tanto como decir que estamos al borde de una bancarrota mundial. Pero que Grecia esté arruinada nos consuela, aunque sea el consuelo amargo de aquel sabio de Calderón que, obligado a alimentarse de las hierbas que recogía del campo, comprobaba que otro sabio se alimentaba de las hierbas que él desdeñaba; que Estados Unidos esté arruinado significa que se han acabado las hierbas (y no digamos los brotes verdes), que nuestra forma de vida ha dejado de ser viable. Y entonces sólo nos resta, como a los personajes del poema de Kavafis, aguardar estólidamente la llegada de los bárbaros , el desenlace fatídico y estragador.