‘Juego de tronos’

En torno a esta serie televisiva ha florecido un fenómeno fan difícilmente explicable; o solo explicable por los efectos sugestivos (y gregarios) que sobre la conciencia humana tiene la propaganda. Porque lo más llamativamente característico de Juego de tronos es que no se entiende.

No pretendo decir que su meollo sea esotérico, al estilo de una narración surrealista o hermética; tampoco que la acumulación de episodios sea tan profusa y el alambicamiento de sus hilos argumentales tan retorcido que se haga imposible su seguimiento; mucho menos que la interferencia de elementos estilísticos inusitados haga más enrevesada su trama. Por el contrario, Juego de tronos narra una historia perfectamente inteligible. en puridad, una lucha descarnada por el poder entre familias rivales, en medio de la cual no faltan los consabidos elementos mesiánicos -imitación piojosa de Tolkien-, encarnados en una chica que peregrina acompañada de unos dragones. Aunque se suceden las acciones paralelas y los personajes entran y salen de escena con asiduidad, lo cierto es que la alternancia de acciones y personajes resulta en Juego de tronos mucho menos desconcertante que en otras obras de naturaleza coral; y, ademas, estilísticamente la serie es de un convencionalismo esteticista que no añade complejidad alguna a la narración (más bien al contrario, ayuda a distinguir las diversas acciones por el tratamiento de la luz y por el uso preestablecido de determinados recursos del paisaje). Y, sin embargo, Juego de tronos no se entiende.

Para comprobarlo, no hace falta sino visitar alguno de los tropecientos foros de seguidores de la serie que han aflorado en Internet. En todos hallamos enseguida ese clima de confusionismo espeso, desorientación o aturdimiento propio de las resacas etílicas; clima que siempre trata de disipar el más listo del foro, al que se le nota que para llegar a orientarse en medio del embrollo ha tenido que hacer horas extras. Por supuesto, en tales foros nunca se explica cuál es la razón por la que Juego de tronos no se entiende; como en la fábula del rey desnudo, todos juegan a eludir el hecho esencial (temerosos tal vez de que se les tome por lerdos) y tratan de disimular su aturullamiento alegando que se les escapó tal o cual detallito, tal o cual episodio afluente, tal o cual conversación tangencial, con la esperanza de que la respuesta que les brinde el listo del foro ponga un poco de luz en las enmadejadas tinieblas de la serie.

Que la gente finja que Juego de tronos se entiende en realidad carece de misterio (es un fenómeno de sugestión colectiva, y no hace falta sino leer la mencionada fábula del rey desnudo para entenderlo); en cambio, resulta mucho más misterioso e intrigante averiguar por qué no se entiende. Después de chuparme las tres temporadas de la serie he llegado a la conclusión de que no se entiende porque lo que en ella se cuenta es poco distintivo, porque la historia es mazorral (aunque esté muy vistosamente engalanada), porque las tramas no hacen sino repetir (con leves e ineptas variantes) el mismo esquema, porque los personajes son clónicos, todos ellos animados por las mismas y archisabidas pasiones. Cuando uno lee obras corales con multitud de tramas paralelas (pensemos, por ejemplo, en Manhattan Transfer o La colmena, por poner dos ejemplos canónicos) puede llegar a enredarse con los nombres de los personajes; pero lo que a cada uno de esos personajes acontece es tan personal e intransferible que enseguida ese extravío inicial queda subsanado. En Juego de tronos sucede exactamente lo contrario. los personajes resultan casi siempre reconocibles (esta identificación la facilita, además, que estén encarnados por actores de rasgos muy pintorescos), pero lo que les sucede es intercambiable y perfectamente previsible; todos ellos se desenvuelven -como artífices o como víctimas- en la misma atmósfera moral (o amoral, si se prefiere), salvo la chica de los dragones, y su conducta acaba siendo la que tal atmósfera fatalista -invariable, aburridamente perversa- demanda; de tal modo que su perversidad se hace tediosa, rutinaria, burocrática, tragando a los personajes en un engrudo o argamasa indiscernible. En cierto modo, con Juego de tronos ocurre lo mismo que con las películas porno. todo resulta monótono, mazorral, íntimamente tedioso (aunque se disfrace con plumas de pavo real), como trazado con plantilla y obediente a resortes maquinales; y sus personajes no son sino un paisaje monótono que se despliega ante nuestra mirada como un campo de alfalfa. Y en los campos de alfalfa la mirada siempre se extravía, como le ocurre a nuestra atención en Juego de tronos.