Sexo, sexo, séptimo

PEQUEÑAS INFAMIAS

Escribo estas líneas abanicándome (odio el aire acondicionado) porque estamos a cuarenta grados y subiendo. Se ha hecho esperar, pero aquí está el verano en todo su esplendor con sus helados y sus gazpachos, sus camisetas de tirantes y sus chanclas, sus amores eternos o sus aquí te pillo aquí te mato. Cualquiera de los temas antes esbozados -gastronomía, modas y horteradas, y, por fin, amor y sexo- da para un artículo, pero creo que voy a quedarme con el último, poniendo especial énfasis en el apartado ‘sexo’.

Yo, que pertenezco a la generación que hizo la llamada ‘revolución sexual’, esa que quemó sostenes en la vía pública y coreó “haz el amor y no la guerra”, veo con especial interés cómo estas cuatro letras han ido cambiando de significado a lo largo de los años. De ser sinónimo de tabú en los cincuenta pasó a ser bandera en los sesenta; luego en los ochenta se convirtió en oscura sombra con la aparición del sida para, una vez conjurada la amenaza, hacerse omnipresente. Tanto que, con la llegada del nuevo siglo, bien puede decirse que la palabra ha permeado todas las esferas de nuestras vidas. No solo nuestros comportamientos íntimos, donde es lógico y saludable que reine, sino que está hasta en la sopa. ¿Es realmente necesario fingir un orgasmo para vender una marca de chocolate? ¿Es posible que un artista venda más cuadros por recurrir a la procacidad como si estuviéramos aún en el pacato siglo XIX? ¿Se protesta más eficazmente contra las injusticias manifestándose en bolas? ¿Se es más solidario y enrollado si posa uno desnudo “por una buena causa”? Ahora todos, desde los niños hasta los viejos, quieren ser sexis, es casi una obligación, un ineluctable destino del que nadie se libra, incluidos los mayores de sesenta o setenta años, algo que, aparte de ser patético, es -y lo digo por experiencia- tremenda trabajera.

Con tanto sexo por todas partes lo único que se consigue es banalizarlo. Si está hasta en la sopa, difícilmente estará donde más placer produce

Los que llevamos a cabo la gran revolución del siglo XX, que no fue la bolchevique sino la de la píldora, pensábamos entonces que, despojando el sexo de tabúes y tontos prejuicios lograríamos, después de un primer momento de escandalera y provocación, hacer normal aquello que es lo más natural del mundo. Sin embargo, visto con la perspectiva que dan los años, me parece a mí que se nos fue la mano. Al fin y al cabo, el sexo es una parte de la vida, muy agradable, qué duda cabe, pero no la vida entera. Dicho de otro modo, una cosa es que sea lo más normal y natural del mundo y otra muy distinta que lo vampirice todo. Alguien más puritano que yo bien podría decir que con tanta sobredosis de sexo por todas partes lo único que se consigue es banalizarlo.

Para mí, en cambio, el problema no es tanto que a fuerza de banalizarlo se consiga que se abarate hasta convertirlo en algo mucho más parecido a la gimnasia que al amor (aunque algo de eso hay). El problema es que si el sexo está hasta en la sopa, difícilmente estará donde más placer produce. En el lugar, por cierto, en el que más frutos ha dado hecho arte, música, poesía. A saber, en el anhelo y en la anticipación, en el deseo y en ese bendito desasosiego que consigue convertir el sexo en séptimo cielo. Nada nuevo bajo el sol. Todo esto ya lo sabían los clásicos que, después de retratar al hombre y la mujer en lo que ellos llamaban su más gloriosa desnudez, cuando se trataba de representar el amor erótico lo hacían envolviéndolo en tenue velo que cubría y desvelaba a la vez. Por lo visto ahora somos tan modernos que pensamos que lo del velo era una chuminada y que es más sexi pasearse en bolas. No se crean, a veces yo misma me he visto planteándome la disyuntiva. Pero siempre ha sido en invierno, la verdad. Con el frío uno lo ve todo con los ojos de la imaginación e idealiza muchas cosas. En verano, en cambio, para comprobar la conveniencia del velo con el que los clásicos adornaban a Eros, basta con pasearse por una playa nudista. Vaya bodies que ve uno. Antídoto contra la lujuria, oiga.