‘Noir’

Hace algunas semanas, leí en la revista Jot Down una entrevista de Ángeles González-Sinde en la que José Luis Garci anunciaba que nunca más volvería a hacer cine, que ya no le quedaban fuerzas para peregrinar por los despachos, en busca de financiación. Garci añadía que lo decía con nostalgia jubilosa (que es la nota distintiva de su cine, según su amigo y maestro Manuel Alcántara); y, a continuación, deslizaba que estaba dedicándose más a escribir. La impresión que me causaron aquellas palabras fue agridulce. desazón y desconsuelo, por un lado; por otro, una suerte de satisfacción vergonzante, pues siempre me pareció que Garci era, antes que ninguna otra cosa, escritor, un escritor aplastado o siquiera relegado por el cineasta, que tarde o temprano tendría que realizar plenamente su vocación. Con esto no quiero decir -sería una frivolidad- que Garci sea mejor escritor que cineasta; pero sí que su vocación creativa original es literaria, aunque haya encontrado una forma de expresión cinematográfica. Para descubrir que Garci es escritor de ley, y no tan solo un cineasta diletante de la pluma, no hace falta sino leer una página suya, elegida a voleo. enseguida descubrimos en su escritura la vibración poética, el estilo intransferible, el instinto del verdadero escritor, esas décimas de fiebre que distinguen la literatura de la redacción. una forma de acariciar o abofetear las palabras que no se aprende en ninguna parte.

Garci acaba de publicar Noir (Notorious Ediciones), una visión panorámica del cine negro americano, escrita de un modo gozosamente silvestre, nada académico, que puede desconcertar al lector asiduo de tratados de cinematografía. En algún pasaje de su delicioso libro, Garci nos advierte que cuando escribe no se levanta para consultar tal o cual dato (de asomarse a Google ya ni hablamos); y esta confidencia nos sirve para entender la textura incomparable de su escritura, que es a la vez grácil y torrencial, llena de digresiones y desvíos inesperados, pero sostenida siempre en volandas por un alborozo en el que tienen cabida las erudiciones más fulgurantes y pasmosas, los retazos autobiográficos (Garci siempre mete mucha vida propia en sus libros, que en cierto modo pueden leerse como entregas anticipadas de sus memorias), los juicios más meditados y clarividentes pero también los más arbitrarios (y no por ello menos clarividentes), todo ello batido hasta alcanzar el punto de nieve. En Noir, Garci despliega varias maniobras de aproximación a su género cinematográfico favorito. prueba primero, a modo de introducción, a establecer las coordenadas del género; luego nos narra su experiencia como cultivador del film noir en El crack; también nos ofrece una zambullida en su película negra predilecta (Perdición, de Billy Wilder); y nos regala dos relatos sorprendentes, que en su día fueron embrión de sendos proyectos cinematográficos desechados.

Así hasta llegar a un ‘Abecedario Noir’ en el que el autor pasa revista a los directores que han cultivado el género (con algunas ausencias muy elocuentes, entre las que habría que destacar la de los hermanos Cohen). El elenco, seguramente incompleto, resulta apabullante; pero apabulla, sobre todo, porque está pletórico de vida, restallante de intuiciones, de tal modo que hasta los títulos más polvorientos y oscuros cobran de súbito, invocados por la escritura jovial y melancólica de Garci, una prestancia y un lustre nuevos. Por supuesto, como les ocurre a todos los verdaderos escritores, Garci no nos habla en Noir únicamente de cine negro, sino que más bien emplea su afición desmedida al cine negro para hablarnos de todo lo que ama y conoce, sobre todo de las mujeres, a las que ama y conoce sobremanera (aunque confiese que conocerlas es tarea quimérica). las mujeres del celuloide (me conmueve su predilección por Barbara Stanwyck, que comparto) y las mujeres de su vida se funden en una íntima amalgama, vivificadas todas ellas por el recuerdo, por ese talento único que tiene Garci para la evocación, siempre temblorosa y siempre febril, como en un estado de exaltación desvelada.

Noir es un festín inagotable, algo así como el libro de arena en el que a todo cinéfilo enamorado de la vida y no excesivamente gafap(l)asta le gustaría extraviarse y quedarse a vivir; pero es, sobre todo, el libro de un escritor de raza que se ha tirado demasiados años reprimiendo o relegando su vocación y ahora quiere escribir, escribirse, escribirnos, hasta vaciarse por completo. Auguro que ese vaciamiento nos hará muy felices en los próximos años.