Virtudes presumidas

Durante siglos, la práctica de las virtudes estuvo sanamente regida por una regla de discreción. Y era esta práctica pudorosa, callada, sin alharacas ni estrépitos, de las virtudes privadas lo que permitía que luego resplandeciesen las virtudes públicas, que al fin y a la postre se alimentan siempre con la abnegación secreta de muchos virtuosos de incógnito que, siéndolo, logran contagiar el clima de su época. Es imposible hallar, a lo largo de la historia, una tradición religiosa o moral que no condene el exhibicionismo impúdico de las virtudes. En la tradición cristiana, tal condena adquiere formulaciones muy precisas y tajantes en el Sermón de la Montaña. Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean ; Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha ; Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas para ser vistos de los hombres , etcétera, etcétera. Podría decirse que toda la predicación de Jesús es un combate sin tregua contra la ostentación de las virtudes (que, cuando se ostentan, dejan de ser tales) y contra aquellos que han hecho de su ostentación un modus vivendi (recuérdese su vitriólica filípica contra los fariseos).

Pero, como digo, la condena de lo que podríamos llamar ‘virtudes presumidas’ está en todas las tradiciones religiosas y morales, por la sencilla razón de que no puede haber vida auténticamente moral cuando en nuestras buenas obras hay ‘representación’, mucho menos cuando hay búsqueda de recompensa mundana. Pero, misteriosamente, tal ostentación de virtudes se ha convertido en nuestra época en moneda de uso corriente; y, lo más estremecedor de todo, es que tal ostentación no es condenada ni tachada de farisaica, sino por el contrario encumbrada y aplaudida, prueba inequívoca de que vivimos en una época muy encarnizadamente inmoral. Así, por ejemplo, es habitual que los ‘famosos’ realicen lo que antaño llamaríamos ‘obras de misericordia’ (y hoy ‘acciones solidarias’), como por ejemplo visitar a los enfermos de un hospital, después de haber avisado a los medios de comunicación de su presencia en aquel lugar. También es frecuente que sepamos que tal o cual celebridad ha hecho tal o cual donación a tal o cual institución benéfica; y hasta es probable que lleguemos a conocer el monto de tal donación, que por supuesto resultará exorbitante a los ojos de la gente llana, pero ínfimo comparado con el patrimonio que maneja la celebridad de marras. En una sociedad sana, tal ostentación de virtudes provocaría el inmediato desprestigio de tales personajillos infectos; pero, en una sociedad depravada como la nuestra, tales comportamientos son presentados como ‘ejemplares’, de tal modo que llegan a convertirse en conductas ‘programadas’ en la agenda de ídolos de masas y gobernantes. Por supuesto, la ‘ejemplaridad’ de tales exhibiciones de virtud impostada es igualmente falsorra; y aunque, por instinto ‘imitativo’, provoquen en cierta gente prácticas muy epidérmicamente solidarias, terminan ejerciendo un efecto nefasto sobre la moralidad de las sociedades, que de este modo conciben la práctica de las virtudes de un modo cínicamente aspaventero, puramente ‘gestual’.

En medio de esta apoteosis de ‘virtudes presumidas’, ninguna tan nauseabunda como la afectación de humildad. Tal vez no haya virtud tan hermosa como la humildad; puede decirse, incluso, que la humildad es manantial del que manan el resto de las virtudes, pues el primer rasgo de la persona virtuosa es rehuir la alabanza y echar a barato el aplauso del mundo. Pero esto vale para la humildad sincera; la afectación de humildad, como bien advirtiera Galdós, es máscara de un desmedido orgullo . La humildad siempre se halla en difícil equilibrio sobre una cuerda floja que cruza la honda sima donde todo fariseísmo anida; y, desde el momento en que se exhibe y pavonea, ya podemos decir sin temor a equivocarnos que se ha convertido en fariseísmo. La exhibición de humildad es, en realidad, expresión retorcida de una soberbia oculta que, sabiendo bien que su aspecto es repulsivo, tiende a ocultar su rostro y disfrazarse para presentarse, muy taimadamente travestida, de humildad franciscana.

Por supuesto, también la humildad afectada, reina de todas las virtudes presumidas, ha sido encumbrada en nuestra época. Basta que cualquier gerifalte se desempeñe con llaneza estomagante y adopte gestos de sencillez aspaventera para que provoque el arrobo de nuestros contemporáneos; a mí, tales exhibiciones de humildad solo me provocan -antiguo que es uno- la náusea.