Dinero virtual

Durante siglos, el dinero fue un mero instrumento de comercio que representaba bienes ciertos. Pero hubo un momento en que pasó a ser un medio de creación de riqueza . Sobre esta ficción se fundó el primer banco moderno. el rey Guillermo III de Inglaterra necesitaba un millón de libras esterlinas, que pidió prestadas a un banquero de Fráncfort llamado Rothschild; el rey recibió esta cantidad en oro y, a cambio, Rothschild autorización para emitir billetes que representaban la cantidad prestada. De este modo, el rey Guillermo tenía un millón, que podía gastar; y al banquero se le permitió prestar otro millón, con la garantía de que estaba respaldado por el rey. El dinero se había multiplicado por dos, pero no así los bienes que el dinero representaba. Posteriormente, este método de multiplicación virtual del dinero sobre el que se funda la expansión del crédito bancario hallaría su expresión más pavorosa mediante el llamado ‘sistema de reserva fraccionaria’. usted deposita diez euros en una cuenta bancaria, nueve de los cuales son empleados por el banco para conceder un préstamo a tal o cual empresa, que con ellos paga dividendos a sus accionistas, quienes a su vez los depositan en otra cuenta bancaria cuyos fondos el banco vuelve a emplear para conceder otro préstamo, y así ad infinítum. A la postre, se habrán prestado cien o mil euros, a partir de los diez euros primeros que usted depositó en el banco. Pero el dinero no se ha multiplicado milagrosamente; y, llegada la hora de satisfacer las deudas que en ese proceso se han originado, no quedará otro remedio sino rapiñar los diez euros primeros que usted depositó.

Esta creación de dinero virtual, permitida y orquestada por los bancos centrales, da lugar en un principio a etapas de desbocado crecimiento económico que, sin embargo, acaban desembocando en recurrentes depresiones, cuando los mercados descubren que el verdadero valor de los préstamos concedidos por el sistema bancario es en realidad mucho menor del que se pensaba. Esto es lo que hoy sucede. la expansión del crédito ha conducido a los bancos a la quiebra real, que no se traduce en un absoluto colapso del sistema financiero y monetario porque el prestamista de última instancia (es decir, los bancos centrales) mantiene la ficción. Y tal ficción solo puede mantenerse mientras los Estados se comprometan a pagar su deuda; esto convierte, inexorablemente, a los bancos en compradores de las abultadísimas deudas públicas de los Estados, lo que tiene ciertas ventajas para el sistema bancario, pues le permite financiarse a tipos de interés bajos; pero al mismo tiempo expulsa del crédito bancario a particulares y empresas, lo que produce un estancamiento progresivo de la actividad económica. Entretanto, la creación de dinero virtual ha dado lugar a procesos de quita en países como Chipre, donde los ahorradores han visto mermados sus depósitos; y no parece del todo claro si tal proceso no se repetirá en otros países, como España.

Los creadores de dinero virtual, que mientras disfrutaron de beneficios los privatizaron rápidamente por la vía de los dividendos, ahora que padecen pérdidas las socializan a través de políticas fiscales depredadoras y del desmantelamiento del mercado laboral. La propaganda oficial ha logrado, sin embargo, que interioricemos que las calamidades, cuando son compartidas, se convierten, como por arte de magia, en remedios benéficos (ya se sabe. mal de muchos, consuelo de tontos); y ha logrado también que aceptemos que una crisis provocada por la expansión artificial del crédito se tenga que remediar mediante el saqueo de la economía real, como los sacerdotes de Baal y Moloch presentaban el sacrificio de víctimas inocentes como antídoto contra la cólera de aquellos dioses bárbaros. Para que una engañifa de esta magnitud triunfe se requiere que la gente se la trague, como ocurría en la fábula del rey desnudo, en la que, junto a los sastres timadores, había un pueblo sometido que ensalzaba la vestimenta del monarca, mientras se paseaba en cueros por las calles. Y para conseguir que la gente comulgue con la engañifa ha hecho falta destruirla primero, ha hecho falta que se marchitara su amor por las cosas ciertas de la vida, que renunciara al esfuerzo, que abominara de las virtudes heredadas de sus antepasados, que se desvinculara de su familia y de su comunidad. Y así, una sociedad destruida en sus vínculos más elementales, se convirtió en fácil presa de la avaricia; y, cuando la avaricia la condujo al despeñadero, aceptó sumisamente que quienes la habían arrastrado hasta allí se repartieran sus despojos. En el pecado llevamos la penitencia.