Abierto en domingo

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Salí a andar un domingo por la tarde sin rumbo fijo, huyendo del ordenador y el documento abierto que me acechaban expectantes, sin que yo pudiera escribir más que un título que cambiaba cada cinco minutos. Un paseo, un café, el aire fresco de las siete de la tarde, esa oscuridad amarilla de las grandes ciudades después de cambiar la hora en otoño, todo eso me esperaba ahí fuera, junto con la vaga tristeza melancólica de los domingos por la tarde en cualquier época del año y de la vida, sobre la que ya he escrito en anteriores ocasiones.

Empecé a andar, no sin antes mirar con envidia a los que se esforzaban en el gimnasio vecino, único lugar abierto en toda la calle. Deseé una vez más ser uno de ellos, enfundarme leggings y zapatillas con orgullo, bailar zumba o bachata, correr con furia encima de una máquina, pedalear viendo las noticias de la tarde, escalar hacia la nada… sabiendo en mi fuero interno que, tras varios intentos fracasados, nunca más iba a engrosar las arcas de un gimnasio, con cuotas pagadas y jamás utilizadas: hay momentos en la vida en que uno debe asimilar que hay cosas que no va a hacer, y practicar surf e ir al gimnasio son dos de ellas. Sólo me apena la primera. En la calle reina una calma chicha extrema que se agradece: parece que esta tarde no están previstas ni una concentración ni una cacerolada ni una manifestación ni una cabalgata ni tan siquiera una fiesta popular. El suelo está lleno de hojas de plátano, aunque el clima es increíblemente suave para noviembre: los escaparates están llenos de bufandas y abrigos y botas sin vender mientras en la calle hay hombres todavía con pantalón corto y mujeres que pasean sin chaqueta. A los comerciantes les cuesta mucho aceptar que el cambio climático ha cambiado los patrones del consumidor y que la gente estira la ropa del verano hasta el mismo diciembre. Se inventan conceptos extraños como las ventas de mid season cuando el problema es que las bufandas y los jerséis cada vez tienen un tiempo de utilización más limitado.

Sigo caminando y me cruzo con parejas con niños; algunos, alegres y sonrientes. Otros, con la desesperación marcada en la cara. Siempre pienso en qué esquivo algoritmo hace que unas personas sean más o menos felices y otras, profundamente desgraciadas. ¿Dónde está el secreto? ¿Dónde la clave? No tengo respuesta y acabo siempre pensando que la belleza y la felicidad son siempre terriblemente injustas. Lo cual, lo sé, no es ningún consuelo para nadie.

Perdida entre estos negros pensamientos, llego al único local con luz de una calle que no suelo frecuentar. Es una peluquería y veo que dentro hay actividad. Sin pensármelo, entro. Me reciben con una sonrisa, me preguntan qué deseo. «Lavar y peinar». «Eso está hecho».

«Qué bien que estéis abiertos en domingo», digo. «Es que peluquerías hay muchas y pensamos en hacer algo que nos diferenciara y, además ¡yo me aburro los domingos!»

«Sabia decisión», atino a decir. Mientras me masajean la cabeza, noto que las ideas melancólicas dominicales me abandonan. No sé cómo será la semana que me espera, pero al menos la empezaré bien peinada.