Lacónicos

Reinos de humo

Con el cerdo, la cosa siempre va bien en la cocina, así tengamos pernil, rabito, pata o careta. En un desvarío mental, me he dado cuenta de que con la palabra ‘lacónico’, que se me asocia sola al porcino, ocurre tres cuartos de lo mismo. Aunque le busquemos las vueltas, siempre sale airosa. La primera acepción es la de breve y conciso. Decir poco y hacer mucho nos vendría muy bien a esta sociedad que le da más importancia a contar que a inventar. Hay bastante cocinero ‘parraplas’ por ahí al que le sobra plató y le falta fogón. Si revisamos el origen etimológico de ‘lacónico’, descubriremos que es el gentilicio de los originarios de Laconia y que, aunque suena a divertido sobrenombre para Galicia, es en realidad una región del Peloponeso. Los lacónicos antiguos estaban educados como espartanos para hablar poco y matar mucho. Un general enemigo que los tenía sitiados, cuenta la historia, les mandó un terrible mensaje: «Si gano la guerra, seréis esclavos para siempre». El comandante de Laconia le respondió con un escueto: «Si ganas». Una respuesta que tampoco nos hubiera extrañado de un gallego. Puestos a dejarnos llevar por los recovecos de la fantasía, a mí me gusta imaginar que el laconismo es toda una escuela filosófica griega que defiende el amor al cerdo, que lo mismo nos provee de válvulas para nuestros cansados corazones que de chorizos. En el mundo de los amantes del chancho se valora sobre todo a la secta de los jamónicos, que son algo así como la aristocracia, pero yo creo que hay que trabajar por el pueblo y la democracia que los griegos nos legaron. Que está muy bien el patanegrismo, pero que no hay que discriminar a los blancos, que está feo porque también son hijos de Dios.