Desfiguradores

Animales de compañía

Me desconcertó y perturbó el mensaje de voz que un amigo me dejó en el teléfono: «Sabes que te aprecio mucho. Pero me ha dejado perplejo que te solidarices con un tuitero troll que durante años se ha dedicado a hacer lo que tú más odias». No entendí lo que mi amigo me reprochaba; así que imaginé que habría marcado mi número por equivocación y su mensaje iba dirigido a otra persona. Pero cuando abrí mi correo electrónico me topé con otro par de envíos que me reprochaban que hubiese salido en defensa de un tuitero emboscado detrás del seudónimo ‘Pastrana’, cuya identidad acababa de ser desvelada. Jamás había oído hablar de aquel tal ‘Pastrana’, ni de la persona que se ocultaba detrás, pues abomino de las redes sociales y mucho más de quienes, emboscados en el anonimato, las utilizan para alimentar la demogresca. En esta misma revista, he escrito reiteradamente sobre estas cuestiones.

Descubrí, sin embargo, que en Twitter existía una cuenta, supuestamente dedicada a divulgar mi obra, cuyo titular (también emboscado en el anonimato) se había, en efecto, solidarizado con este ‘Pastrana’. Lo había hecho de forma muy aviesa, en primera persona del singular y utilizando como avatar una fotografía mía, para confundir a sus despistados seguidores. Aparte de solidarizarse con trolls, la cuenta de marras reproducía citas extraídas de mis artículos, junto a otros mensajes que imitaban mi voz para afirmar cosas que yo nunca habría afirmado; y había, en fin, fragmentos de videos rescatados de apariciones televisivas mías, algunas del año de la polca, en las que se troceaban mis argumentos y se servían descontextualizados.

Detesto las redes sociales porque tiendan a simplificar y descontextualizar, sustituyendo los razonamientos elaborados por las consignas chillonas. Y aquella cuenta hacía conmigo exactamente lo que detesto. No hace falta añadir que, en su selección de citas, ofrecía una imagen siempre distorsionada y parcial de mi persona, haciendo énfasis en los mismos asuntos: así, pongamos por caso, se reproducían machaconamente mis opiniones sobre cuestiones politiquillas de las que hablo con desgana para ganarme el sustento, pero no se citaba ni una sola frase tomada de ninguna de mis novelas, que escribo dejándome la vida en el empeño. De este modo, tras fabricar un Prada-Frankenstein a su medida, el titular emboscado de la cuenta podía luego deslizar tan ricamente afirmaciones que jamás hubiesen salido de mi pluma o de mis labios, como la mencionada declaración solidaria que tanto perturbó a mi amigo. Conseguí que Twitter cerrara la cuenta de marras (y he de señalar agradecido que sus responsables me atendieron con exquisita atención); pero a los pocos días la cuenta volvió a abrirse y a impostar grotescamente mi voz. Todo ello, por supuesto, en primera persona del singular y con mi efigie, para confundir a sus despistados seguidores.

Pero nadie que me aprecie mínimamente abriría una cuenta en Twitter para ofrecerme en lonchas o añicos (y con aderezos apócrifos, para más inri); pues a mí me gusta ofrecerme íntegro en lo que escribo. Y, como dice el personaje del romance del conde Arnaldos: «Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va». Mucho más lesivo que quien nos denigra es quien nos desfigura. Pues al denigrador lo mueve un odio supurante que se ve a legua, mientras que al desfigurador lo mueven intenciones mucho más sibilinas que pasan inadvertidas al común de las gentes. Lo mueve, por ejemplo, el deseo de introducir percepciones parciales sobre nuestra persona; lo mueve la intención de ‘modelarnos’ a su gusto, resaltando tal o cual faceta que aproxime nuestro pensamiento al suyo, agregando rasgos a nuestra personalidad que no son sino proyección de la suya, ‘adueñándose’ de nosotros hasta suplantarnos, hasta crear una imagen tergiversada de nosotros en beneficio suyo, hasta lograr que esa imagen tergiversada impida ver lo que verdaderamente somos, hasta convertirnos en personas irreconocibles que hacen o dicen lo que nosotros nunca haríamos ni diríamos. Así, el desfigurador alcanza un objetivo triple: excita todavía más el odio supurante de nuestros denigradores; logra que nuestra imagen desfigurada genere nuevos odios en quienes acaso podrían llegar a amarnos, si nos conociesen verdaderamente; y consigue, en fin, que quienes aman nuestra imagen desfigurada odien nuestra verdadera persona.

Por eso, el desfigurador es mucho más lesivo que el denigrador, aunque se disfrace de admirador reverente. Pues a veces quien se inclina con aparente reverencia sólo busca el modo de tendernos la zancadilla, a la vez que nos embiste.

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