Lavar el coche

Mi hermosa lavandería

Llegué a Los Ángeles con la disposición del que va a un funeral. Sabía exactamente lo que me esperaba: reuniones interminables, sesiones de trabajo con treinta interlocutores, más los que intervenían vía Skype; castings donde no se buscaba talento, sino proporciones perfectas; explicaciones minuciuosas que acababan con el último resquicio de inspiración que me quedaba; en suma, la vida del realizador publicitario en su máximo esplendor, o sea, una serie de catastróficas desdichas (muy bien pagadas, eso sí) que ponen a prueba la paciencia de un santo o santa.

La luz de Los Ángeles siempre me aturde con su claridad lechosa: es un fogonazo constante que lima tu sensibilidad (al menos, la mía) y te atonta. Sientes menos, piensas menos, te alegras menos y lloras menos. Todas las horas que pasas para ir de un extremo a otro de la ciudad cruzando autopistas atascadas, con el asfalto lleno de neumáticos rotos, tienen la virtud de colocarte en una especie de nirvana estúpido, en un limbo donde tu yo se diluye y los contornos de los demás también. Esta no es la ciudad que acogió a los creadores de entreguerras y los hizo florecer, es la ciudad que fagocita el talento de los que acuden a ella, deslumbrados por la posibilidad de hacer cine con presupuestos millonarios y poseer una piscina desbordante y que los ahoga en dinero y en tratos maquiavélicos que los distraen de su verdadera vocación.

La productora para la que trabajaba me asignó una oficina para que me concentrara en lo que tenía que hacer, que no era mucho, repasar una y otra vez un story board de veintitrés viñetas, que había tenido que ser bendecido por varios comités. La oficina tenía una ventana grande que daba a uno de esos parkings interiores cuajados de palmeras, donde yacían los cochazos de los que trabajaban en las lujosas oficinas de los edificios colindantes. Como me sabía de memoria las viñetas del story, dedicaba mucho tiempo a mirar las palmeras del parking y los coches que iban y venían. Una mañana, nada más llegar a la oficina, me serví un café aguado, del que consumía varios litros al día, y lo que vi por la ventana casi hizo que me lo tirara por encima: tres chicas en bikini y shorts cortísimos estaban limpiando un coche gigantesco, casi un tanque (nunca he sido buena con las marcas de los coches), mientras desde una ventana del edificio ante el que el coche estaba aparcado un hombre las filmaba con una pequeña cámara de vídeo. Pensé al principio que se trataría de algún rodaje de un videoclip de mal gusto para un grupo de rap, pero las chicas de la oficina me sacaron de mi error: dos días a la semana, el tipo de la oficina, un famoso director de cine, contrataba a las tres chicas en bikini y shorts para que le limpiaran el coche. De todo esto hace quince años, pero no olvidaré la sensación de estupor, asco e indignación que sentí esa mañana y todas las mañanas cuando veía llegar a las chicas que se desvestían en el parking para lavar el coche del famoso director, cuyas películas, si bien antes de estos hechos no me gustaban, después ya me daban auténtica repugnancia.

Esta mañana, repasando la prensa, he caído en un artículo donde una conocida actriz habla de su horrible experiencia con un director que, para hacerle un casting, entre otras muchas cosas, la obligó a ponerse ropa sexy y lavarle el Ferrari en un parking mientras la filmaba y que luego se negó a darle el material filmado.

Se trata de la misma persona: Michael Bay.