Un símbolo

Animales de compañía

Hay un pasaje muy revelador en La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade, sobre el que a menudo reflexiono: «No propongo matanzas ni deportaciones; todos esos horrores están demasiado lejos de mi alma para concebirlos ni un minuto siquiera. No, no asesinéis ni desterréis. (…) Basta con emplear la fuerza contra los símbolos; basta con ridiculizar a quienes los sirven».

Siempre me ha sobrecogido la aversión que algunos destinan al símbolo de la Cruz. Antaño tal aversión se expresaba de forma clandestina; hoy se puede expresar a la luz del día y con amparo legal. ¿Y por qué ese símbolo provoca tanta aversión? Si saliésemos a la calle a preguntarlo, mucha gente nos respondería: «¡Porque en nombre de la Cruz se han cometido muchos crímenes!». Y no negaremos que algunos, o incluso muchos, se hayan cometido. Pero también se han perpetrado muchos sacrificios humanos multitudinarios en nombre del sol; también se han bombardeado ciudades y países enteros en nombre de la paz. Sin embargo, casi nadie piensa que el sol o la paz deban ser odiados porque los criminales más sangrientos hayan matado en su nombre. Por otro lado, a nadie se le ocurriría imputar al sol o a la paz todos los crímenes que se han perpetrado bajo su resplandor o imperio; tal cosa, en cambio, se hace con frecuencia cuando se trata de imputar crímenes a la Cruz. Y, por supuesto, también se le imputan como crímenes cosas que no lo fueron, o que fueron exactamente lo contrario: como si al sol, por ejemplo, se le imputara como crimen dar luz y calor a los hombres.

En realidad, estas justificaciones nos hablan de un odio que necesita expresarse indirectamente, avergonzado –o tal vez demasiado orgulloso—de mostrar su verdadera naturaleza. Ernest Hello señalaba que jamás se había tropezado con un ateo militante que detestase por igual todas las religiones; y se sorprendía al descubrir que la mayoría de quienes se confesaban ateos militantes profesaban indiferencia, y hasta condescendiente simpatía, por los más variopintos cultos, concentrando su aversión de forma exclusiva en la religión representada por la Cruz. Esto mismo que observaba Hello hace más de cien años se puede seguir observando hoy. Confesaré que este hecho tenebroso me ha iluminado en alguna ocasión, cuando a punto estaba de desfallecer: «Si todo esto en lo que creo es una falacia –me he preguntado–, ¿por qué provoca tanto furor entre algunos? Si mis creencias son trasnochadas y pueriles, ¿por qué se empeñan tanto en desprestigiarlas?». Nunca he visto a nadie dedicar sus furores a la quiromancia o a los horóscopos, ni esforzarse por desprestigiar a la diosa Minerva; por la sencilla razón de que son cultos falaces y trasnochados y, por ello mismo, inofensivos. Sin embargo, resulta habitual tropezarse con personas que profesan un odio exclusivo y específico a la religión representada por la Cruz, a la que consideran muy ofensiva; pero a la vez sostienen incongruentemente que es una religión tan falaz como la astrología y tan trasnochada como el culto a la diosa Minerva. ¡Menudo disparate lógico!

Pero, aun entre los improbables aborrecedores de la astrología o del culto a la diosa Minerva, no encontraríamos a ninguno que se enfadase si nos colgáramos del cuello un amuleto representativo de cualquier constelación de estrellas; tampoco si colgáramos de una pared una escultura del búho minervino. Sin embargo, hay gentes que se soliviantan si ven una cruz colgada de la pared o de cualquier cuello; gentes que, incluso, han recurrido a los tribunales, para que les aparten de su vista ese símbolo. Y a veces los tribunales han ordenado hacerlo. ¿Alguien puede encontrar una explicación racional a tan misteriosos fenómenos? Yo la he buscado en vano.

Si alguien me hubiese brindado una respuesta convincente habría podido abominar de la Cruz, liberando de paso a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan del suplicio de leer sobre asuntos tan incómodos, para arrullarlas con frivolidades en boga y baratijas politiquillas. Pero esa respuesta convincente nunca me la brindó nadie; así que he tenido que aceptar humildemente que la furibunda hostilidad que algunos profesan a ese símbolo en el que se cruzan dos simples líneas (más corta la vertical, en abrazo hacia la tierra; más larga la horizontal, disparándose hacia el cielo) se explica porque representa una verdad universal y eterna; mientras que la complaciente hospitalidad que se brinda a cualquier otro símbolo se explica porque todos ellos representan multiformes, efímeras e intercambiables mentiras. Aunque parezca increíble, también hay hechos tenebrosos muy iluminadores.