Berlín, del cielo al suelo

Mi hermosa lavandería

Paseas por Berlín como quien pasea por un lugar sobradamente conocido que guarda aún incontables sorpresas. Como todos los febreros de los últimos diez, quince años, enfilas la avenida Unter Den Linden hacia algún salón de hotel donde hay reuniones, entrevistas, citas de negocio, paneles, conferencias de prensa… El mundo de todo lo que rodea a las películas es vasto, inabarcable, peculiar y, a veces, más parecido al mundo que rodea a la fabricación industrial de embutidos de lo que parece. A pesar de los años que llevas en este oficio, no deja de asombrarte la cantidad de gente que hace falta para que una película llegue al espectador, teniendo en cuenta que para imaginarla basta y sobra con una persona. Los carteles de los osos berlineses, el símbolo de la ciudad y de su festival de cine asoman desde sus cuatro puntos cardinales: un coro de osos amables, consumidores de zumos de zanahoria y brotes de bambú. Hay algo cargado en la atmósfera de Berlín en invierno, un aire de plomo y melancolía que cubre de grises el cielo y seca las hojas de los árboles, diluyendo los contornos de los múltiples edificios nuevos de la ciudad. Escudriñas ese cielo sin color, mientras cae la nieve, esperando ver a Bruno Ganz y sus alas gastadas espiando a una equilibrista mortal mientras suena una canción de Ingrid Caven. Hay globos gigantes en este cielo sobre Berlín, hay tranvías que desafían la nieve que se acumula en las vías. Niños con sombreros de lana húmeda montados en los asientos especiales de las bicicletas de sus madres abriendo la boca para recibir los copos de nieve semideshecha, fantaseando con una máquina de helados celestial que es la que, a la postre, fabrica la nieve. Gente que resbala en el asfalto congelado se levanta y vuelve a caer. Y a veces también tú misma has caído en el suelo de esta ciudad. También tú. Lo piensas mirando este suelo que han pisado ejércitos y tanques y soldados y prisioneros. Nada, ni siquiera los flamantes neones que anuncian pizza, juguetes o teléfonos móviles pueden borrar el peso de la historia que impregna las esquinas, hasta de los solares que empiezan a ser edificados por primera vez. Lo piensas mientras contemplas esas pequeñas placas que conmemoran las vidas y las muertes y las desapariciones de tantos hombres y mujeres judíos que un día fueron arrancados cruelmente de sus existencias. Ellos también miraron un día este cielo que parece engullirnos con cortinas de agua helada, ellos también resbalaron, amaron, fantasearon, vivieron. Y las placas con sus nombres refulgen con un esplendor inusitado cuando finalmente, tras días en que parece que la grisura lo invade todo, sale por fin el sol.