Feminismo 2.0

Pequeñas infamias

Cada vez me resulta más difícil hablar de temas relacionados con la mujer. Y no porque no me atañan, afecten o preocupen, al contrario. Resulta difícil porque, en un mundo donde parece haberse instaurado la confrontación en tantos ámbitos, diríase que la cosa femenina se reduce a un simplista «el que no está conmigo, está contra mí». Apenas se puede decir nada sin que alguien se ofenda mortalmente, se rasgue las vestiduras o –y esto es lo más desesperante de todo– coja el rábano indefectiblemente por las hojas. Dicho de otro modo, de cualquier opinión, por sensatamente argumentada que esté, se queda solo con una palabra, con una línea, la que más le convenga para denostar –de acuerdo con sus previamente petrificadas convicciones– omitiendo el resto del argumento. Porque otro signo de nuestro tiempo es que se acabaron los matices, las dudas, los ‘sí pero’. La gente lee solo a los que son de su cuerda para que refuercen su postura y le pasen la mano por el lomo. Y si lee a los que no piensan igual, no es en ningún caso para intentar adquirir un nuevo punto de vista. Al contrario, es para arrancarle la piel a tiras y achicharrarlo en las ardientes calderas de Twitter y Facebook, en las que rara vez alguien se sale del pensamiento único, no sea que lo despellejen vivo también. Visto lo visto, opinar sobre feminismo se ha convertido en ejercicio de riesgo en el que todo el mundo se autocensura. Los hombres por razones obvias, pero también nosotras, por miedo a que nos llamen traidoras a nuestra causa. Hace unas semanas, cuando en Francia se hizo público un manifiesto firmado por actrices y escritoras que intentaban poner ciertos peros al movimiento #MeToo, me llamaron de un periódico de difusión nacional para preguntarme qué opinaba al respecto. Les dije lo que ya he publicado en estas Pequeñas infamias: que no suscribía todos sus puntos, pero que sí estaba de acuerdo en algunos, como por ejemplo cuando señalaban que era peligroso prescindir de un plumazo de la presunción de inocencia. Al cabo de unos días, me llamó la periodista que me había entrevistado para avisar de que no se publicaría el artículo previsto porque, aparte de servidora de ustedes, ninguna otra mujer se había querido pronunciar al respecto. ¿Quiere esto decir que solo yo pienso que ningún fin por muy loable que sea justifique los medios
o que en la lucha contra el machismo –que es sin duda una lacra terrible para nosotras– todo vale? Sinceramente no lo creo. Lo que ocurre, una vez más, es que como no hay matices y se toma la parte por el todo es más fácil quedarse callado. Tienen que llegar iniciativas grotescas, como la que hemos vivido hace unos días con la número dos de Podemos intentando convencernos de que el machismo se combate dando patadas al diccionario, para que la gente diga lo que realmente piensa: que las reivindicaciones feministas son demasiado serias y necesarias como para dejarlas en manos de portavozas, jóvenas y miembras. Por eso me gustaría dar un voto de confianza a una iniciativa que, si no se desdibuja, quizá pueda ser interesante. Escribo estas líneas con dos semanas de antelación, de modo que no tengo modo de saber qué pasará el próximo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Para esa jornada está convocado un paro de un par de horas que tiene como precedente histórico el día en que mujeres islandesas de todas las ideologías decidieron parar simbólicamente para demostrar que sin ellas, ya fueran directivas, obreras, de derechas o de izquierdas, Islandia no podía funcionar y, en efecto, así fue, el país se paralizó. Es prácticamente imposible replicar esta idea aquí, pero la simple convocatoria tal vez sirva al menos para que, durante unos días, se hable de ciertos datos incontestables. Como que en España hay sectores productivos claves en los que la presencia femenina es abrumadora. Sobre todo –y el dato no es baladí– en los relacionados con el servicio a los demás y, en especial, los más desfavorecidos. El 84 por ciento de los cuidadores de personas mayores son mujeres; el 97 por ciento lo son en sectores como la enseñanza primaria; el 85 por ciento, en enfermería; y casi el 50 por ciento de los médicos son también mujeres. ¿Se imaginan si ellas parasen aunque fuere unas horas?

No sé qué ocurrirá aquí el 8 de marzo, pero ojalá sirva al menos para recordar lo obvio. Que el papel de la mujer en la sociedad es irremplazable. Al final, pienso yo, datos como estos y otros muchos que sería muy largo enumerar hablan con más elocuencia de nosotras que todas las actrices del parnaso hollywoodiense vestidas de luto para apoyar el #MeToo o a saber qué nueva ocurrencia lingüística de la señora Irene Montero.