Libertad sin expresión

Animales de compañía

Me he acordado mucho de mi maestro Leonardo Castellani, leyendo las mamarrachadas campanudas que en estos días se han escrito sobre la libertad de expresión, a propósito de la condena a un rapero que en sus canciones no hace otra cosa sino desear la muerte a todo bicho viviente, a ser posible en atentado terrorista, con ripios que no hubiesen desentonado en las paredes del retrete de un frenopático.

Para que podamos hablar de libertad de expresión tiene que haber primero expresión; y, si estamos hablando de artistas, tiene que haber expresión artística. Pero ensartar rimas cretinas y obscenidades de estercolero, todo ello regado de un odio purulento de la peor calaña, nada tiene que ver con la expresión artística. Tal vez tenga que ver con la coprolalia, o con la rumia esquizofrénica, o con otras expresiones propias de la descomposición mental, pero no con el arte. Pero convertir a un tío huérfano de gracia y talento que escupe bilis por la boca y desea a la muerte a todo quisque en ‘mártir’ de la libertad de expresión es un rasgo muy propio de esta época envilecida, que cuando quiere encumbrar a alguien necesita antes buscarlo en el lodazal de la degradación. Resulta, en verdad, llamativo que casi todos los ‘mártires’ de la libertad de expresión encumbrados en los últimos tiempos sean tuiteros que han vomitado las bajezas más sórdidas, o raperos que hacen exaltación de los delitos más bestiales, o valentones que se regodean ultrajando las creencias religiosas del prójimo (siempre el mismo prójimo y siempre las mismas creencias, por supuesto). Seguramente, todos estos personajillos no merezcan penas de cárcel; pero, desde luego, sus purrelas no merecen ser llamadas ‘expresión’, y mucho menos ser amparadas por libertad de ningún tipo.

Afirmaba Castellani que «si a libertad no se añade para qué, es una palabra sin sentido; y hoy en día, por obra del liberalismo, la más asquerosamente ambigua que existe». Porque, en efecto, no puede haber libertad para dañar, injuriar, calumniar y ofender gratuitamente; no puede haber libertad para sembrar el odio y extender la mentira; no puede haber libertad para envilecer los espíritus e inclinarlos al mal. O puede haberla en un mundo corrompido, pero no será libertad propiamente dicha; será, en todo caso, esa libertad asquerosamente ambigua de la que hablaba Castellani, que es la más terrible y sórdida de las esclavitudes, porque es adhesión a la vileza y sometimiento a las pasiones más torpes. Resulta, por cierto, hilarante que casi todos estos personajes últimamente encumbrados como ‘mártires’ de la libertad de expresión por hazañas tales como desear la muerte al prójimo o aplaudir los crímenes y aberraciones más abyectos se crean grandes detractores del liberalismo, cuando son sus hijos predilectos; o, dicho con más exactitud, sus epígonos inevitables, los hijos tontos que acaban dando la nota en toda estirpe degenerada.

Como nos enseñaba Castellani, cuando la libertad no explica su ‘para qué’ se convierte en una libertad puramente nihilista, guiada por el apetito de destrucción. El artista necesita, desde luego, libertad para buscar la belleza y alumbrar el drama humano; necesita libertad para descender al reino de las sombras y alzarse al reino de la luz; necesita libertad para hacer temblar nuestras certezas y remover nuestras comodidades; necesita, en fin, libertad para expresar su arte. Pero, aprovechando la asquerosa ambigüedad reinante, nos quieren colar bazofias que ya no se conforman con suplantar el verdadero arte y envilecer sensibilidades, sino que además exigen libertad para vomitar su odio, con completa y risueña impunidad, mientras los vomitados les reímos las gracias. Porque en casi todos estos ‘mártires’ de la libertad de expresión no hay más que odio, un odio supurante ay cetrino (el odio de Caín, cuando comprueba que el humo de sus ofrendas no sube al cielo) que necesita ensuciar cuanto toca. Y para esa vomitona de odio exigen libertad de expresión; y cuentan con una legión de papanatas (a veces tan sólo tontos útiles, a veces tarados, pero sobre todo pescadores en río revuelto que aprovechan estas causas para su provecho) que los encumbran como ‘mártires’ de la libertad de expresión.

Y mientras la coprolalia y la diarrea mental son protegidas por esta falsa libertad, cualquier expresión verdadera es perseguida y reprimida por turbias ideologías que han extendido su censura por doquier. Porque allá donde se ampara la pacotilla la verdad acaba siendo prohibida.