Elegir y separar

Animales de compañía

Hace unas semanas publicaba en el diario ABC un artículo titulado La lengua catalana, en realidad una modesta glosa de otro que publicó José María Pemán hace medio siglo en el mismo periódico. Divulgado en interné, mi artículo cosechaba una espeluznante cosecha de improperios e invectivas, azuzada por el patrioterismo farlopero de algunos energúmenos con cochiquera en las redes. Me resultó, en verdad, muy aleccionador comprobar que las ideas sostenidas –¡en plena dictadura!– por un escritor como Pemán eran consideradas filoseparatistas por tantos energúmenos en plena apoteosis de la Señorita Democracia y de su cuñao Don Estado de Derecho. Pero quizá todo se explique porque Pemán era un hombre de gran finura espiritual, rebosante de amor por los pueblos hispánicos; mientras que la caterva que me puso como chupa de dómine son gentes de alma ruin movidas por el más peludo de los odios, que es el odio de Caín a su hermano, disfrazado sórdidamente de patriotismo. Furibundos separadores, en fin, que alimentan con sus vilezas el separatismo.

En un pasaje de aquel artículo tan fustigado por los cainitas separadores me pronunciaba en contra de un sedicente «derecho de los padres a elegir la lengua en que sus hijos serán educados»; en realidad, una coartada para favorecer la segregación por lenguas en la escuela, considerando que el catalán «adoctrina» a los niños. Pero las lenguas no son en sí mismas adoctrinadoras, por más que con todas ellas se pueda adoctrinar. Y no existe un derecho de los padres a ‘elegir’ el idioma en el que sus hijos deben ser educados; pues toda educación digna de tal nombre debe garantizar el aprendizaje amoroso de las lenguas maternas, que son una de las principales posesiones espirituales de cualquier pueblo. El derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos fue, en principio, un recurso in extremis ideado desde ámbitos clericales para defenderse del Estado Leviatán que pretendía adoctrinar desde la escuela. Pero tal propósito adoctrinador no reside en la enseñanza de las lenguas maternas, que cuando son varias debe ser todo lo equitativa posible. Combatir los excesos de una inmersión lingüística estableciendo jerarquías entre lenguas maternas alimenta una dinámica separadora de la peor calaña. Y, además, empobrece cultural y espiritualmente a quienes crecen en una sociedad bilingüe. Que el separatismo haya favorecido este empobrecimiento no justifica ninguna reacción en sentido contrario. La lengua catalana no es un vehículo ideológico; es un hecho biológico que ningún padre puede amputar, porque sería tanto como mutilar espiritualmente a sus hijos.

«Le puede salir el tiro por la culata y herir la Hispanidad» a los que se revuelven contra el catalán, escribió Pemán hace cincuenta años. Y esta afirmación profética se hace realidad hoy. La solución individualista y disgregadora del ‘derecho a elegir’ lengua en la escuela sólo serviría para yuxtaponer dos Cataluñas irreductibles y enviscarlas en una tensión identitaria insoportable (según conviene a separatistas y separadores). Hay que reivindicar una auténtica solución comunitaria, que no puede fundarse en la coexistencia recelosa entre dos lenguas separadas por aulas, ni en similares ingenierías sociales maniqueas, sino en una síntesis auténtica. Y esa síntesis auténtica sólo se puede lograr aceptando la diferencia más distintiva del pueblo catalán, su lengua propia, que –como nos recuerda Menéndez Pelayo– fue desde muy temprano lengua del pensamiento con Raimundo Lulio, «mucho antes que el italiano y el castellano, y muchísimo antes que el francés»; y también lengua de expresión lírica y trovadoresca que endulza y enriquece la tradición castellana, más épica y juglaresca. Ese es un patrimonio inalienable para cualquier catalán; y debería serlo también para cualquier español mínimamente consciente.

Sólo gente de alma ruin movida por el más peludo de los odios, que es el odio de Caín, puede pensar que combatiendo un hecho biológico tan incontestable como el catalán se ayuda a la causa de la unidad de España. Pues no puede haber vida buena ni virtuosa –comunidad política propiamente dicha– allí donde los hechos biológicos incontestables son sometidos a caprichosos ‘derechos a elegir’. Cataluña no podrá nunca ser española si los catalanes no perciben que su lengua es una posesión que todos los españoles favorecen. El día que esto ocurra el separatismo empezará a tener los días contados. Pero el separatismo tiene el futuro asegurado, mientras el patrioterismo separador siga esnifando farlopa.