Una hora en medio de la nada

Mi hermosa lavandería

Amanece Tudela cubierta de una espesa capa de nieve y es peligroso hasta llegar a la esquina del hotel donde me alojo. El fotógrafo Jordi Socías decide hacerme una foto en medio de la plaza de los Fueros y no en el mercado, rodeada de alcachofas, como había planeado. Caen copos como puños y todo, hasta la churrería ambulante y el tiovivo cubierto de plástico, tiene aire de foto de Robert Doisneau. Yo, seguramente, no.

Con el temporal, el tren desde Tudela a Barcelona llega con cuarenta minutos de retraso, que son menos de los anticipados por la pantalla de la estación y por la app del amable taxista que me trae a la estación. Cruzar Navarra en tren durante el temporal de nieve me hace sentir parte de un documental sobre el cómo se hizo Doctor Zhivago, que es una película que, cada vez que la veo, me recuerda que las películas de antaño, las grandes películas, se hicieron con nieve de verdad, sin ordenadores, sin Google Maps, sin teléfonos móviles, sin siquiera walkies-talkies. Y se hicieron muy bien. La noche anterior, con dos grandes cinéfilos tudelanos hablamos de eso y de otras películas, de actores olvidados, de cintas indestructibles que llegaron al corazón de muchas generaciones de espectadores para quedarse. De David Niven y el genial título de su autobiografía Traigan los caballos vacíos, que fue la frase que el director Michael Curtiz, húngaro de nacimiento, pronunció en el rodaje de La carga de la Brigada ligera cuando en realidad quería decir que trajeran caballos sin jinetes… Cuando el tren se detiene en medio de la nada, porque el temporal de nieve arrecia y la wifi ha desaparecido, me entrego al recuerdo de la esplendorosa cena en el restaurante Remigio, a base de verduras, con que el incombustible e inconmensurable Luis Alegre nos obsequió. Las verduras en esta ciudad y la manera en que son tratadas son de un nivel como en pocos sitios del mundo. Me da mucha risa cuando se habla de lugares como el Noma de Copenhague con sus tres estrellas Michelin y su huerto ecológico porque en Tudela casi todos los restaurantes tienen sus propios huertos, y la sinfonía de berzas, cardos, achicoria, calabaza, rabanitos, cebollas tiernas, alcachofas, precedida de un espectacular entrante a base de apio rizado con granizado de gin-fizz, que era una fresca y fragante caricia para los sentidos en Remigio, empequeñece y mucho, en mi memoria, el recuerdo de una pretenciosa y vacía comida en el Noma. La charla durante la cena gira en torno a mis dos temas favoritos: las películas y la comida. Qué películas hemos visto, pensamos ver, no veremos ni aunque nos paguen… Escenas memorables. Guionistas esforzados. Detalles que nos han tocado o dejado indiferentes. Mientras esas verduras tratadas con infinito cariño y respeto desfilan ante nosotros, las secuencias que evocamos entre todos nos devuelven la ilusión de un tiempo y un espacio infinitamente vivos, donde las imágenes de la pantalla son nuestros fieles compañeros en este camino de vida, que un día, hace ya muchos años, los que nos encontramos en esa mesa degustando estas increíbles delicias vegetales emprendimos.