Las almas del delito

Animales de compañía

Toda la conmoción que ha desatado la terrible –la sacrílega– muerte del niño Gabriel Cruz desembocará inevitablemente en la confusión y el vacío, como ha ocurrido con otros episodios semejantes. No puede ser de otro modo, en una sociedad que niega las certezas morales y metafísicas.

Hace ochenta años, con motivo del asesinato de una niña llamada Martita Ofelia en la Argentina, Leonardo Castellani escribía –glosando a San Pablo– unas palabras que podrían aplicarse igualmente al tenebroso asesinato de Gabriel: «Créanme, nuestra lucha aquí no es contra la carne y la sangre, sino contra las tinieblas, contra las potestades invisibles que pueblan la región del aire y que nos envenenan desde que nacemos, como una fábrica de azufre y de peste, el aire, el agua y el pensamiento». El escritor argentino no estaba afirmando tan sólo que el asesino de aquella niña fuese un poseso, sino algo mucho más profundo que ya la sociedad de su tiempo se resistía a aceptar; y que la sociedad del nuestro no sólo no acepta, sino que se afana por ocultar a toda costa. Castellani nos enseñaba que estos infanticidios tan desalmados son tan sólo el estallido de un divieso purulento que crece sobre un cuerpo social gangrenado; y que hasta que no se ataque el virus espiritual que ha gangrenado ese cuerpo no estaremos a salvo.

Detrás de estos crímenes estridentes que matan el cuerpo de los niños hay una trastienda de crímenes sigilosos que matan sus almas. Detrás del odio atávico y bestial de una psicópata que estrangula a un niño hay muchos odios socialmente aceptados que no se manchan las manos. Porque nuestra época odia a los niños; los odia de un modo taimado y discreto que puede llegar incluso a disfrazarse de amor. Las reacciones indignadas ante los crímenes nacidos del odio atávico y bestial pueden, sin duda, considerarse esperanzadoras; pues nos demuestran que, en medio de la fábrica de azufre y de peste que nos envenena, aún sobreviven reductos de sana humanidad. Pero también podríamos considerar que en tales reacciones hay algo de aspaviento hipócrita (o de respuesta inducida) que nos permite seguir manteniendo nuestro odio taimado y discreto a la infancia. Nos horrorizamos ante los crímenes estridentes contra la infancia que nos dejan un corpus delicti; pero ni nos inmutamos ante los crímenes sigilosos que nos dejan una multitud innumerable de animae delicti. Tal vez porque sabemos que los primeros crímenes sólo pueden perpetrarlos monstruos remotos; mientras que los segundos los puede perpetrar nuestro prójimo más cercano y más íntimo. O sea, nosotros mismos.

Y en todos los crímenes contra la infancia pulula, como una de esas polillas necrófagas que revolotea en torno a los cadáveres, el fantasma de la libertad. Lo hace, desde luego, en los crímenes que se perpetran contra los niños que aún no han sido alumbrados, esos ‘amasijos de células’ que ‘descartamos’, haciendo uso de nuestra fatua libertad decisoria. Y enseguida nuestra desmedida libertad empieza a causar estragos también entre los niños que magnánimamente decidimos alumbrar; enseguida nuestra libertad omnímoda empieza a maquinar formas de aniquilar espiritualmente a los supervivientes. Y así, los condenamos a la escisión vital, convirtiéndolos en peregrinos en su propio hogar; los despojamos de una vida familiar plena, a sabiendas de que ese despojo les dejará heridas irrestañables, porque anteponemos nuestros egoísmos personales, nuestros deseos bulímicos, nuestra orgullosa libertad para ser felices a costa de su infelicidad. Y, por si fuera poco, permitimos que las escuelas se conviertan en corruptorios oficiales donde su inocencia maltrecha y sus emociones magulladas son pervertidas, todo ello enmascarado de una moderna pedagogía que aspira a que puedan vivir en plenitud una ‘libertad sexual’ polimorfa. Y, en fin, dejamos que caiga sobre sus almas el vitriolo de una propaganda ubicua que calcina los últimos vestigios de su inocencia y los adiestra –siempre de forma lúdica– en las más oscuras depravaciones y en los materialismos más envilecedores. Para que sean todavía más libres de lo que lo fueron sus padres.

Todas estas almas del delito pesan demasiado sobre nuestra conciencia. Y viene entonces en nuestro socorro un odio más atávico y bestial que nos entrega un cuerpo del delito. Pero alguien dijo que, mucho más temibles que quienes matan el cuerpo, son quienes matan el cuerpo y el alma. Sobre todo cuando lo hacen –cuando lo hacemos– creyendo rendir un gran servicio a la causa de la libertad y del progreso.