Una guerra y todas las guerras

Mi hermosa lavandería

En marzo de 2002, empecé a rodar un documental en Sarajevo, Mostar y sus alrededores. Las huellas de la destrucción de la última guerra de los Balcanes estaban abiertas y casi humeaban todavía. Una de las personas que nos ayudó en la producción había perdido a su madre, a su padre y a todos sus hermanos. Era un hombre práctico, callado, eficiente, que fue fundamental a la hora de hacer ese documental, que versaba sobre las consecuencias de la violación y la tortura sobre víctimas de todos los géneros y condiciones. El hombre hablaba un inglés impecable y en ese idioma nos entendíamos. Visitamos aldeas donde hombres y mujeres asustados llevaban meses sin salir de sus casas. Visitamos hoteles, con colchones ensangrentados por doquier, que habían sido transformados en burdeles, donde mujeres prisioneras habían sido sometidas a las peores vejaciones que se pueden imaginar. Visitamos edificios en ruinas donde niños que lo habían perdido todo jugaban a la guerra. Y, en cada uno de estos sitios, el hombre musitaba una frase en bosnio por lo bajo y nunca nos decía el significado. Eso ocurría cada vez que llegábamos a un sitio nuevo, más destrozado y miserable que el anterior. Un día no pude aguantar la curiosidad y finalmente le pregunté qué quería decir esa frase que le había oído pronunciar tan a menudo. Sin mirarme, en voz muy baja, me dijo: «Cada vez que llegamos a un nuevo lugar destruido, no puedo menos de preguntarme: ‘Y todo esto, ¿para qué?’».

Desde entonces, esa frase ha estado en mi memoria como un recordatorio de la profunda y maligna estupidez de la guerra para la que no hay justificación posible, porque los únicos que realmente ganan las guerras no son los que empuñan las armas, son los que las fabrican o ni siquiera eso: los que trafican con ellas. Todos los demás pierden, de un modo u otro, y nadie sale indemne.

Hace un par de semanas, durante la ceremonia de los Oscar, el desfile de vestidos largos, smokings y agradecimientos a la familia se vio interrumpido por la intervención de un actor nativo americano Wes Studi, al que reconocí por su magnífica labor en El último mohicano. Wes Studi presentó un segmento de la ceremonia al que nadie pareció prestarle mucha atención: era un montaje de fragmentos de películas de guerra americanas donde, con una música triunfalista a más no poder, se ensalzaba el heroísmo de los soldados, sus generales y sus capitanes en la Segunda Guerra Mundial, en Vietnam, en Corea y en otros lugares que la estupefacción no me permitió registrar. No sé si el citado montaje era un guiño patriótico a la América que cree que todos los males provienen de los liberales de Hollywood, un gesto hacia el presidente del pelo raro o a qué demonios venía aquello. Pero para un país que, día tras día, ve cómo sus adolescentes son asesinados por adolescentes perturbados que no pueden comprar una cerveza pero sí un arma de repetición, el montaje bélico que, claramente y sin empacho, glamurizaba, embellecía y justificaba la violencia más espantosa es una vez más la prueba de que o nos enfrentamos a las cosas de cara, sin sensiblerías, sin miedo a llamarlas por su nombre o, una vez más, nos enfrentaremos a un panorama desolador, donde lo único que podremos pronunciar por lo bajo es: «Y todo esto, ¿para qué?».