Un restaurante en el cielo (I)

Reinos de humo

Entra una videollamada del más allá en plena noche. Es Dios. Cuando se le apareció el Espíritu Santo a la Virgen no había mucho que dudar. Hoy en día uno piensa que es cosa de Facebook, Google o cualquier otro demonio contemporáneo. Pero no. Es Dios, el mismo creador del universo que te habla con rever en la voz como en las películas. Ahora que les ha dado a todos por protestar, jubilados, mujeres, etc… hasta en el cielo hay movida. La vida, en términos terrícolas, allí está cubierta, mucho mejor que en Suecia, pero se han hartado de comer maná. El maná debe de ser excelente, pero si te lo ponen de desayuno, comida y cena durante miles de años cansa. Total que el Creador me pide que lo ayude a montar un restaurante en el cielo porque se le están poniendo levantiscas todas las criaturas celestiales. Y que a ver cómo lo hacemos. Hombre, Dios –le digo–, el único capaz de abrir aquí arriba y que le salga bien es Martín Berasategui. Y dice que no, que quiere marca propia. Total que me recuerda que él puede tener a cualquier cocinero de todos los tiempos. Que si están en el cielo, pues que cuente con ellos; si moran en el infierno, los consigue por intercambio; y, si están vivitos y coleando, que mañana mismo los sube de la Tierra (lo de Bocuse y lo de Caius Apicius es por merecimiento propio, se lo juro, no es cosa mía). En la próxima columna les amplío cómo sigue el proyecto porque promete. Yo entiendo a los levantiscos, sobre todo si son vascos. Si después de una vida de privaciones llegas al cielo y te dan de comer lo mismo durante una eternidad, es normal que te rebeles. Menos mal que este reino no es de Mariano.