Nostalgia del no saber

Mi hermosa lavandería

Era invierno o quizá no. Siempre recuerdo mi infancia en invierno, como si los veranos nunca hubieran existido. Me habían llevado al cine, como tantas tardes. No sé qué película había visto, a veces tengo imágenes de carteles, de paisajes, de rostros que no sé identificar, pero no tengo un recuerdo claro de aquella tarde. Cuando acabó la película, fuera la que fuera, alguien me llevó de la mano a la cabina del proyeccionista.

Las escaleras eran estrechas y oscuras, pero no tuve miedo. Cuando se abrió la puerta, vi una máquina grande con dos círculos metálicos que se movían y un halo de luz que se dirigía hacia un cuadrado en la pared. El proyeccionista me subió, cogiéndome por debajo de los brazos, unos instantes, para que mirara a través del cuadrado. Vi que la luz se transformaba en imágenes que se reflejaban en la pantalla que yo acababa de ver en la sala. Luego me dio un trozo de plástico negro con agujeros a los dos lados, que sacó de una gran lata, y me dijo que las películas eran eso, esos largos trozos de plástico negro con agujeros a los dos lados y me enseñó un trozo donde se veían unos caballos que se me antojaron microscópicos. Yo miraba sin entender el trozo de plástico, los círculos metálicos que se movían con un ruido infernal, el haz de luz y escuchaba, tamizado, en la sala el sonido de palabras que no entendía. Supongo que en ese momento, de una manera que aún hoy no logro comprender, empezó mi auténtica vocación por el cine: de no entender al principio cuál era la relación entre aquel mecanismo extraño y ajeno y las historias que veía en la pantalla.

Esa estupefacción ante dos fenómenos que aparentemente no guardan relación también ha marcado muchos de los caminos que he tomado en la vida.

Cuando decidí estudiar Historia, fue movida por un afán de entender qué hacía que los seres humanos se las arreglaran para dispararse en el pie una y otra vez a través de los siglos. Ingenuamente, pensé que, estudiando el pasado y los movimientos que lo gobernaban, lograría encontrar claves para impedir que esto siguiera sucediendo. Desgraciadamente cinco años en la universidad sólo me sirvieron para saber que el hombre es el único animal que tropieza más de un millón de veces con la misma piedra y con el mismo pie. Y quizá esa es la única certeza que me llevé conmigo al dejar la facultad: no sólo que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, sino que los pueblos que DELIBERADAMENTE olvidan su historia, porque un masoquismo cuya impronta se repite de generación en generación, hace que QUIERAN repetirla con todas sus funestas consecuencias.

Aún hoy el sonido de un proyector me lleva a ese momento, en la cabina de proyección, en que comprendí que no iba a comprender todas las cosas que el mundo me ofrecía, pero que esa certeza no me impediría nunca aspirar a comprenderlas.