El lugar de la política

Animales de compañía

Me pareció hilarante y a la vez sobrecogedora una afirmación que Pedro Sánchez escribió en Twitter, muy divulgada por los medios de comunicación, coincidiendo con la detención del errabundo Puigdemont: «Dentro de la Constitución está la política, fuera nada». La frase resulta especialmente delirante si consideramos que su autor es el mismo hombre que exigía, hace apenas unos meses, una reforma urgente de la Constitución. Y si quería reformarla a toda costa sería –¡digo yo!– porque hay cosas «dentro de la Constitución» que no le gustan, así como cosas que están fuera que quiere meter dentro; y unas y otras serán de naturaleza política, pues de lo contrario no pintarían nada en una Constitución. Aunque, desde luego, no habría que descartar que tanto las cosas que Pedro Sánchez quiere sacar de la Constitución como las que quiera meter dentro sean naderías sonrojantes salidas de un ‘cráneo privilegiado’.

Pero pensar que toda la política está «dentro de la Constitución» y que fuera está la nada es algo muy propio de esta fase de la Historia, a la vez idólatra y nihilista. Fuera de la Constitución hay, desde luego, mucha política, desde las cosicas que Pedro Sánchez quiere meter dentro de ella (por mencionar una no-nada ínfima y risible) hasta La República de Platón (por mencionar una cima del pensamiento). Y, desde luego, la política (que existió tranquilamente y sin grandes quebrantos antes de que la Constitución se promulgara) seguirá existiendo tan campante cuando la Constitución haya sido abolida, como antes lo fueron tantas otras, a veces por sus adoradores más frenéticos. Podríamos, incluso, afirmar que la política existe a pesar de las Constituciones; y que hay pueblos como Inglaterra (no exactamente subdesarrollados) que, para salvar la política, decidieron prescindir de las Constituciones. Tampoco debemos olvidar, por cierto, aquella espléndida frase de William Blackstone en sus Comentarios a las leyes de Inglaterra: «Bajo una constitución despótica, un pueblo puede ser feliz y libre; y bajo otra libre, puede ser esclavo y desdichado».

Pero escribíamos antes que la frase de Pedro Sánchez denota una mentalidad idólatra y nihilista. La política, en el sentido más propio y verdadero de la palabra, está en las personas que organizan políticamente; y no en ningún texto legal donde se especifique la forma de su organización. Además, esa forma de organización podrá cambiar mil veces, con tal de que quede asegurado el bien común. Desde luego, la unidad de la comunidad política es piedra angular del bien común; pero no porque un texto legal así lo establezca, sino porque las mutilaciones de miembros sanos hechas en un organismo vivo disminuyen su vitalidad (y pueden ocasionarle la muerte). Además, muchas veces la unidad que sólo se funda en un texto legal puede convertirse en una unidad odiosa: unidad de hormiguero, unidad sin argamasa espiritual de ningún tipo, mera coexistencia regida por el interés más descarnado. Así, una unidad puramente formal consagrada en un texto legal podría llegar a ser incluso un armazón que impidiese descubrir que la unidad interna se ha gangrenado. Un texto legal puede mantener en la materia muerta una apariencia artificial de vida, como hizo el doctor Frankenstein. Unamuno nos hablaba de la «liga aparente de los intereses» para referirse a las uniones falsas, a la larga mucho peores que las divisiones.

Vázquez de Mella nos enseñaba que los pueblos decaen cuando «su unidad interna, moral, se rompe y aparece una generación entera, descreída, que se considera anillo roto en la cadena de los siglos», ignorando la existencia de un patrimonio espiritual legado por las generaciones anteriores «que tenemos el derecho de perfeccionar, de dilatar, de engrandecer; pero no de malbaratar, no de destruir, no de hacer que llegue mermado o que no llegue a las generaciones venideras». Es ahí, en ese patrimonio espiritual, donde reside el corazón de la política. Sospecho que si hoy una generación descreída –anillo roto en la cadena de los siglos– está dispuesta a arrojar ese patrimonio a la basura es, en buena medida, porque antes se les permitió sustituirlo por pomposas entelequias legales. Y, al final, donde había una unidad interna y moral que anhelaba el bien común acabó habiendo tan sólo una unidad epidérmica y de pura conveniencia, sostenida por la liga aparente y artificial de los intereses.

Pero, por supuesto, podemos seguir aferrados al Frankenstein putrefacto, con apariencia de unidad, mientras nos desmenuzamos. Las idolatrías siempre acaban destruyendo el ídolo que veneran; pues detrás de toda idolatría se agazapa el nihilismo.