No puedes espantar la niebla con un abanico

Mi hermosa lavandería

Me encantan los proverbios porque me hacen soñar con aquellos que los escribieron. Me encantan los proverbios porque son sentenciosos y pedantes y pomposos. Me encantan los proverbios porque son misteriosos y te hacen dudar y reír y pensar. Me encantan los proverbios absurdos, porque son los que más sentido tienen, y los sabios, porque de primeras parecen absurdos. Me encantan los proverbios que a veces uno cita equivocadamente y todos asienten como si no hubiera habido error. Me encanta que me regalen libros de proverbios y regalarlos, como ha ocurrido en mi último cumpleaños, en el que me regalaron dos libros: uno de proverbios japoneses y otro de chinos. Y los abro al empezar la semana al azar y me encuentro piezas que no sé si tienen sentido, pero que mi proverbial amor a los proverbios hace que lo tengan. El lunes abro primero el libro japonés: «Si vences a un enemigo, será siempre tu enemigo; si lo convences, será tu amigo». La duda me invade y, con ella, la angustia: ¿cómo convencer al enemigo, que lo último que quiere es ser convencido? ¿Quién es el auténtico enemigo? ¿Y si no quiero ser amiga del enemigo?, ¿si lo único que quiero es que me deje en paz? Seguimos con los chinos: «No intentes escapar de la inundación agarrándote a la cola de un tigre». Aquí ya lo veo más claro: entre morir ahogado y morir devorado por un tigre no hay mucha diferencia: tomo nota mentalmente de no acercarme a las playas o ríos en países en los que se críe el tigre. Seguimos el martes: «Una palabra que se escapa no se puede atrapar»; ergo, cuando metes la pata, metes la pata. Tienen toda la razón los sabios japoneses. Y, ahora, uno chino: «Si quieres ser dragón, debes comer pequeñas serpientes para desayunar». O sea que ni los dragones lo tienen fácil, especialmente los vegetarianos. Porque, además, si uno quiere ser dragón es precisamente para no tener que tragar ni sapos ni culebras, especialmente a la hora del desayuno. El miércoles empieza bien: «Uno puede también rezarle a una sardina, es cuestión de fe». Me gusta el proverbio, aunque soy mucho más partidaria de rezarle a una anchoa, supongo que para el caso será lo mismo. Tampoco me gustan los boquerones. Este chino es un clásico: «Cuando el sabio muestra la luna, el tonto mira el dedo». Este siempre me ha fascinado porque pienso en él cada vez que leo un blog de alguien que busca gazapos en las películas. Ahora, uno japonés con el que no estoy de acuerdo: «Es de idiotas buscar peces en un árbol». Yo puedo afirmar que a veces hay peces en los árboles o, si no los hay, buscarlos allí igual te lleva a descubrir otras cosas, otros frutos, otras respuestas. «La lluvia cae sobre todas las flores, ahoga a unas y hace florecer a otras». Incuestionable: casi todo, incluido que te duren y crezcan bien las plantas del patio, es absolutamente aleatorio. Como tantas cosas en la vida. Como la niebla, que es imposible de espantar con un abanico.