El suicidio de las ballenas

PEQUEÑAS INFAMIAS

Sucedió hace poco en una playa al suroeste de Australia: ciento cincuenta ballenas piloto quedaron varadas y murieron poco después. Pese a los denodados esfuerzos de bañistas y autoridades por salvarles la vida, solo seis, las de menor tamaño, pudieron ser devueltas al mar. ¿Por qué se suicidan las ballenas? ¿Qué hace que una de ellas se dirija de pronto hacia la costa y todas sus compañeras la sigan hasta quedar mortalmente varadas? Nadie lo sabe, es un misterio. Lo que sí se sabe, en cambio, es que el fenómeno se produce también entre otros cetáceos. Quinientos ochenta delfines en Tierra del Fuego decidieron hace poco seguir igual destino, mientras que algo después setenta cachalotes corrían idéntica suerte en Nueva Zelanda. El suicidio en el mundo animal es más común de lo que pueda parecer. En 2009, veintiocho vacas y toros se lanzaron misteriosamente por un acantilado en Suiza, y es sabido que hormigas y termitas se rompen determinadas glándulas en un proceso autodestructivo llamado ‘autotisis’. Lo que no se sabía hasta ahora era que a otros colectivos, en este caso humanos, también les diera por el suicidio en masa. Al menos yo no tenía ni idea hasta que empecé a reparar en lo que ha pasado en el Partido Popular. Los primeros síntomas de tan asombroso proceder habría que buscarlos varios años atrás, cuando los populares contaban en sus filas con al menos cinco líderes tanto o más presidenciables que Rajoy. Sin embargo, como en la novela Diez negritos, de Agatha Christie, poco a poco comenzaron a sucumbir uno tras otro. Unos por soberbia, no pocos por corrupción, algunos por fuego amigo hasta llegar al páramo en que ahora se encuentra el partido. Aun así, y como en el caso de las ballenas, es difícil explicar por qué se producen tantos ‘suicidios’, sobre todo y más recientemente entre miembros del Gobierno. Hace unas semanas Dastis decidió dar la puntilla a su muy gris gestión como ministro de Asuntos Exteriores refrendando las declaraciones de su colega alemana con respecto a la decisión de los jueces de ese país en el caso Puigdemont. Más llamativamente aún Méndez de Vigo (ministro de Educación y también conseller del mismo ramo en Cataluña, no olvidemos) optó por poner fin a todo su predicamento al abandonar a su suerte a los padres que reclamaban el derecho a educar a sus hijos en castellano. Cataluña, obviamente, es la peligrosa playa en la que más cetáceos políticos han embarrancado, empezando por Soraya Sáez de Santamaría y terminando por Rajoy. El presidente del Gobierno, por ejemplo, con sus dos únicas estrategias, la de «existen dos tipos de problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución» y la de «como tengo razón no hace falta que haga nada, ya se ahorcarán ellos mismos con su propia soga», a punto está de pasar a la historia como uno de los gobernantes más suicidamente indolentes, cobardes e inoperantes que se recuerden. Y, por fin, el último cachalote en suicidarse -y de paso suicidar al Gobierno y a todos nosotros- ha sido Cristóbal Montoro cuando, para regocijo de los secesionistas y para que tomen buena nota los jueces alemanes, aseveró que «ni un euro de dinero público ha ido a financiar al independentismo». Pero este extraño fenómeno de pegarse tiros en el pie no afecta solo al Gobierno o al Partido Popular. El PSOE, por ejemplo, lo ha hecho eligiendo primero y, tras un sinfín de desastres, reeligiendo por segunda vez a Pedro Sánchez como líder, mientras que lo que está ocurriendo en Podemos es una mezcla entre la inmolación de los novecientos doce devotos de la secta Templo del Pueblo y las purgas de Stalin. Y tampoco fuera de nuestras fronteras faltan los desbarrancamientos en masa. Que se lo pregunten si no a los ingleses con su brexit o a los norteamericanos con Trump. Hay diversas hipótesis que intentan explicar por qué se suicidan las ballenas. Unas sostienen que se debe a fenómenos ambientales, otras que se trata de una sutil purga de la madre naturaleza. Ojalá la explicación sea esta segunda, pero mientras tanto nosotros, atónitos bañistas en una playa plagada de agonizantes cachalotes, vanamente intentamos reanimarlos a ver si recuperan el norte y no nos conducen a todos a embarrancar en parajes aún más ignotos.