Mañana empieza todo

Mi hermosa lavandería

Es como la vigilia de un examen, el día antes de comprar una casa (y firmar una hipoteca), la sensación de vértigo antes de empezar un nuevo trabajo y la excitación al emprender un largo viaje. Es ‘exhilarante’ y da miedo (y casi pánico) y sabes que no puedes escapar a él porque nadie te ha puesto una pistola para que lo hagas: eres tú, y tú sola, la que te has metido en este berenjenal. En esta lasaña de inquietudes y sombras y luces y sonidos y palabras y silencios y música. Empezar una película es eso y mil cosas más. Es sentirte con una responsabilidad abrumadora sobre un equipo de mucha gente con sus egos (tan grandes como el tuyo, quizá más frágiles), sus temores, sus dudas y sus ilusiones. Ilusiones que tú no puedes defraudar, pase lo que pase, porque de ello depende tu película, tu trabajo, tu vida… Es una construcción mental de la que no se habla en los cientos de seminarios sobre ‘cine y arquitectura’ que llenan los paraninfos de las universidades: una construcción hecha de líneas de pensamiento, de miradas, de emociones, de rectángulos que juegan en masas de color soñadas por Magritte o Sonia Delaunay o Joan Miró o De Chirico. Para ti es un edificio que ha crecido durante años en tu cabeza como un manoir del siglo XIX que ha sufrido cambios y reformas, pero que conserva un encanto arrebatador, y cuyo techo y cimientos y bodega deben ser de una solidez a prueba del tiempo y a prueba de todo. A veces pienso que me da más miedo este momento, antes de empezar, que el día mismo en que empezamos. Y dan igual las respiraciones y la meditación, los tranquilizantes, Schubert, el yoga, las tartas de limón, los paseos: todo el arsenal de técnicas de relajación a las que te agarras para que el corazón no se te desboque. Dan exactamente igual. Es algo más fuerte que la cabeza y la razón. Un rodaje no atiende a razones o planteamientos lógicos. Un rodaje es una guerra hecha de sutiles batallas diarias que desgastan como una gran contienda. Y si no desgastan, es que no es una guerra de verdad, es un simulacro. Algo que un rodaje no puede ser, por mucho que el simulacro sea parte de su esencia. Una vez, el día antes de empezar un rodaje, me sorprendí a mí misma en la habitación de un hotel de Madrid, preparando la maleta para irme: juro que, cuando quise darme cuenta y despertar de aquel trance, ya había empacado casi todas mis pertenencias y me vi reflejada (y enajenada) en el espejo del baño, recogiendo el cepillo de dientes y la pasta dentífrica y sin saber qué es lo que había hecho, aunque sí el porqué: estaba acojonada y mi subconsciente me gastó una jugarreta, quería huir de todo aquello y que pasara de mí aquel cáliz. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, no ha vuelto a pasárseme por la cabeza huir, pero el miedo, el vértigo, la ilusión y el abrumador sentido de la responsabilidad siguen ahí, incólumes. Porque mañana empieza todo. O lo que parece todo. Mañana.