Un restaurante en el cielo (III)

Reinos de humo

Les prometí volver con noticias, pero arriba la cosa va despacio. Dios no termina de decidirse. El mundo lo hizo en una semana y le sobró el domingo, pero supongo que en aquella época era más joven y tenía más ganas. A él le da un poco de pereza, aunque no lo reconozca, y el hijo, desde que regresó hace dos mil años, dice que a él ya lo crucificaron y no quiere más líos. El padre vivía muy bien y este asunto del restaurante se le está complicando. No ceden los Serafines y Querubines, dedicados a glorificarlo y alabarlo en su presencia, ni las Virtudes y Potestades, responsables del universo entero, lo ponen fácil. Está como Mariano, el pobre. Lo único que ya han descartado es hacer un ranking tipo 50Best por frívolo y por cansino eso del sube-baja. De momento, el lobby de los sumos pontífices está tratando de colocar a Bartolomeo Scappi, cocinero que lo fue de cinco papas y autor de uno de los grandes libros de cocina, Opera dell’arte de cucinare, que es éxito reciente –primera edición de 1570– y que, además de mil recetas que incluyen ya los productos nuevos que han venido de América, explica técnicas y herramientas. Abades, abadesas y priores andan tratando de colocar lo suyo. En el barrio español los mercenarios descalzos de Toro defienden el licor de hierbas aromáticas del padre Evencio, en pugna con los carmelitas de Benicassim y su licor carmelitano. Los cistercienses del Monasterio de la Oliva ya han vendido sus vinos tras novecientos años vendimiando, las clarisas de Belorado pondrán en los ‘petis’ sus trufas y cerillas del sacristán, y las adoratrices perpetuas de Berga, las más modernas, su repostería sin azúcar. Seguiremos informando.