¿Arte?

Pequeñas infamias

No hace mucho, dos noticias compartieron actualidad. La primera era esta: «El obispado de Málaga veta tres desnudos de la exposición del Palacio Episcopal». La segunda rezaba: «Grupos animalistas exigen al Guggenheim de Bilbao que retire Perros que no se pueden tocar y otras obras que contienen maltrato animal». Si uno continuaba leyendo descubría que el Obispado de Málaga, que tiene un acuerdo firmado con el Ayuntamiento para exponer arte en su sede, se valió de una de las cláusulas del contrato suscrito para pedir la retirada de dos obras: la titulada Custodia del cubata, una escultura que recrea con vasos el tabernáculo donde que se guarda la hostia en la liturgia católica; y Swimming Pools, una fotografía retroiluminada de tres desnudos femeninos frontales. El Obispado, que solo se enteró de la naturaleza de las obras cuando estaban ya montadas, argumentó que no le parecía que el palacio del obispo fuera el lugar más idóneo para su exposición, y que había otros más adecuados. Por supuesto, y de inmediato, los árbitros de lo que está bien y de lo que está mal se rasgaron profusamente las vestiduras ante semejante e «impresentable censura de la libertad de expresión». El autor de Swimming Pools, por su parte, reaccionó airado explicando que la señorita que flota desnuda está realizando una importante denuncia: «La tiranía del placer y la exaltación del disfrute caracterizada por el debilitamiento del poder de las instituciones colectivas». Ignoro qué quiere decir exactamente con eso. Pero el ojo de un observador lego como el mío lo que ve en las fotos es a una joven de color en una tan incómoda como –al menos en mi opinión– humillante actitud constreñida en un minúsculo tanque de agua sin que, al menos de momento, ningún colectivo femenino o antixenófobo haya puesto el grito en el cielo. «Toda imagen es política» –ha dicho el señor Dionisio Martínez, autor de la obra–, porque «se terminan empresarizando las imágenes e instrumentalizando la mirada». Tampoco me dan las meninges para comprender qué quieren decir estas doctas palabras, pero imagino que se refieren a algo similar a lo que denuncian los animalistas en la otra noticia que antes les mencionaba. Según se recoge en ella, los artistas chinos de vanguardia están empeñados en mostrar su capacidad para cambiar el paradigma del arte mundial. Lo más disruptivo del arte chino en estos momentos exhibe obras que incluyen antropofagia, coprofagia y la utilización de animales vivos en sus montajes. Como la antes mencionada, Perros que no se pueden tocar, por ejemplo, un vídeo que muestra el desgaste adrenalínico de ocho pitbulls que no logran entrar en combate al estar sujetos por arneses. O como en un segundo vídeo en el que unos cerdos con la piel pintada con pictogramas copulan durante horas. O en la instalación en vivo de nombre El teatro del mundo, en la que puede verse cómo conviven, luchan y se devoran insectos y reptiles dentro de un terrario. Las obras, recién llegadas del Guggenheim de Nueva York (donde, dicho sea de paso, se decidió retirarlas «para no herir sensibilidades»), aterrizan ahora en el Guggenheim de Bilbao. ¿Qué pasará con ellas? ¿Serán vetadas? ¿Se retirarán para no herir sensibilidades? Lo que me lleva a hacerme más preguntas: ¿qué sensibilidades es políticamente correcto herir y cuáles no? ¿Hay que poner el grito en el cielo porque en un terrario se pueda ver a lagartijas comiendo moscas y, en cambio, invocar la sacrosanta libertad de expresión cuando el Obispado de Málaga sugiere que ciertas obras están mejor expuestas en otras salas que no sean las suyas? Y, por encima de todas estas preguntas, sobrevuela otra que siempre me ha intrigado. ¿Qué es arte y qué no? Años atrás el arte tenía una relación tan directa con la belleza que hasta la persona menos instruida podía entenderlo y apreciarlo. En cambio, desde que en 1917 Marcel Duchamp tuvo –la entonces– brillante y revolucionaria idea de exponer su famoso urinario, cualquier cosa puede serlo, de modo que necesitamos que unos gurús santifiquen qué tiene valor artístico y qué no. Y se forran haciéndolo, claro, porque ¿qué sabemos el resto de nosotros, insensibles simples y estultos mortales?