Vivir sin redes

Animales de compañía

Aunque mis amigos conocen sobradamente (y espero que mis lectores también) mi aversión a las redes sociales todavía me tropiezo con gentes a las que sorprende que no tenga cuenta o perfil o como se diga en ninguna ‘red social’, tampoco guasá o guasó en el móvil. He descubierto, además, que el grado de estulticia o majadería de una persona puede medirse con exactitud milimétrica con tan sólo reparar en la reacción que muestra cuando sabe que no podrá encontrarme en ninguno de esos quilombos: el botarate sin remisión hace aspavientos, se carcajea, espanta o escandaliza; el mostrenco me mira con perplejidad, como si yo fuese un marciano; pero entre las personas inteligentes descubro siempre, tras la sorpresa inicial, un fondo de melancólica envidia.

Y no es para menos, porque la realidad es que sus vidas se han deteriorado mucho, desde que quedaron atrapadas en esa engañifa de las ‘redes’. Y no sólo sus vidas. Hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre: las redes sociales afectan a la inteligencia, la vuelven nerviosa y saltimbanqui, le impiden fijarse en la contemplación y en el estudio de las cosas. Tal vez por haberme quedado en la orilla, puedo distinguir mejor los efectos idiotizantes de estas redes o enredaderas en la conducta de las personas que me rodean: su atención está siempre distraída y como zarandeada por súbitas premuras; y su carácter se ha alterado, siempre para peor, tornándose más ansioso y desquiciado. Tengo amigos, durante décadas lectores empedernidos, que ahora son incapaces de mantener la concentración en la lectura durante más de media hora, acuciados por el timbre del cacharrito que les advierte que han recibido un nuevo mensaje, o que les han contestado al que mandaron. También conozco a personas de temperamento antaño bonancible (algunas muy famosas) que hoy están siempre crispadas, enredadas en trifulcas peregrinas y grotescas con sus seguidores u odiadores de Twitter, o frenéticas por no sé qué chuminadas politiquillas que antes les importaban un bledo (y ahora los tienen prendidos de la pantalla de su móvil). En los programas de televisión veo a los participantes prestando más atención a los merluzos que les dejan mensajes en su Twitter que a lo que en el programa se está discutiendo; e, inevitablemente, sus participaciones denotan distracción y despiste, a veces una absurda alteración (porque lo que el merluzo les ha escrito los ha sacado de sus casillas), amén de una expresión más tópica y mazorral (como inevitablemente ocurre cuando tenemos la cabeza en otra cosa).

Resulta, en verdad, muy llamativo que nadie hable seriamente de los efectos arrasadores de estas redes o enredaderas en el carácter y en la conducta. Basta viajar en tren o autobús y tener unas elementales capacidades de observación para comprobar que hay gente por completo rehén de estas hijas de Circe. He visto a perfectos imbéciles viajar al lado de chicas guapísimas con las que no cruzan una sola palabra, ocupados en atender compulsivamente toda la morralla que les llega al móvil; o bien no dignarse siquiera alzar la vista para contemplar por la ventanilla unas cumbres nevadas que a cualquier persona con una mínima sensibilidad invitarían a la meditación gozosa; y, en fin, constantemente veo a personas que, aunque se esfuerzan por leer, son incapaces de mantener la atención quieta en la lectura y constantemente –como si de un acto reflejo se tratase– necesitan distraerse con su móvil, consultar compulsivamente los puñeteros guasás o tuits y responderlos, o aguardar respuesta a los que han escrito. Es un espectáculo doloroso que mueve a la piedad; porque, aunque se trate de ocultar, detrás de estos comportamientos hay muy probablemente trastornos nerviosos no diagnosticados y tal vez también recónditas alteraciones en las sinapsis neuronales. De lo que no hay ninguna duda es de que la adicción a estas redes o enredaderas cambia el carácter de las personas, las desazona e incapacita progresivamente para actividades que exigen sosiego; y tampoco cabe duda de que detrás de su uso hay muchas inseguridades enfermizas, mucho morboso afán de notoriedad y protagonismo, mucho complejito sublimado y rebozado de jactancia o pavoneo. Lo he comprobado en diversas personas a las que conozco desde hace décadas y no necesito que ningún científico me lo confirme (mucho menos que ningún apologeta zascandil de estas redes o enredaderas me lo rebata). Pero esta evidencia gigantesca se oculta con oscuros propósitos.

Vivir sin redes es una gozada. Las chicas guapas (vale, y los chicos), las cumbres nevadas y los doctos libros están pidiendo a gritos que abandonemos esa cochiquera.

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