Los nombres del fracaso

MI HERMOSA LAVANDERÍA

El primer texto que escribí en mi vida que vio la luz pública fue una carta al director de La Vanguardia. Y el tema de la carta era una defensa de los que llegan segundos y terceros y hasta últimos en las carreras ciclistas. Recuerdo haberme sentido muy enfadada escuchando la retransmisión de una carrera ciclista, al oír al comentarista deportivo de turno burlarse de los eternos segundones y de los rezagados que llegaban horas después del ganador a la meta. Sin contárselo a nadie, escribí una carta a mano, la puse en un sobre y la eché al buzón. La publicaron a los dos días, ante el asombro de mis padres. Tenía once años. Y la publicación de esa carta fue una revelación en mi vida: sentí por primera vez el escalofrío de formar una opinión en mi cabeza y el placer de manifestarla y compartirla. Recuerdo que mi abuelo José me felicitó y me dijo algo que no se me olvidará en la vida: que los fracasados son aquellos que nunca intentan nada, que es una convicción que me acompaña hasta hoy. Me he preguntado muchas veces en mi vida qué es el fracaso y por qué me he sentido fracasada en múltiples ocasiones: en mi caso, lo atribuyo a una idea extremadamente elevada de lo que es el éxito y a que me pido a mí misma demasiado, todo el tiempo. Con la edad, esta idea absurda de lo que es el éxito se ha ido desdibujando y me queda tan sólo una aspiración: hacer lo que me da la gana todo el tiempo, y ya considero un éxito hacerlo el setenta por ciento de este. Si lo hiciera el cien por cien del tiempo, igual me daba un ataque o ‘parraque’ (término que me fascina e intento utilizar siempre que puedo).

Son muchas las personas a las que se califica de fracasadas. En nuestra pintoresca (se me ocurren calificativos más fuertes, pero vamos a dejarlo…) arena política, todo el mundo acusa al contrario de fracasado y a sus logros de fracasos. El caso del todavía por confirmar candidato a la alcaldía de Barcelona Manuel Valls resulta muy significativo. Nunca se ha visto una unanimidad tan total y absoluta a la hora de calificarle de ‘fracasado’ entre todos los políticos catalanes. No conozco al señor Valls, pero si sé que nació en Barcelona, es licenciado en Historia y fue primer ministro de Francia, país por el que siento una gran admiración, durante dos años. También sé que hace unas semanas puso los puntos sobre las íes a un grupo de burgueses catalanes que han jugado a dos barajas de una manera absolutamente vergonzosa y por cuyo silencio cobarde y cómplice estamos donde estamos.

No siento simpatía por la formación a la que hipotéticamente representaría Valls, pero francamente un hombre que ha llegado a primer ministro de un país altamente civilizado, sin siquiera haber nacido en él, me parece un exitazo. Lo que es un fracaso es despreciarlo e intentar humillarlo sin siquiera escuchar sus ideas. Esa obcecación estúpida, esa cerrazón, ese cacareo lleno de inquina, eso sí es un enorme fracaso.