Una entrevista

Animales de compañía

Hace un par de semanas me entrevistó Pablo Iglesias en su programa Otra vuelta de tuerka. En los días sucesivos recibí diversos mensajes de majaderos, escandalizados de que me hubiese dejado entrevistar por tan peligroso comunista. Aunque lo más desternillante eran los delirios paranoicos que habían urdido: había quien consideraba que estaba tratando de postularme como futuro ministro o al menos diputado de Podemos; había quien consideraba que yo siempre he sido un comunista camuflado, encargado de pastorear a los católicos despistados hasta los rediles de una ideología que anhela exterminarlos; y no faltaba, en fin, algún tarado conspiracionista que veía en la entrevista un contubernio urdido por el papa Francisco.

Algunos de los majaderos que me dirigieron estas cartas se presentaban como seguidores fervorosos de mi obra; y me anunciaban (con enternecedor rasgo chantajista) que desde ese mismo instante iban a dejar de comprar mis libros. ¡Cuán raros seguidores, que se indignaban de que entrevistasen a un escritor que tanto aprecian! Jamás me habían escrito indignados de que en muchos medios me ninguneen; en cambio, que Pablo Iglesias me entrevistase se les antojaba delator de oscuras intrigas. Pero tales delirios sólo los pueden concebir personas fanatizadas, convertidas en tristes sacos de pus, que han encontrado en Pablo Iglesias la diana de sus odios viscerales y en la causa (imaginaria) de sus desgracias. Más les valdría revolverse contra quienes los fanatizaron, entre quienes encontrarían a los auténticos causantes de sus desgracias.

Confieso, sin embargo, que cuando mis editores me dijeron que Pablo Iglesias había pedido entrevistarme me amedrenté. No se me ocurrió pensar que en su petición se escondiese alguna intriga o contubernio delirante, sino más bien que a través de la entrevista quisiera zurrarme de lo lindo. Yo había visto las entrevistas muy interesantes que para este mismo programa Pablo Iglesias había hecho a dos escritores amigos, Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria; pero ambos eran de la misma ‘cuerda’ que el entrevistador y estaban a partir un piñón con él cuando los entrevistó. Luego habían surgido entre ellos desavenencias políticas muy enconadas; así que, cuando llamé a Alba Rico y Fernández Liria para consultarlos, esperaba que me desaconsejasen acudir al programa de Pablo Iglesias, incluso que aprovechasen para ponerlo como chupa de dómine, azuzados por el rencor. Pero mis amigos, que son gente sin mezquindad, me disuadieron de que la entrevista pudiese ser una trampa o encerrona; y me aseguraron que a Pablo Iglesias sólo lo guiaba una genuina curiosidad o aprecio intelectual por sus invitados.

Así y todo, reconozco que acudí a la entrevista un tanto escamado, todavía merodeado por los prejuicios. No acababa de creer en aquellas intenciones ‘genuinas’ que mis amigos habían adjudicado al entrevistador. Llevándome a su programa, Pablo Iglesias no obtenía beneficio alguno: quienes lo tachan de sectario y fanático no iban a dejar de hacerlo; y entre su parroquia (como ocurre en todas las parroquias) habrá personas sectarias y fanáticas a quienes disguste que me entreviste (y hasta lo amenacen, con enternecedor rasgo chantajista, con dejar de votarle). Además, yo no era persona poderosa de la que pudiera sacar tajada o rédito (y, en cambio, podía sacar perjuicio y baldón); tampoco tengo aureola de prestigio en ámbitos sistémicos; y me recubre una mugre de deformaciones caricaturescas que a muchos lacayuelos impulsa a alejarse de mí, por temor al contagio. Por todo ello el gesto de Pablo Iglesias me pareció de una insólita grandeza.

Y la entrevista que me hizo fue una de las mejores –si no la mejor– que nunca me hayan hecho: respetuosa y cordial, muy bien documentada (y aquí debo felicitar a su equipo), pulsando las teclas de mis inquietudes sin crispaciones ni resabios, sin esa petulancia hostigadora de tantos entrevistadores que quieren imponerse sobre su entrevistado a toda costa. Pablo Iglesias, aparte de confirmarme que es un político infinitamente más culto que casi todos sus coetáneos, mostró una generosidad y un genuino interés que debo reconocer paladinamente –nobleza obliga– ante las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan. Y ahora, por supuesto, algún conspiranoico delirante deducirá que Pablo Iglesias me entrevistó para que yo a cambio le dedicase uno de mis artículos, más influyentes –como todo el mundo sabe– que los editoriales del New York Times.