Luchar, nacer, morir

Mi hermosa lavandería

Durante los más de cuarenta años de lucha en la selva, a las guerrilleras de las FARC en Colombia se les prohibía tener hijos. Muchas mujeres pasaron hasta por diez abortos (algunos en un estado muy avanzado) y otras que llevaron a término sus embarazos fueron obligadas a abandonar a sus hijos. Hoy, tras el acuerdo de paz, se ha producido un baby boom en la selva colombiana y las mujeres exguerrilleras están dando a luz a multitud de niños, como si intentaran resarcirse del tiempo en el que un embarazo era el equivalente a un crimen antimarxista. Lo mismo sucede en comunidades amenazadas que recuperan la paz o en las que simplemente se restaura un mínimo orden de convivencia. Los niños vienen al mundo como pedazos de una esperanza que se creía sepultada debajo de la guerra y la catástrofe. Lo mismo ocurrió después del tsunami o después de las inundaciones en New Orleans o después de la Segunda Guerra Mundial. Las personas se lanzan al sexo y a la reproducción como si no hubiera un mañana, justo porque quieren creer que hay un mañana. Y esa ha sido la tendencia de la humanidad, más o menos desde que los neandertales se angustiaban y se deprimían y a veces hasta se enamoraban. Somos todos terrícolas, que estamos en este planeta porque nuestros antepasados se lanzaron a esa «lucha por el amor y la gloria» de la que habla la canción As time goes by, que tocaba Sam a petición de Humphrey Bogart en Casablanca.

En el otro extremo están los que deciden abandonar la vida, antes de que llegue su hora, suicidándose. Es muy difícil, incluso para aquellos que hemos pasado por depresiones profundas, entender el mecanismo que lleva a un hombre o a una mujer a quitarse la vida. Se puede atribuir a mil factores diferentes: drogas, alcohol, decepciones, enfermedad mental, angustia, pena profunda, ataque de pánico… pero salvo en casos muy contados –aquellos que sufren terribles enfermedades irreversibles– resulta casi imposible desde fuera (y estamos fuera de la mente del otro, lo queramos o no) leer e interpretar los signos que indican que alguien está pensando seriamente en acabar con su vida. Cuando leí que Anthony Bourdain se había suicidado, no podía dar crédito y aún días después me costaba creerlo. ¿Suicidado un hombre que parecía tener un apetito insaciable por la vida, por los placeres, las cosas, los lugares? ¿Un hombre capaz de arrastar a Obama a un antro de Saigón a comer noodles y beber cerveza? ¿Un hombre sexy, ingenioso, irónico, rico, divertido, que parecía no tomarse demasiado en serio? Y, sin embargo, ahí está su muerte, y entre ella y los bebés que nacen en la selva colombiana, cuyas madres fueron privadas por decreto de la posibilidad de ser madres durante decenios, se abre un abismo plagado de esperanza y de derrota. De pasión y de dolor. De amor y de gloria.