La calidad silenciada

Animales de compañía

Suele decirse que en arte la calidad acaba imponiéndose. Creo que es una afirmación completamente falsa, que al artista le conviene aceptar para consolarse si el éxito y el reconocimiento se le muestran esquivos (pues le permite creer que algún día, allá en un futuro borroso, su esfuerzo será finalmente reconocido); y para justificarse si se le muestran halagüeños. Pero lo cierto es que, en cualquier época de la historia, muchas obras de arte de calidad han obtenido como única recompensa la postergación, el olvido, incluso la extinción física. La obra de muchos grandes poetas de la Antigüedad ha llegado hasta nosotros en añicos (o ni siquiera ha llegado); y hay grandes películas de la época del cine mudo de las que han desaparecido todas las copias. Quienes hayan hojeado periódicos viejos, para documentar alguna tesis o trabajo de investigación, se habrán tropezado cientos de veces con textos muy valiosos de autores que hoy nadie considera.

Las posibilidades de que las obras de calidad se impongan son hoy menores que nunca, en contra de lo que muchos ingenuos creen. Nunca como hoy los gustos han sido formados de forma tan gregaria, nunca las modas han impuesto su tiranía de modo más feroz, nunca el didactismo crítico ha favorecido tanto la exaltación de los artistas que son fácilmente clasificables y la condena al silencio de los excéntricos. Lo pensaba el otro día, mientras presentaba en Barcelona Sinfonía en rojo (Fundación Banco Santander), un libro en el que he reunido diversas obras –poemas, cuentos y novelas, artículos periodísticos, etcétera– de Elisabeth Mulder (1904-1987), una magnífica escritora barcelonesa que murió en el olvido y que en el olvido –pese a algún intento tímido de rescate– ha permanecido desde entonces. Hay muchas razones ‘sociológicas’ que explican ese olvido: fue una autora sin adscripción ideológica alguna (no participó de la algarabía republicana, tampoco de las fanfarrias del franquismo, ni recibió con el consabido alborozo la democracia, pero tampoco mostró oposición a ninguno de estos regímenes políticos), no se alistó en las sucesivas modas que en la posguerra sirvieron para encumbrar escritores (novela tremendista, novela social, novela vanguardista, etcétera), no reivindicó su ‘condición de mujer’, ni su ‘catalanidad’, ni ninguno de esos banderines de enganche que ahora tanto se estilan, para mendigar tal o cual cuota. Y así todos se pudieron permitir la perfidia de ignorarla.

Pero era una escritora de una calidad fuera de lo común. En esta Sinfonía en rojo que he preparado se contiene una bellísima novela corta, titulada La historia de Java, que para mi gusto es una de las más grandes obras de la literatura española del siglo XX. Es la historia (apta para todos los públicos, pues a todos les propone claves y les lanza discretos venablos) de una gata arisca que «arañó unas manos torpes que la oprimían sin dulzura y sin respeto, sólo con esa crispatura posesiva de la admiración grosera». Contada desde el punto de vista de la propia gata, La historia de Java tiene una alta intensidad lírica, una respiración poemática que se mueve entre el simbolismo y las vanguardias; y nos ofrece una radiografía secreta de la propia autora, una mujer que siempre se sintió «extranjera en cualquier parte». Cuando uno empieza a leer la historia cree hallarse ante un relato infantil; pero poco a poco descubre en ella una sutil parábola sobre la búsqueda de independencia y soledad, logradas a veces a costa de dolorosas renuncias. Cuando leí por primera vez La historia de Java, hace más de veinte años, me sorprendió que no hubiese sido encumbrada como uno de los más altos ejemplos de prosa poética de nuestra literatura. Y, leyéndola hoy, me sorprende todavía más que nadie se haya preocupado de reivindicarla durante todo este tiempo; pues habla de cuestiones –muy espinosas para la época– que atañen muy especialmente a las mujeres.

Pero Elisabeth Mulder se quedó en tierra de nadie: fue una escritora catalana que escribió siempre en castellano, fue una feminista que abominaba de las cárceles ideológicas, fue una escritora que abogaba por una literatura de introspección psicológica y ambientación cosmopolita. De su calidad literaria nadie podía sacar tajada ni provecho: no servía para enarbolar banderas ni avivar camarillas, no servía a nadie como coartada ni como señuelo de modas. Y así su calidad fue tranquilamente silenciada, lentamente estrangulada, hasta que su desaparición del mapa de nuestra literatura fue completa. Pero la publicación de esta Sinfonía en rojo nos devuelve a una escritora excepcional que recomiendo muy encarecidamente.