Lisboa

Reinos de humo

No todos los hombres se sobreponen del mismo modo cuando la vida no lo pone fácil, ni todas las naciones. Si hay una capaz de tirar para adelante sin quejarse, esa es la portuguesa. No habrán visto a muchos portugueses arrugarse en las panaderías caraqueñas que siempre regentaron, ni cuando tocó ir a España a hacer los trabajos más duros, ni en los tiempos de la pesca del bacalao en Terranova, a donde acudían, incluso en grandes veleros, hasta 1972. Me emocionaba leer las historias de las pequeñas embarcaciones, los doris, con los que pescaban los mejores ejemplares en las aguas someras en las que no se podían adentrar los modernos arrastreros, las duras vidas de hombres solos todo el día en una chalupita sobre aguas heladas sacando bacalaos de uno en uno con anzuelo hasta que conseguían llenarla o amenazaba la noche. Ahora que tras la penúltima crisis el país tira una vez más para adelante, hay alegría en Lisboa, esa ciudad a la que volver siempre es lo mismo y siempre es distinto. Las casas de comida bullen y el cuidado por la cocina es ya una empresa colectiva. Nunca hubo un marco más inspirador para un restaurante que Lisboa, pero en los últimos años se ha superado el simple tipismo y, por contagio de los jóvenes chefs, se extiende el gusto por volver a ser auténticos y deliciosos. Jose Avillez o Henrique Sa Pessoa, por citar solo a dos de los más destacados, demuestran que el destino o el fatum, esa expresión del determinismo que condena a la tristeza y la saudade, pueden ser cosa de otro tiempo.