El pensamiento guay

Pequeñas infamias

Son tantas y tan sonadas las cosas que pasan últimamente que no sé si han tenido oportunidad de comentar con sus allegados un hecho menor, pero para mí sintomático, ocurrido hace un par de semanas. No tiene la trascendencia histórica del tan inesperado como copernicano cambio en el mapa político español. Tampoco la relevancia trágica del problema de la inmigración, ni produce la zozobra asombrada de las sucesivas extravagancias de Donald Trump. El hecho del que hablo es solo una anécdota, todo lo más un síntoma. Me refiero a lo ocurrido en Francia durante la ceremonia del aniversario del célebre mensaje que Charles de Gaulle dirigió al país durante la Segunda Guerra Mundial. Un adolescente entre la multitud saludó al presidente Emmanuel Macron con un «¿qué pasa, Manu?». Este, en vez de fingir que no oía y seguir de largo (imagínense la cantidad de lindezas nada edificantes que por lo bajini, o no tan por lo bajini, oirá un político en esas circunstancias), como digo, en vez de hacerse el sordo, con lo fácil y poco comprometido que es, se detuvo en seco. Se acercó al muchacho para recordarle que estaban en una ceremonia oficial, que podía hacer el imbécil, pero que ese día tocaba cantar La marsellesa y el Canto de los partisanos. También le indicó cómo tenía que dirigirse a él, llamarlo ‘señor’ o, mejor aún, ‘señor presidente’. Antes de seguir su camino le señaló que las cosas se hacen por su orden y que, antes de hacer la revolución, convenía sacarse un diploma y poder alimentarse por sí mismo. Más tarde ya podría ir por ahí a dar lecciones a los demás. La noticia se hizo viral y, tal como era de esperar, surgieron comentarios para todos los gustos. Los jóvenes, como es lógico, tendieron a opinar que Macron se había pasado siete pueblos echándole un broncazo en público a un chico por el simple hecho de dirigirse a él del mismo modo desenfadado y coloquial con el que ellos hablan a sus profesores o a cualquier otro adulto. Los viejos como yo nos dijimos que qué suerte que una persona tan joven (apenas 40 años) hubiera dicho lo que tantos de nosotros no nos atrevemos a decir a los chicos, so pena de quedar como trogloditas. O como un fascista, descalificación polivalente y multiuso que hoy en día le lanzan a uno a gogó y que tiene un efecto paralizante, delicuescente, que suele dejar mudo a quien lo recibe. Pero, además de estas dos posturas tan comprensibles la una como la otra, existe una tercera, que me resulta cargante y es la de aquellos que cultivan lo que podríamos llamar ‘el pensamiento guay’. El pensamiento guay consiste en opinar no lo que uno piensa, sino lo que cree que piensan los demás. El pensamiento guay es, por ejemplo, decir, como oí hace poco a un amigo, que a él le encanta el pulpo con pimentón, pero que se está «quitando de comerlo» por solidaridad con los cefalópodos (sic). Y en el caso que nos ocupa, el pensamiento guay es decir que Macron es un troglodita y también un fascista (recuerden, siempre queda superguay añadir este adjetivo de propiedades taumatúrgicas) por no respetar los derechos del chico que lo llamó Manu. Porque otra de las manifestaciones del pensamiento guay es argumentar y repetir como un mantra que todos somos iguales, sin reparar en que, en efecto, todos somos iguales ante la ley y tenemos derecho a las mismas oportunidades. Pero en el resto de los órdenes de la vida es evidente que no somos iguales. Hay personas estudiosas y zotes, respetables y miserables, buenas y malas, generosas y cicateras, provechosas y aprovechadas. Y hay por fin personas guays y personas que dicen lo que piensan. Aunque estas son cada vez más escasas. O tal vez sea que se ocultan, como los cefalópodos.