Lista de morosos

Animales de compañía

Desde hace algún tiempo, la Agencia Tributaria hace pública una ‘lista de morosos’ que adeudan al erario público cantidades ingentes de dinero. La aparición anual de esta lista siempre es saludada con alborozo por los medios de adoctrinamiento de masas, que espigan entre el mogollón de personas físicas y jurídicas que allí se congregan, en busca de nombres de famosetes que puedan airear, a modo de carnaza, para disfrute de las masas cretinizadas.

A nadie que no sea completamente memo se le escapa que, al publicar estas listas de morosos, la Agencia Tributaria está incurriendo en la más burda y demagógica propaganda. Con estas listas de morosos consigue, por un lado, presentarse como una implacable policía de defraudadores; por otro, brinda alivio a la envidia de las masas. Pero lo cierto es que tales listas no son más que un señuelo: la inmensa mayoría de los auténticos defraudadores no aparecen en ellas, pues son personas tan poderosas y escurridizas que pueden burlar fácilmente las pesquisas de la Agencia Tributaria (y quién sabe si los que más defraudan no tendrán también la capacidad de poner de rodillas a la Agencia Tributaria); y muchos de los morosos que en estas listas aparecen no son ni siquiera defraudadores, sino simples deudores, algunos de los cuales –por cierto– han recurrido ante los tribunales por considerar que se les reclama dinero injustamente, o consideran que la cantidad que adeudan es mucho menor. También figuran en estas listas, según hemos podido comprobar, muchas empresas quebradas o en concurso de acreedores. ¿Qué sentido tiene incluir en estas listas de morosos a personas que están pleiteando contra Hacienda o a empresas en proceso de liquidación? Ninguno, salvo que aceptemos que la publicación de estas listas cumple una mera función propagandística; y también –como ocurre siempre con la propaganda– de ocultación de otras lacras más sombrías.

Señalaba Max Scheler que la sociedad donde más florece la envidia es aquella en que los derechos políticos y la igualdad social, públicamente reconocidos, coexisten con diferencias muy notables en la riqueza y el poder efectivos; o sea, una sociedad democrática en la que cualquiera tiene derecho a compararse con cualquiera y, sin embargo, no puede compararse de hecho. La democracia, en efecto, es un régimen político fundado sobre el pecado de la envidia (o, dicho más finamente, sobre la conversión monstruosa de ese pecado en virtud pública). Así lo reconoce, por ejemplo, un pensador tan irreprochablemente democrático como Fernando Savater, quien llega a afirmar sin rebozo que la envidia «sirve para vigilar el correcto desempeño del sistema». Pero, a su vez, el sistema necesita evitar que esa envidia se desmadre (pues, de lo contrario, la democracia entraría en una dinámica revolucionaria destructiva); para lo que necesita someterla a diversos métodos de control, a veces encauzándola hacia donde interesa, a veces concediéndole pequeños desahogos y satisfacciones. Y esta es la razón por la que la Agencia Tributaria publica estas listas de morosos, que a la vez que encauzan la envidia en la dirección correcta (resulta curioso, por ejemplo, que en cambio no publique lista alguna de ‘amnistiados’ fiscales), convierten en diana del escarnio público a un puñado de famosetes, brindando a las masas cretinizadas un cetrino consuelo: «Es verdad –nos dicen– que el cantante Fulanito o la presentadora televisiva Menganita llevan una vidorra a la que vosotros jamás podréis aspirar, con vuestro sueldo birrioso; pero, mirad, tampoco seréis sometidos a este escarnio público. Disfrutad del espectáculo, pobres imbéciles».

Y el hecho es que disfrutamos un montón, pues nuestra envidia halla satisfacción, mientras el famosote de turno es humillado. Disfrutamos tanto que ni siquiera advertimos cuán aberrante es que el buen nombre de una persona que tal vez ni siquiera haya defraudado sea entregada al escarnio público; disfrutamos tanto que ni siquiera advertimos que al defraudador –como a otro cualquier delincuente– debe exigírsele una reparación, incluso una condena de cárcel, pero no se le puede estigmatizar públicamente, no se puede arrojar sobre su fama un baldón vitalicio. Pero estas desmesuras son inevitables allá donde la envidia es encumbrada como virtud pública; pues las bajas pasiones, una vez azuzadas, ya no las puede aplacar la justicia, sino tan sólo la venganza, el orgullo dañino, el furor puritano y censorio. Quienes manejan el cotarro saben bien lo que hacen.