Nuestro melón

Reinos de humo

El pobre melón nuestro le ha tocado duro en la vida. Lo que tiene no haber nacido con una pajarita imaginaria de fruta aristocrática como las frambuesas o exótica como las piñas; lo que tiene que te hayan vendido mayormente a pie de carretera. Qué difícil es hacerte una imagen acorde a tu valía cuando te apilan en montañas bajo la canícula de esa España de carretera general. Y todo porque esa piel dura y fuerte que debería ser una bendición del cielo te resta delicadeza. No sé si habrá ya algún movimiento o asociación para defender la discriminación en el mundo hortofrutícola, pero si no ya va siendo hora. Deberían empezar por exigir la prohibición de venderlo en pilas y que su nombre deje de ser un apelativo para los tontos. Alguien les debería ayudar a recuperar la autoestima a los melones verdes españoles, los piel de sapo, los rochet o los de Villaconejos, que pese a sus orígenes plebeyos, cuando están madurados en la tierra, no tienen rival. Ni el melón cantalup, ni el de la galia, ni el amarillo, ni el western shipper le llegan al tobillo. Tendrían que ver cómo se relamen los americanos y los orientales cuando les cae una buena raja madura de uno de los nuestros, plenos de agua, con ese azúcar de síntesis de cientos de horas de sol de justicia. Para mí, un verano sin melón es un verano mutilado, así que me aplico en cuanto están en su punto para que me sepan mejor las vacaciones. No digo yo que haya que hacer como en Tokio, que cuidan los melones como si fueran un hijo único y los crían cuadrados y se los regalan unos a otros después de pagar 150 euros, pero de ahí a lo nuestro… Disfrútenlo mucho y feliz verano.