Cosas de la edad

Mi hermosa lavandería

Todo lo que sabemos sobre el paso del tiempo es que, por mucho que uno diga que la alternativa a cumplir años es francamente nefasta, poca gente afirma amar su edad cuando esta es ya manifiestamente provecta. Cuando era una niña, detestaba serlo y siempre me ponía años. Ahora mismo, una ola de incredulidad me invade cuando veo lo que pone mi documento de identidad. La cifra me impresiona y, como sé que impresiona también al que tengo enfrente, procuro que quede claro que a mí misma me impresiona más. Sé que sigo viva y despierta y abierta al mundo y que, en días buenos, alguien puede echarme dos o tres años o cinco menos. Pero espero con inquietud el día que mi edad real me alcance y ya no me suelte: sé que está ahí agazapado, sé que llegará. Como ya dijo Montaigne en uno de sus más amargos ensayos, el problema de envejecer es que uno continúa siendo joven. Y un día una persona arrugada, encorvada, confusa y ajena nos devuelve la mirada reflejada en un escaparate y nos damos cuenta de que no es un o una transeúnte, sino nosotros mismos. Y cuesta conciliar esa imagen que de nosotros tenemos con ese ser que se acerca peligrosamente a la fragilidad y al encogimiento.

Sin embargo, en algunos momentos, sin que lo busquemos, aparece en nosotros el niño de cinco años, la adolescente de catorce, el joven de veintitrés. Nos invade una rabia sorda que, si no fuera porque sufrimos de las rodillas, nos empujaría a tirarnos al suelo en cualquier lugar y empezar a patalear, como un niño cuyos padres se empeñan en llevar de compras a un centro comercial el día que empiezan las rebajas. Otras veces, una canción, un olor, una palabra nos llevan a otros momentos de la vida: al momento en que descubrimos a Mahler o a Bioy Casares, o a Cezanne, o a los Talking Heads. Por un momento, vemos y oímos el mundo con ojos nuevos y oídos nuevos. Perdemos la molesta sensación de dejà vu, de que cuando los otros van nosotros hemos ido y vuelto mil veces, dejamos de ser seres cautelosos, resabiados, desconfiados, se nos repliega el rictus de la amargura, se nos alisa el entrecejo. Nos elevamos por encima de los años y las maneras y las convenciones: por unos instantes brillamos sin edad y sin límites.

En mí, confieso que son más comunes los momentos de rabieta: cada vez que veo las caras de Trump, de Orban, de Salvini o de Torra, me tiraría al suelo golpeándolo con los puños con furia. No lo hago, claro está, y me limito a musitar para mí: «¿Pero qué mierda es esta?, ¿pero qué clase de mierda es esta?». A esto nos reducen los tipos que mandan ahora mismo: no hay resquicio posible para el sentido común, la decencia, la empatía, el honor: todo lo que desearías es darles un puñetazo o varios. Supongo que la manera en que controlo mi espanto sin soltar improperios y no alzo la voz ante los extraños es la señal inequívoca de que he entrado en la madurez con muy mal paso