La casa del lago

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Lake Wolf es una pequeña comunidad de unas cien casas situadas en las orillas de un lago privado, en el condado de Sullivan, al norte del Estado de Nueva York. En esta quietud, resulta difícil de creer que apenas dos horas separan este lugar verde, silencioso, privilegiado, de la gran urbe ruidosa, sucia y bochornosa. Sólo si tienes una casa aquí tienes derecho a nadar en este lugar, a cruzarlo en kayak o en bote a motor eléctrico: las embarcaciones de gasolina están prohibidas. Se respira una calma total en este lugar. No parece que nada pueda suceder aquí: los ciervos cruzan la carretera que rodea al lago, sin inmutarse por los escasos coches o los aún más escasos paseantes; las ardillas roban la comida que los habitantes del lugar ponen en los comederos de pájaros; los mapaches, los hurones y los castores campan por doquier. Hay un local social donde los viernes dan batidos de helado gratis a los niños y se proyectan películas. La tienda más próxima, una de esas tiendas donde se puede encontrar desde un sticker irónico contra twitter hasta trampas para ratones y helados de todo tipo, está a unos seis kilómetros, en Rock Hill, una ciudad donde sólo hay una pizzería, una tienda de licores y una peluquería, diseminadas en una ‘maracha’ de carreteras y accesos a la autopista que lleva directamente a  Nueva York.

Todos se conocen aquí y cuando, como es nuestro caso, estamos de prestado, aquel que nos ha prestado la casa tiene que avisar de que no somos unos intrusos, sino gente de bien, que por unos días compartirá la beatitud de este lugar magnífico. Ya nos han saludado los vecinos que tenemos a ambos lados, que ya recibieron la llamada de nuestra anfitriona. Nuestra casa es más modesta: un salón-cocina, un dormitorio, un baño, un porche. Pero la vista es increíble: la casa se abre al lago y los atardeceres son nuestro espectáculo de cada día, así como los amaneceres, cuando una ligera bruma empieza a levantarse y el agua y el cielo se confunden en colores ámbar y dorado.

No es una comunidad de millonarios: las casas aquí oscilan entre los 200.000 y los 300.000 dólares, comparativamente mucho más baratas de lo que las casas en un lugar así costarían en España, cerca de Madrid, Barcelona o cualquier gran ciudad. Son segundas residencias de médicos, profesores, empleados de banca, abogados… Cada mañana nadamos en el lago y cada uno de nosotros, a su regreso, se dedica a escribir: estamos aquí para eso. Tenemos plazos que cumplir, mucho que escribir y en la ciudad es más y más difícil concentrarse, estar presente, sin que el calor, la calle, las luces, la gente, nos proporcionen excusas para escabullirnos. Aquí están el lago, la luz y los ciervos y nosotros dos en extremos opuestos del terreno con nuestros respectivos ordenadores, intentando avanzar poco a poco en la escritura. Pero hoy el calor aprieta y sólo se está a gusto en el agua y bebiendo cerveza fría y, después de tres páginas que he compuesto trabajosamente, siento que el día ya no va a dar más de sí y que, después de todo, estoy de vacaciones, ¿no? Así que cierro el ordenador y le digo a mi compañero que, por hoy, me retiro y que lo espero en el agua.

Mañana será otro día.