‘Un viento raro’

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Una de las decisiones más arduas para el escritor, cuando remata sus libros, es elegir la persona a la que se lo dedica. Aunque a simple vista parezca un trámite banal, dedicar un libro es la ofrenda máxima que el escritor puede hacer, porque en esas escuetas palabras se compendian muchos desvelos, muchas zozobras, muchos sacrificios ímprobos. En cada libro, el escritor se abre en canal, se confiesa y se vacía, encuentra su consuelo y su exorcismo; en los muchos meses, a veces años, que tarda en concebirlo, en moldearlo espiritualmente, en familiarizarse con sus criaturas, en acompañarlas por los meandros tormentosos de la vida, el escritor vive una aventura jubilosa y desgarradora, una expedición erizada de vértigo en la que a un tiempo visita simas infernales y asciende hasta cumbres celestes. Y todo este tumulto de vida doliente y exultante el escritor se lo regala a su dedicatario, como si le regalara un trozo de sí mismo, con su porción de alma en vilo y sus vísceras palpitantes.

Me ha emocionado mucho que un amigo me haya dedicado su última novela, porque nadie como yo sabe lo que en ese regalo se encierra. Y lo ha hecho con unas pocas palabras muy hermosas (y a la vez trágicas) con las que ha tratado de retratarme, que son además palabras escritas en griego, las palabras evangélicas que retratan a San Juan Bautista: Φωνὴ βοῶντοςἐν τῇ ἐρήμῳ. «Voz que grita en el desierto», así me designa mi amigo Enrique Álvarez en la dedicatoria de su novela última, Un viento raro (Eolas Ediciones), tal vez porque él también lo es, aunque su voz sea menos áspera y destemplada que la mía. Y, como voz que grita en el desierto, Enrique Álvarez conoce las piedras que hacen oídos sordos, conoce los cielos sin lluvia que nunca refrescan los labios, conoce el veneno de los escorpiones y los áspides que abandonan sus madrigueras de noche, sin ser notados, y nos muerden, aprovechándose de nuestra soledad. Enrique Álvarez ha probado el mordisco de estos áspides y escorpiones; ha probado, sobre todo, el eco amargo de las palabras que nos golpean como una bofetada en las mejillas cuando no encuentran destinatario. De ahí que su dedicatoria tenga para mí un valor incalculable. Gracias, querido hermano del desierto.

Un viento raro, la novela que Enrique Álvarez me ha dedicado, cuenta una historia casi invisible (tan invisible como el Espíritu, que sopla donde quiere), protagonizada por Menchu, una mujer desesperadamente sola, sometida a las esclavitudes que nuestra época confunde con conquistas de la libertad. Mendiga de un amor que siempre pasa de largo o sólo se queda con ella un rato, dejándola todavía más sola y magullada de lo que ya estaba, Menchu se queda atrapada en las redes de una relación adulterina que acaba revelando paisajes de sordidez y víctimas colaterales; y logra finalmente redimirse de un modo misterioso e imprevisto. Un viento raro es una novela que postula un tipo de realismo que pudiéramos llamar verista, o ‘aliterario’. A Enrique Álvarez no le gusta interponer entre la peripecia de sus personajes y el lector el ruido del lenguaje, tampoco los artificios de una trama hinchada y rocambolesca; a Enrique Álvarez le gusta escribir novelas muy adelgazadas, no librescas, que parecen películas tomadas del natural. Por supuesto, las películas tomadas del natural pueden ser tan horrorosas como las películas más artificiosas o artificieras (y lo mismo ocurre con las novelas que se pretenden veristas y despojadas), pues nada resulta tan difícil como copiar la vida y que la copia no parezca momificada, como les ocurre a esos horrendos (y tan encomiados) pintores hiperrealistas, que retratan un mundo desangelado y fiambre, un mundo sin alma en el que ha dejado de soplar el Espíritu. Para ser un buen novelista al natural hay que saber crear personajes que no parezcan inventados, personajes que parezcan personas de carne y hueso y, sobre todo, personas con alma, personas que transparenten la acción del espíritu, sensibles a los soplos y a los silbos amorosos, como dijo el poeta místico.

Y esto es lo que Enrique Álvarez consigue en Un viento raro, con una historia casi invisible que tiene la fuerza de una revelación, encarnada en personajes que aman y sufren, se desengañan y consuelan como cualquiera de nosotros. Decía Borges: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído». Con más íntimo y agradecido orgullo, yo podré jactarme a partir de hoy de las páginas que una voz hermana me ha dedicado.